20-N: Arrimar el hombro     
 
 Arriba.    22/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

20N: Arrimar el hombro

LA concentración de homenaje del domingo en la plaza de Oriente merece una seria sesión de meditación

para todo español preocupado por el futuro de la nueva etapa democrática en que está empeñada la

nación.

La concentración ha sido una manifestación de irritación y de protesta. Una manifestación que ha unido

bajo un nombre a gentes muy dispares, a gentes cuyo peso específico político puede ser escaso, pero cuya

importancia reside en que, inevitablemente, van a actuar como elemento multiplicador sobre muchas otras

gentes, hoy silenciosas porque saben que su posición no está con los tiempos. En esa línea, la

concentración es un aviso.

Es un aviso QUE NO PODEMOS IGNORAR, porque si esto es una democracia, dentro de ella caben

todos, lamentablemente, hasta quienes manifiestan su sentimiento contra esa democracia. Es igual,

porque, salvo para quienes intenten directamente derrocarla, la democracia cubre a todos. Es un aviso a la

efectividad política y económica de las fuerzas en presencia, porque es muy difícil explicar que gran parte

de los problemas de hoy son heredados, explicar que la crisis económica es global, que un país que logra

una transición de régimen como la ha logrado éste es mucho país. Es igual, porque la intranquilidad no se

aplaca fácilmente y es muy difícil explicar a gentes acostumbradas a que el hermano mayor pensara por

ellos que en una democracia los resultados que se alcancen en todos los órdenes son sólo la resultante del

esfuerzo de todos. Un resultado no previsible, pero cuya responsabilidad recae más que en un Gobierno o

unos partidos en la comunidad nacional. Por ello, la irritación que causa el miedo a lo que por su propia

naturaleza tiene que ser desconocido sólo se aplaca con una gestión nacional eficaz en el campo

democrático. De todos. Gobierno, partidos y pueblo, es la responsabilidad de probar todos los días, cada

día, que somos mayores de edad y no precisamos tutores.

Y la protesta. Para muchas gentes, las menos situadas, democráticamente hablando, la profesión diaria e

innecesaria de fe antifranquista ha sido una necesidad fisiológica. A falta de otra cosa mejor, a falta de

otra afiliación, a falta de un compromiso y con sólo intereses personales muy concretos que defender, han

tenido que esgrimir «pedigrees» antifranquistas más o menos tibios en casos grotescos, y siguen

esgrimiéndolos, rebuscando diariamente su tema del día. Para suerte nacional, los auténticos opositores

del franquismo no tienen que recordarlo. Nuestra izquierda tiene de sobra con sus penas de la cárcel. Ha

pasado su página de la reconciliación hace tiempo. Para ella, la guerra civil terminó hace mil años, y sólo

el futuro importa.

Es mucho más sensible ante los sentimientos de la otra parte, la que les persiguió, que la grey de

colaboracionistas que buscan todos los días un bigote postizo distinto o esa oposición artificial al

franquismo que, da la impresión, arremete a diario contra él, porque al irse le ha quitado la coartada. Y

hoy no se admiten definiciones tibias, ni juegos de manos ni viejas oposiciones de papel.

No es por ahí. Y tampoco por los gritos de «traición». Aquí no ha habido traición a nada. Ha habido un

cambio de régimen. No se destruye; se cambia. No se es perjuro, porque los dirigentes sólo se deben a

una cosa muy concreta: a sus pueblos. Así que tampoco es por ahí, y no están las cosas como para hacer

astillas fáciles en una situación nacional difícil, comprometida, pero en un barco de todos. No, los

auténticos patriotas no destruyen. Arriman el hombro.

Martes 22 novbre. 1977

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