Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Puntualizaciones a un viejo libro     
 
 ABC.    30/03/1977.  Página: 9-11. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

PUNTUALIZACIONES A UN VIEJO LIBRO

Por Ramón SERRANO SUÑER

DESPUÉS de treinta años desde que viera la luz en su edición inglesa,´ se publica en castellano un libro

de sir Samuel Hoare, titulado por él «Embajador en misión especial» y que yo creo hubiera sido más

acertado llamar «Embajador de guerra». Al presentarlo ahora a los lectores españoles tanto tiempo ha

transcurrido ya que, en su mayor parte, no recuerdan casi nada de los acontecimientos, situaciones y

personas en él examinadas, por lo que se hace necesario —imprescindible— una puntualización, un

contexto o referencia de ambienta a las circunstancias y las realidades de entonces. Muy pocos meses

después de que apareciera en su lenguaje ordinario ya fue ampliamente comentado y replicado por mí en

un capitulo («los Embajadores escriben sus Memorias») de mi también viejo libro «Entre Hendaya y

Gibraltar».

Creo que cualquier lector normal, sean cuales fueren sus ideas y sentimientos en orden a la II Guerra

Mundial, advertirá el licencioso desorden con que trata en su trabajo hechos, afectos y pasiones, el

embajador sir Samuel Hoare. Es un libro que podía haber sido importante y no lo ha sido por haberlo

estropeado el rencor y la preocupación por la "galería". Un libro poco noble, y no demasiado veraz,

porque el autor tenía su imaginación enteramente consagrada a su juego favorito de soñar truculencias. Es

un recurso literario, muy mediocre por cierto, para dar fuerza dramática a su visión de una España

tenebrosa, con afición incorregible al melodrama.

No es el libro que corresponde a una figura importante de la política inglesa como fue la suya. No es el

libro que el vizconde de Temptewood nos debía: un libro serio, alto, documentado, sobre su experiencia

en España; un libro para la Historia, que seguramente nos habría sido igualmente adverso pero ante el

cual habríamos tenido que rendir los debidos honores. Lamentablemente él tomó otro camino y prefirió el

insulto, al enjuiciamiento sereno, poniendo en fila cuantas palabras injuriosas le brindaba el idioma

inglés; con imprudencia notoria, por otra parte, ya que en ese terreno era segura su derrota porque el

castellano ofrece para ello vocabulario más fértil.

Pese a que a mí me distinga dedicándome, en aquel tono ofensivo, una parte muy extensa de su libro, ni

seguí entonces, ni seguiré ahora, su mal ejemplo. Ni corresponderé a la desconsideración con la

desconsideración, ni a la injusticia con la injusticia. Al contrario, yo fui justo con él y he de serlo

nuevamente tanto en la censura como en el elogio. Le hice justicia —y seguiré haciéndosela— porque

este malísimo historiador fue, en cambio, un eficaz servidor de los intereses de su patria durante la II

Güera Mundial, como proclamé y repito aunque él no me hiciera la justicia de comprender mi dificilísima

gestión durante la grave crisis de aquella conflagración, ni siquiera recogiendo —como honradamente

estaba obligado a hacer— los testimonios irrefutables del general alemán Jodl y otros textos en los que los

alemanes me hostilizaban por no haberles acompañado en la guerra y que, cuidadosamente silenciados

entonces aquí en España, eran ya del dominio público en Inglaterra, en Francia y en los Estados Unidos.

Yo había hecho mi deber como él el suyo, y por ello me decepcionó que el duelo que los dos sostuvimos,

durante muchos meses, no hubiera dejado en él la huella de estimación — parecida a la amistad— que

suele quedar de la fricción entre dos buenos luchadores.

Aunque me consta que, al leer mi libro, reconoció el error de actitud que en el suyo había cometido,

hablando con varias personas —de nuestra común amistad— y especialmente con Mr. Bernard Malley.

Era Malley un secretario de la Embajada Británica en Madrid, más bien diríamos el secretario perpetuo,

pues en virtud del pragmatismo inglés fue durante más de treinta años mantenido en este puesto —aunque

no pertenecía a la carrera diplomática— porque era el más competente especialista sobre los problemas de

España, tanto en lo político como en lo geográfico, económico y cultural ,de cuantos tenía el Imperio

británico. Hablaba y escribía el español sin el más leve acento extranjero, con fonética .y sintaxis muy

pulcras. Nadie que no estuviera en antecedentes podía pensar, al encontrarse por primera vez con aquel

hombre, que fuera un extranjero. Así me ocurrió a mí, precisamente, cuando vino acompañando a Hoare

en la primera visita oficial que éste me hizo. Hoare habla de él en el prefacio de su libro con muy erecido

elogio.

Por lo demás era Malley hombre de muchas y calladas caridades, católico, papista —como suelen ser los

los católicos ingleses—, buenísima persona, como acredita el hecho de haber prohijado a dos

adolescentes —huérfanos de un periodista español asesinado no sé si en Madrid o en El Escorial— y de

cuya educación se ocupó como verdadero padre. Fidelísimo y leal servidor de su patria y de su Embajada,

pronto fue, además, muy buen amigo mío. Pues bien, este señor Malley en cuanto leyó mi libro «Entre

Hendaya y Gibraltar» hizo un viaje a Londres —cosa que hacía con frecuencia para pasar unos días junto

a su madre anciana— y visitó allí a sir Samuel Hoare, ya ennoblecido por la Rema con el título de

vizconde de Temptewood. Y al regresar a Madrid me contó las conversaciones que había tenido con su

antiguo jefe —mi implacable antagonista—, quien le manifestó la impresión, la sorpresa, que le había

producido el tono sereno y correcto, aunque severo, que yo usaba al enjuiciar las violencias de su libro y

su persona. Y por su cuenta Malley, con su pequeño coeficiente de humor inglés, me decía: «En cierto

modo sir Samuel se sentía mortificado por el hecho de que fuera un español —por principio, o por

prejuicio, apasionado y violento— quien utilizara un lenguaje más británico que el que, enfurecido, había

usado él.»

Y es que sir Samuel Hoare, sin duda personalidad importante en la política inglesa —según ya he dicho—

, no era, no lo fue al menos aquí, ni un diplomático ni un prototipo de hombre inglés. Fue, por el

contrario, un conspirador, como ya lo había sido en la Corte de los Zares en 1917; un agitador, y como tal

se sintió más inclinado a la acción política que a la estricta acción diplomática, que quiso revolver a las

minorías anglofilas de nuestro pueblo —principalmente conservadoras— que no aceptaban de buen grado

el tono del Régimen ante el que como Embajador estaba acreditado. Por su carácter tampoco correspondía

a la imagen tradicional de los hombres de su país, pues era nervioso, nada flemático, presa de grandes

pasiones, intolerante y cascarrabias.

En las circunstancias actuales del mundo —de España, y de las. mías propias— la mezquindad de algunos

podría pensar que yo juzgaba del hombre y de sus cosas movido por prejuicios y antipatías personales, lo

que sería inexacto; no lo hice ayer, menos lo haría en los últimos peldaños de la vida. Por fortuna mía —

no de Hoare—, para que nadie pueda pensar que se trata de un personalismo, de un subjetivismo

arbitrario mío, tengo a estos efectos la mejor compañía que pudiera soñar: la de sir Alexander Cadogan,

que fue secretario permanente, cabeza del Foreign Office, entre los años 1938 y 1946, y uno de los más

relevantes servidoras que tuvo en aquella época la Gran Bretaña. Un hombre tan profundamente

conocedor de los problemas da la política británica y, en general, de la europea y mundial, que es difícil

tratar de la política internacional de aquellos años sin conocer sus escritos.

Sir Alexander Cadogan trabajó con tres ministros de Asuntos Exteriores: Eden, Halifax y Atlee. A

Churchill le acompañó siempre en sus viajes y conferencias a Washington, Moscú, El Cairo, Teherán y

Yalta. De todos ellos habla con consideración y respeto, pero muy especialmente de Halifax, a quien

admira profundamente. Pues bien, en «Los Diarios de sir Alexander Cadogan» (publicados en Londres,

Casseil & Company), cuando Inglaterra estaba pendiente de la sustitución de Chamberlain —y ss hacían

conjeturas sobre quién pudiera ser el nuevo primer ministro—, Cadogan consideraba a Halifax candidato

ideal, porque aun reconociendo en Churchill su gran personalidad y carácter le inspiraba un cierto .temor;

y al recoger el rumor sobre la posibilidad de que fuera primer ministro Hoare, se excita y encoleriza,

lanzando con tal motivo contra él una verdadera granizada de insultos, llegándole a considerar como

«traidor en potencia». En otro lugar de sus «Diarios» habla de él en términos tan severos que, al

transcribirlos, prefiero emplear en sus primeras palabras el texto inglés porque en .traducción castellana

suenan demasiado mal: «Dirty little dog, se ha olido algo y quiere largarse del país»... «y todos se han

puesto de acuerdo y quieren librarse de él». (Luego comenta Cadogan que, esto era duro para Peterson,

que era el embajador en Madrid, y de difícil arreglo, pero con tal de perder de vista a Hoare había que

hacer lo que fuera.)

En relación con su conducta hostil para nosotros, y su deformación de los hechos, me referiré a uno solo

de los relatos infundiosos del libro que comento para no alargar demasiado estas líneas: es el que hace

Hoare sobre mi inasistencia a la comida que me había organizado en la Embajada inglesa y en el que

presenta como grave incorrección mía no haber asistido a ella después de haberla aceptado. Así, sin más

explicaciones, cuando la verdad es, como toda persona responsable comprenderá al conocer los hechos,

que estuvo más que justificada y que era obligada, en las delicadísimas circunstancias de nuestra política

exterior durante la guerra mundial. La cosa fue así: después de haber aceptado, efectivamente, la

invitación (lo que con gusto hice para suavizar relaciones con la Embajada británica en el difícil

equilibrio que tenía que mantener entre ésta y la alemana) adopté la elemental medida de prudencia de

encargar a mi excelente colaborador el barón de las Torres —quien felizmente sigue con nosotros—

pidiera la relación de invitados; y cuando la tuve me encontré con la desagradable sorpresa de que uno de

ellos era el embajador de Grecia, el viejo almirante Argyropoulo —como diplomático y persona un tanto

pintoresco—, al que el Gobierno español, en comunicación dirigida al de Atenas, acababa de declarar

«persona no grata» y pedía su relevo.

Aquel buen almirante-embajador, por otra parte persona simpática (que hacía, por cierto, con sus

ocurrencias las delicias de la bella embajadora alemana baronesa Von Stohrer), me había visitado unos

días antes con motivo de la desafortunada invasión de Grecia por los italianos y, con muy legítima

indignación —yo compartía su disgusto—, formuló enérgica protesta por los ataques desconsiderados e

indignos que dirigía la Prensa española contra su patria en aquella hora de tribulación. (La Prensa no

dependía entonces de mi Departamento, sino, de la Secretaria General de Falange y, con poca

responsabilidad, incurría frecuentemente en excesos.) Yo le presenté toda clase de excusas y le prometí

tratar de corregir aquella situación. Mas, el buen almirante-embajador, "embalado" en su indignación,

perdido el control de sus nervios, profirió grave insulto ya no contra la Prensa, sino contra España, lo que

me obligó a dar por terminada la entrevista y, seguidamente, a pedir que fuera retirado de su puesto.

Espero por ello que nadie dejará de considerar mi decisión de declinar la invitación del inglés; tan

fundada, como intolerable, incorrecta y contraria a los usos más elementales de la diplomacia fue (a

conducta del embajador de Su Majestad británica al prepararme aquella encerrona.

Podría referirme a otros muchos ardides, del «conspirador-embajador», algunos, en el fondo un tanto

pueriles. Recordaré sólo éste: un día un exaltado falangista —muy vinculado a las Embajadas alemana y

japonesa— me pidió que le enviara a Londres con algún cometido más o menos oficial y el pasaporte

correspondiente, a lo que me negué en redondo. Ante esta actitud mía manifestó:

—¿Y si lo pidiera el embajador de Inglaterra?

Yo le contestó:

—Eso es imposible. Pero si lo pidiera, le complacería.

Pasados pocos días, en su cotidiana visita a mi despacho de Exteriores, al embajador— conspirador me

manifestó que estaba muy interesado en conocer a la nueva juventud política española, y en que ésta

conociera la vida, las costumbres y la política de su país; y el primer nombre que al efecto me propuso fue

el de aquel falangista, que pocos días después se paseaba con su uniforme por Trafagar Square.

De lo ocurrido después —creo que el resultado de su habilidad política fue contrario al juego que su

estrategia había imaginado—el elegido podrá dar noticia.

En la primavera de 1959 nos llegó la noticia del fallecimiento de lord Temptewood, y yo me apresuré a

publicar en la «Gaceta ilustrada» un articulo, haciéndole justicia, en el que consideraba equivocados los

juicios tan severos que contra él se habían formulado en su país. Y para reforzar mi actitud invocaba la

autoridad de mi experiencia personal, de mi especial y directo conocimiento del interés y de la pasión —

incluso excediéndose— que puso «en el servicio de su país» durante su gestión en España, en días de

incertidumbre y casi de derrota. Me rendía, en la hora de su muerte, ante su patriotismo; cuando ya el

viejo luchador descansaba, y seguramente nos comprendía. Como todos algún día tendríamos que

comprender.

Lady Maud, su viuda, me expresaba una doble gratitud. Y yo pensaba de nuevo que en la lucha entre

antagonismos legítimos, como en todo —en el saber, en el gobierno, en el amor—, sólo hay una forma

vital que es el señorío; lo más opuesto a los abominables señoritismos, tanto en sus formas tradicionales

como en las actuales.

Y por ser también de justicia —y al margen de su gestión tan discutida en España— subrayaba yo el

acierto de su .política en el plano europeo en busca del. acercamiento de Inglaterra a las potencias

mediterráneas: Francia, Italia y España.

Una política que pudo haber cambiado el destino del mundo.—R. S. S.

 

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