Autor: Tusell, Javier. 
 Balance de dos años. 
 El General Franco, dos años después     
 
 Ya.    23/11/1977.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

BALANCE DE DOS AÑOS

EL GENERAL FRANCO, DOS AÑOS DESPUÉS

Dentro de la serie de «Balance de dos años», nuestro colaborador Javier Tusell

enfoca su artículo sobre la

figura política de Franco desde su perspectiva personal.

QUE decir del general Franco a los dos años de su muerte? ¿Cómo intentar juzgar

la personalidad de

quien de una forma tan decisiva ha marcado la España de las cuatro últimas

décadas ? ¿Cómo enfrentarse

con quien, estando ya tan lejos en nuestro "tempo" espiritual, sigue estando tan

cerca en el cronológico?

Es difícil responder a esta pregunta, pero el articulista puede elegir un

camino, siempre útil, que es el de

lo obvio, porque decir obviedades es algo que no viene nada mal en la España de

hoy. Ese camino

consistiría en afirmar que el general Franco ni fue el monstruo que hoy nos

pintan unos ni una figura por

cuya reproducción histórica haya que manifestar en 1977 entusiasmo

enfervorizado.

Vaya por delante que yo no sentí ni por Franco ni por su régimen el menor

entusiasmo en los tiempos en

que ni era posible ni mucho menos rentable hacer esa afirmación. Pero lo que

parece evidente es que el

antifranquismo no debe empañar la capacidad de entender cómo se llegó al

franquismo, cómo fue

verdaderamente éste y por qué se tardó tanto tiempo en salir de él. Leyendo hoy

en día la prensa en

general, y más específicamente la de izquierdas, uno tiene la sensación de que

absolutamente todo lo

negativo de cuatro décadas fue producto de una sola persona (o, a lo sumo, una

sola familia o clase social)

impuesta sobre los demás por una férrea dictadura. Nada entusiasma tanto a los

españoles —decía

Ortega—como saber, con nombres y apellidos, a quiénes debe atribuir el compendio

de todos sus males.

Y sin embargo, si el franquismo fue un error, desde luego lo fue

colectivo. Esta

es una verdad que se impone con una evidencia absoluta a poco que se medite

sobre la historia de los

años inmediatamente anteriores al estallido de la guerra civil: sólo la común

obcecación de izquierdas y

derechas hizo posible el estallido de una guerra civil como la de 1936. Después

de ella, una persona como

él o un régimen como el por su persona encarnado era, si no deseable, por lo

menos inevitable, e incluso

es muy posible que así hubiera sido, o aún peor incluso, en el caso de que el

resultado bélico hubiera sido

totalmente diferente.

Si Franco y el franquismo perduraron se debió, además de a la magnitud de la

tragedia que les había dado

origen, a las propias características personales de su fundador y a las del

régimen que creó. Aunque

procedente de un medio exclusivamente militar y olímpicamente displicente

respecto de los políticos

profesionales, Franco estuvo dotado (y muy bien dotado) de las capacidades que

habitualmente se

identifican con ese tipo humano. Combinando la habilidad maniobrera con la

fuerza, Franco supo no sólo

hacer perdurar, sino también incrementar su capacidad de arbitraje entre las

fuerzas políticas que

acaudilló durante la guerra civil y de las que se había convertido con

anterioridad en líder indisputado.

Además, Franco fue también, en cierto sentido y por lo menos en algunas

ocasiones, el mejor de los

franquistas. Quiere esto decir que no pocas veces fue él quien mejor representó

el componente no fascista

de su régimen. Frente a las intolerancias de muchos de sus seguidores, resulta

curioso observar cómo

ciertos líderes de la oposición han guardado de él durante su estancia en el

régimen un recuerdo

comparativamente mejor que del prototipo humano del franquista medio. En fin, el

franquismo, aunque

en un principio fuera más represivo que el fascismo italiano, nunca tomó en

serio—ni lo tomaron

tampoco los propios españoles—su propio totalitarismo; el resultado fue que al

final de

su vida era, en ciertos medios, Incluso una extravagancia manifestarse como

franquista.

EL franquismo no fue, por tanto, ni mucho menos, el mejor régimen posible en su

época. Pero su

advenimiento es comprensible desde el punto de vista histórico, y su duración,

también. Incluso a veces

era mucho más soportable de lo que hoy se nos quiere hacer creer.

Un día como hoy quisiera el autor de estas líneas dirigirse también a quienes,

desde premisas totalmente

diferentes, añoran los momentos en que franco vivía y su régimen estaba vigente.

Vaya por delante mi

respeto en la discrepancia; en mi opinión, el hecho de que hoy existan personas

que consideren deseable

una marcha atrás es un testimonio evidente de que el régimen tenía un real apoyo

popular, aunque no

fuera mayoritario, pero lo es también de que, con el advenimiento de la

democracia, no se han hecho

todas las cosas como era deseable. En vez de insultar a quienes añoran un pasado

por motivos sinceros y

honestos, habría que demostrarles, entre todos y con hechos, que la democracia

es rentable.

A ese tipo de personas yo quisiera recordarles que lo que ha pasado es, en todo

caso, inevitable. Muchos

españoles (e incluso es posible que el propio general) creían en el

"providencialismo" del entonces

caudillo, pero con su desaparición hemos podido comprobar las evidentísimas

lagunas de su obra. Franco

tenía una serie de ideas muy simples sobre el arte de hacer política, y entre

ellas no estaba, desde luego, el

respeto a los derechos y libertades de sus conciudadanos. Eso ya era grave, pero

lo peor del caso es que

condenaba a los españoles a una difícil transición en el momento en que llegara

la democracia. Franco

hizo muchas cosas, pero el verdadero balance de su obra habrá que establecerlo

entre lo que pudo hacer y

no lo hizo; la altura de un personaje político se mide así precisamente, y

parece evidente, por ejemplo,

que el general pudo intentar seriamente la superación de la guerra civil y

siempre estuvo muy lejos de

hacerlo. La facilidad con que se ha producido el derrumbamiento del franquismo

prueba lo que haya

existido en su seno una especie de conspiración con este propósito, sino que al

final la transición era

inevitable, porque nadie le tomaba muy en serio. Para algunos, desde hacía mucho

tiempo el franquismo

era una vergüenza nacional; para casi todos los españoles, en 1977, era, además,

un estorbo del que

desembarazarse.

Balance ambiguo, se me podrá reprochar. No ha sido, desde luego, ése mi

propósito, sino más bien el de

quien, habiendo sido antifranquista, piensa que muchos simplifican ahora, quizá

para hacerse perdonar lo

que dijeron o escribieron antes, y que no carece menos de sentido el odio

retrospectivo que la nostalgia.

Nuestra divisa debería ser, por el contrario: Franco y el franquismo, para los

historiadores.

Javier TUSELL

 

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