La homilía que no pudo leerse en el Valle de los Caídos     
 
 El Alcázar.    19/07/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 46. 

LA HOMILÍA QUE NO PUDO LEERSE

La homilía que ofrecemos a continuación había sido preparada por el Padre Venancio Marcos,

oficiante de la misa por el alma del Caudillo, y que le fue prohibida por el Abad Mitrado del Valle de tos

Caídos momentos antes de comenzar el Santo Sacrificio.

Invitados por la Confederación Nacional de Combatientes, nos hallamos reunidos, en la fecho del 18 de

Julio, en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

¿Quiénes somos los que aquí hemos venido? ¿Por qué y a qué hemos venido, en esta fecha, y a esta

Basílica? He aquí las preguntas a las que voy a contestar en mi plática. Pedí al Espíritu Santo Inspiración

para idearlo y le pido ahora para vosotros paciencia para escucharla, entendimiento para comprenderla

rectamente y fortaleza para cumplir la promesa que haremos juntos, como fruto de esta peregrinación al

Valle de los Caídos.

Pido también a la Santísima Virgen María, reina de los mártires y reina de la paz, que escuche la plegaría

de estos sus hijos y la presente a su hijo Jesucristo, el Gran Caído y Rey de todos los Caídos por su causa,

cuya muerte en la cruz vamos a conmemorar y a renovar, en este santo sacrificio.

— ¿Quiénes somos los que hemos venido aquí?

Nosotros somos este puñado de españoles aquí presentes. Somos también los cientos de miles de católicos

que, enterados de nuestra ventaja, se unen en espíritu a los actos que estamos celebrando. Somos, además,

los millones de españoles que, sin saber que estamos nosotros aquí, y aun creyendo que no somos como

ellos, están con nosotros sin saberlo.

Nosotros somos; vosotros, los combatientes de la Cruzada de 1936, los que durante meses y años pisasteis

el suelo de la Patria con el arma al brazo, sufriendo las incomodidades de los días sofocantes del verano y

las noches heladas del Invierno; aguantando el hambre y la sed y dominando el cansancio; corriendo por

las llanuras y trepando por los montes; luchando desde el aire y desde el mar. Los que lleváis en vuestras

carnes los zarpazos de las balas y de los abuses y lucís en vuestros pechos las medallas, cruces y

condecoraciones que la Patria os concedió como premio y recuerdo.

Nosotros somos: los hombres que, teniendo edad para luchar en las trincheras, como es mi caso, no

pudimos, por justas razones, acompañar a los combatientes, pero les ayudamos de mil modos a conseguir

la victoria.

Vosotros sois: las mujeres que fuisteis enfermeras en el frente o en los hospitales de la retaguardia; las

que trabajasteis en el Socorro Azul en la zona roja; las que servisteis a la Patria en el Auxilio de Invierno

"o en el Servicio Social; las que rezasteis por el triunfo de las armas nacionales y por las almas de los que

iban cayendo en el combate; las que tomabais parte en las manifestaciones gozosas con motivo de la

liberación de las ciudades que nuestros soldados iban rescatando para Dios y para España.

Nosotros somos: los jóvenes que no habíais nacido en aquella fecha gloriosa del 18 de Julio o erais tan

niños que ni podíais, los hombres, empuñar las armas, y las mujeres hacer otra cosa que acompañar a

vuestros padres en los actos religiosos y patrióticos, pero habéis heredado el espíritu de la Cruzada y sois

fieles a ese espíritu.

Nosotros somos: no los únicos, pues a pesar de las engañosas apariencias y de la lamentable ingenuidad

de nuestro buen pueblo, son muchos millones de españoles los que piensan y sienten como nosotros;

somos, digo, los que no hemos olvidado ni traicionado lo que ningún español bien nacido puede olvidar ni

traicionar.

Estos somos nosotros, los que en la fecho del 18 de Julio, hemos venido al Valle de los Caídos.

II— ¿A qué hemos venido?

Hemos venido a recordar la década de los años treinta, la que va de 1931 a 1939, década trágica y

gloriosa al mismo tiempo. Una década que quienes la vivimos no quisiéramos volver a vivir, ni queremos

que los jóvenes la lleguéis a conocer. Y la recordamos porque dicho está que los pueblos que olvidan su

historia están condenados a repetirla.

Hemos venido a dar gracias a Dios, una vez más, por habernos ayudado, en el trance más peligroso de

nuestra historia contemporánea, a contener la Invasión de los nuevos bárbaros que pretendieron barrer de

nuestras almas la religión de Jesucristo y hacer de España una sucursal del Infierno marxista, aunque

muchos de los que nos combatieron no supieran lo que la masonería nacional e internacional y el

marxismo, querían hacer de la España de siempre.

Hemos venido a rendir un tributo de admiración a los vencedores de la Cruzada y a agradecerles el

ejemplo que nos dieron, porque aunque no fueran santos, sirvieron la buena causa de Dios y de la Patria.

Les hemos venido a prometer, una vez más, que seremos fieles a su memoria, que no les traicionaremos y

que no seremos perjuros. Les hacemos esta declaración solemne: "Aunque otros falten a sus juramentos y

os traicionen, nosotros jamás".

Y les decimos más. Hincados de rodillas, avergonzados de que se haya dilapidado, cobarde y

traicioneramente, el legado que nos ganaron con su sangre, les suplicamos "a pesar de eso, tener piedad

de nosotros y no nos maldigáis".

Hemos venido a ofrecer el santo sacrificio de la Misa y a rezar, ante este Santo Cristo que nos preside

desde el altar, por los que murieron en ambos bandos de la guerra, sin distinción de colores, para que Dios

acoja en su seno a aquellas que todavía no hayan terminado de pagar sus culpas en el purgatorio.

Hemos venido a rezar por el alma de José Antonio. Dos días antes de su muerte, que fue el 20 de

noviembre, redactó su testamento, que empezaba así: "Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si

todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo

preveo y, al juzgar mí alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita

misericordia". El testamento terminaba de esta manera: "En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin

jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo

que tenga de sacrificio, para compensar, en parte, lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi

vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y

ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio, grande o chico.

Deseo ser enterrado conforme al rito de la religión católica, apostólica y romana, que profeso, en tierra

bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz". Y aquí está enterrado, en tierra bendita y bajo el amparo de la

Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Los sentimientos expresados en sus testamentos por líderes de la ideología roja, muertos en semejantes

circunstancias, ¿se parecen en algo a los expresados por José Antonio en el suyo? Una prueba más de

cómo morían los unos y cómo morían los otros. Y de que la guerra de España fue una guerra por Dios o

contra Dios.

Ante una vida y un final como los de José Antonio, no es extraño que al ser conocida su muerte en la zona

nacional, surgiera del alma del pueblo aquella jota que se cantaba y se oía con el alma estremecida:

Échale amargura al vino y tristeza a la guitarra. Compañero, nos mataron al mejor mozo de España.

Aunque rezaremos por el descanso eterno del alma del mejor mozo de España, creemos que, dados los

cuarenta y un años transcurridos desde su muerte hará tiempo que la infinita misericordia de Dios le habrá

acogido en su seno.

Pero hemos venido, en primer lugar, aunque lo diga en último lugar, a celebrar este santo sacrificio de la

misa por Francisco Franco.

¿Quién fue Francisco Franco? Acaso haya que decírselo a esa desgraciado juventud española, que ha

recibido y está recibiendo de él una imagen distorsionada, intencionadamente deformada, por parte de

ciertos mentores intelectuales y pseudo-intelectuales y de cierta prensa pornográfica y porno-polítíca

arrojando cieno y baba sobre su figura señera. No tengo que decíroslo a vosotros, que conocéis quien es

Franco tan bien o mejor que yo mismo. Pero no puedo menos de decir algo sobre su figura humana y

religiosa, en un acto como éste, sobre todo cuando se callan quienes, tanto si son simples católicos como

si son jerarcas de la Iglesia española, debieran hablar, y hablar muy alto, frente a la difamación y las

calumnias de que le hacen objeto los enemigos de Dios y de la Iglesia, llámense como se llamen, y

aunque muchos se llamen cristianos y hasta algunos estén marcados con el sello del sacerdocio.

Pues bien, el Dr. Herrera Oria, obispo de Málaga, y más tarde cardenal de la Santa Iglesia Romana, nada

sospechoso de franquismo político, puesto que habla sido, en su vida seglar, promotor de la Democracia

Cristiana, en 1949, dijo esto de Francisco Franco: "Como individuo, como Jefe de Estado, como Jefe de

familia, ha dado un ejemplo a toda España". "Serla por mi parte una Ingratitud y hasta una cobardía si yo,

con santa libertad apostólica y obedeciendo al mandato de mi conciencia, no recordara aquí al que, en la

cumbre del Estado, el primer magistrado de la nación da a diario un alto ejemplo por el honrado

cumplimiento de su deber. Deber que él concibe, no como una orden impuesta por la disciplina militar, ni

como un mandamiento político, ni como un sacrificio patriótico, sino como algo más alto, que recoge y

eleva estos tres nobles aspectos del mismo; lo concibe como un deber religioso, convencido de que su

conducta, tan llena de gravísimas responsabilidades, tendrá que dar cuenta un día a Dios Nuestro Señor".

Eso dijo el Sr. Herrera Oria.

El Cardenal Arzobispo de Sevilla, Dr. Bueno Monreal, que, muerto Franco, nos ha dicho hace escasas

semanas, que le aconsejó que cambiara de rumbo en política porque el que llevaba no se avenía bien con

los principios católicos, dijo lo siguiente, en 1961: "La iglesia respeta y ha respetado siempre la legítima

potestad civil, como San Pablo nos mandaba respetar, incluso a los emperadores paganos. Pero cuando la

Iglesia encuentro un gobernante de profundo sentido cristiano, de honestidad acrisolada en su vida

individual, familiar y pública, que con justa y eficaz rectitud favorece su misión espiritual, al tiempo que

con total entrega, prudencia y fortaleza, trata de conducir la Patria por los caminos de la justicia, del

orden, de la paz y de su grandez histórica, que nadie se sorprenda de que la Iglesia bendiga, no solamente

en el plano de la concordia, sino con afectuosidad de Madre, a ese hijo que, elevado a la suprema

Jerarquía, trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria. Ese es precisamente nuestro caso.

Gracias sean dadas al Señor". Esto dijo el Cardenal de Sevilla, Dr. Bueno Monreal.

El Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Riberi, que era tan Nuncio y supongo que también católico y

tan entendido como el Nuncio actual, Mons. Dadaglio, dijo en 1963: "Pese a los injustas maquinaciones e

insidiosas campañas promovidas por los que alardean de negar a Dios contra esto católica nación, el

Caudillo de España, la mantiene con su palabra, con sus sabios disposiciones y con su personal y

edificante ejemplo, siempre fiel a la doctrina que aquí han venido a traer y predicar los Apóstoles

Santiago y San Pablo". No creemos que en los doce años que desde entonces le quedaron de vida, Franco

cambiara de manera de pensar y de obrar, como tampoco han cambiado los que alardean de negar a Dios

contra la España católica.

En estos momentos en los que se ha puesto de moda, incluso entre los grandes jerarcas de la Iglesia

católica, decir que es ahora cuando la Iglesia española recobra su independencia y su libertad frente al

Poder político, conviene recordar lo que, en 1954, dijo sobre este punto el Cardenal Quiroga, Arzobispo

de Santiago de Compostelo. Dijo: "Como Prelado de la Santa Iglesia yo os felicito, Excelencia, por haber

sido elegido por Dios para reafirmar nuestra unidad católica y para asentar en España este sistema de

relaciones entre la Iglesia y el Estado, en las cuales (...) se está tan lejos de una supeditación del Estado

con relación a lo Iglesia (...) como de una servidumbre o enfeudamiento de la Iglesia con relación al

Estado, que éste no pretende en manera alguna y que aquella rechazarla en todo caso hasta el martirio".

Bien, nos pueden decir ahora que los Nuncios de Su Santidad y los Obispos y Cardenales de España

estaban entonces equivocados, o quizá que sucumbieron a la tentación del servilismo ante un Franco vivo.

Si asi fuera, concédaseme, en estos tiempos en los que tanto se invoca la democracia, el sano y legítimo

pluralismo y la libertad, concédaseme preguntar: ¿Qué garantías nos ofrecen los de hoy para que creamos

que ellos no se equivocan o no sucumben a la tentación de la ingratitud ante un Franco muerto y

enterrado? Puede que sean éstos los que se equivocan y sucumben, y fueran aquellos los que acertaron y

no sucumbieron. Por lo menos, concédasenos lo libertad de pensarlo y de decirlo en alta voz.

Y dejando la vida de Franco, vengamos a su muerte. ¿Cómo fue? Bien reciente está y todos la

recordamos. Recibió los últimos sacramentos de lo Iglesia como todo buen cristiano, y redactó una

despedida al pueblo español. He aquí unos párrafos de esa despedida, escritos de su puño y letra, pocos

días antes de morir: "Españoles: Al llegar para mí la obra de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer

ante Su inapelable Juicio, pido a Dios que me acoja benigno a Su presencia, pues quise vivir y morir

como católico. En el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la

Iglesia, en cuyo seno voy a morir.

Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los

tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que

amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé

próximo.

Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos para gritar

juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte: ¡Arriba Españal ¡Viva Españal"

Conociendo la vida y la muerte del Caudillo, ofreceremos a Dios este Santo Sacrificio por el eterno

descanso de su alma, porque así nos lo manda lo tradición de lo Iglesia mientras no eleva a un difunto al

honor de los altares. Peroen mi mente está, y supongo que en la de todos vosotros, no el rezar por el alma

del Caudillo, sino el rogarle, porque le creemos con fe humana gozando ya en el regazo de Dios, que

intercedo ante Dios por nosotros y por España.

A esto hemos venido al Valle de los Caídos, en la fecha del 18 de Julio.

III— ¿Por qué hemos elegido esta fecha?

Lo hemos elegido porque es la más importante de la historia de España en lo que va de siglo y porque es

la más apropiada para hacer lo que, según acabo de decir, hemos venido a hacer.

El 18 de Julio de 1936 pudo haber sido, de haber tenido éxito desde un principio el Alzamiento Nacional,

una fecha más en nuestra historia. Pero al haber fracasado el golpe de Estado, el golpe pasó a ser una

guerra civil, es decir, una guerra entre compatriotas. Pero esa guerra civil se vio convertida muy pronto en

una guerra internacional, en uno guerra entre naciones. Mejor dicho todavía, en una guerra ideológico

internacional, que si para unos fue solamente una guerra por cosas humanas, para los españoles

conscientes fue una guerra por Dios o contra Dios, es decir, por parte nuestra, una verdadera Cruzada.

Cruzada llamó el pueblo a nuestra guerra desde sus principios. Cruzada la llamaron los Papas de aquel

tiempo, Pío XI y Pío XII. Cruzada la llamaron los Obispos españoles en su histórica Carta Colectiva, al

año de iniciarse la contienda, y Cruzada la llamaron, con poquísimas excepciones, los Obispos de todo el

mundo católico.

Que fue una guerra contra la Iglesia de Jesucristo, por parte del bando contrario, lo afirma en su "Historia

de la persecución religiosa en España, 19311939", un historiador tan poco sospechoso de parcial como D.

Antonio Montero, actual Obispo Auxiliar de Sevilla, quien ha escrito: "En toda lo historio universal de la

Iglesia no, hay un sólo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en

poco más de un semestre, de doce Obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil Religiosas. Se trata de

un hecho eclesial de primera magnitud que sería miope querer reducir a los estrechos límites de la historia

de .España". Y a lo que dice D. Antonio Montero habría que añadir las docenas de católicos sacrificados

por el sólo hecho de ser católicos cualificados y la saña con que muchos de ellos fueron martirizados.

No, no fue principalmente una contienda económica entre ricos y pobres; ni una contienda social entre

patronos y obreros; ni una contienda primeramente por autonomía, estatutos o separatismos, aunque de

todo eso hubo algo.

Fue primordialmente una contienda de ideas políticas y de creencias religiosos; fue un choque entre dos

conceptos contrapuestos del mundo y del hombre, entre el concepto ateo y el concepto teísta del mundo, y

entre el concepto material y el concepto religioso del hombre. Fue, ante todo, una contienda por o contra

Dios, por o contraía Religión católica.

Que la contiendo fue, sobre todo en los primeros meses, bárbaro y cruel, no lo puede negar nadie. Fueron

tres años durante los cuales se desataron, dentro del alma de algunos españoles de ambas zonas, los

peores instintos del hombre. Pero mientras en la zona nacional el sentido religioso y humanitario del

ideario de sus dirigentes religiosos y políticos redujo al mínimo la explosión de esos malos instintos, en la

zona roja entró en erupción el volcán de la envidia, del odio y de la venganza, de la crueldad y de la

barbarie, propios de la ideología antihumana y antirreligiosa del ideario en ella imperante. Y sus

dirigentes, en unos casos no quisieron o no pudieron apagar las llamas del volcán, y en otros las atizaron

con redoblada saña y responsabilidad.

En 1939 terminó lo guerra de las armas, pero no la de las ideas políticas y las creencias religiosas. Esa

guerra continúa. Y continuará, porque la guerra entre el bien y el mal es eterna. Mueren unos hombres,

pero nacen otros. Entre los que nacen, unos heredan las ideas y las creencias equivocadas y antirreligiosas

de la que fue zona roja y otros las de la que fue zona nacional: eso que nosotros llamamos el espíritu del

18 de Julio. De ahí que nosotros debamos ser siempre mitad monjes y mitad soldados; soldados de Cristo

Rey y de la Patria, porque, como se dice en el libro bíblico de Job: "La vida del hombre es un continuo

combate".

Por fin hemos elegido el día 18 de Julio porque fue el día de 1936 en el que todos los españoles,

descontentos de la España que teníamos, decidimos terminar con ella para hacer una España mejor. Unos,

implantando el marxismo intrínsecamente perverso, en frase del Popa Pío XII; otros, volviendo a la

España eterna. El bando nacional venció; el bando marxista salió derrotado, pero eso fue ya el 1º de abril

de 1939. El 18 de Julio fue y será una fecha de todos los españoles.

Por eso, para venir aquí, hemos elegido esta fecha.

IV— ¿Por qué hemos elegido esta Basílica?

Lo hemos elegido porque se halla enclavada en una sierra cercana a Madrid, que es el centro geográfico y

el corazón de España; porque es una maravilla artística, admiración de propios y extraños; porque fue

imaginada y mandada construir por Francisco Franco, Caudillo de España y capitán de la Cruzada y

porque desde hace cerca de veinte años, ha sido escenario de grandes concentraciones necrológicas

dedicadas a José Antonio y demás Caídos, culminando en la inolvidable y grandiosa del entierro de

Franco.

La hemos elegido porque bajo su suelo reposan los restos mortales de millares de españoles, sin distinción

de bandos ni de colores. Sobre todo, porque también reposan los restos de los dos españoles más excelsos

que protagonizaron la Cruzada y los cuarenta años que han sido su fruto: José Antonio y Francisco

Franco, inspirador el uno y ejecutor el otro del Régimen político del 18 de Julio.

La hemos elegido, por último, porque sobre nosotros, en ese hermoso mosaico de la cúpula, flotan las

banderas victoriosas de la Cruzada. Envueltos en sus pliegues, suben hacia el cielo los caldos de la guerra,

los cautivos de las corceles y los mártires de las retaguardias. Arriba les esperan las tres personas de lo

Santísima Trinidad, la Virgen María, una legión de ángeles y una nutrida representación de los españoles

de todos los tiempos que alcanzaron la gloria de los altares.

Estas han sido las razones por las que hemos elegido para este acto la basílica de la Santa Cruz del Valle

de los Caídos.

Ahora permitidme que termine con una plegarlo a lo Virgen María. Los muros de la basílica están

adornados con las estatuas de las advocaciones de la Virgen, como patrona de nuestros Ejércitos de tierra,

mar y aire. Pero yo me voy a dirigir a la Virgen en su advocación de la Piedad, de esa estatua que en la

fachada de la basílica corona la puerta de entrada. Es la madre del Gran Caldo de la cruz, al que recoge en

su regazo.

Para esta plegarla recurro a unas estrofas, dedicadas por un jesuita del siglo pasado a la Virgen del

Recuerdo, en el antiguo colegio de Chamartín de la Rosa, de Madrid. Como despedida de curso de los

alumnos del colegio, decía a la Virgen un alumno estas estrofas que podemos repetir cada uno de nosotros

al despedirnos para volver a nuestros hogares:

Dicen que por el oro y los honores, hombres sin fe, de corazón ruin, secan el manantial de sus amores y a

su Dios y a su Patria son traidores.

¿Por qué serán así? No seamos nosotros como esos que a su Dios y a su Patria son traidores; no seamos

así. Seamos como los héroes y los mártires cuyos restos reposan bajo el suelo de esta basílica y a quienes

estamos recordando en este acto. Seamos como José Antonio, el mártir; como Francisco Franco, el héroe.

Así sea.

19 —JULIO— 1977

 

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