El partido de la oposición     
 
 El País.    30/10/1982.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

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OPINIÓN

EL PAÍS, sábado 30 de octubre de 1982

El partido de la oposición

AUNQUE EL abrumador triunfo del PSOE, que ha ganado cerca de cuatro millones y medio de sufragios

respecto a los comicios de 1979, sea el dato más significativo de los últimos comicios, los excelentes

resultados obtenidos por Manuel Fraga, que ha logrado unos cuatro millones y medio de sufragios más

que Coalición Democrática en 1979 y unos cuatro millones más que Alianza Popular en 1977, merecen

sin duda una consideración especial. Mientras que 9.830.000 españoles (el 46% de los electores) han

confiado sus votos a Felipe González y a su partido, otros 5.410.000 ciudadanos (el 25,3% han preferido

la coalición presidida por el líder de Alianza Popular. Es obvio que la estrategia de Fraga ha mostrado su

eficacia electoral y ha permitido a este tenaz profesional de la política, cuyo notable pragmatismo queda

enmascarado a veces por una apariencia de continuidad doctrinal, ganarse a pulso la jefatura de la

oposición.

Las encuestas sobre las actitudes políticas de los españoles repiten hasta el cansancio que las posiciones

de centro poseen las llaves de las urnas. Cualquier partido que aspire a rebasar las fronteras de la

marginalidad o el testimonialismo y que pretenda conectar con la sensibilidad, los intereses y las ideas de

varios millones de españoles, estará obligado a adecuar sus programas y a perfilar su imagen dentro de

ese centrismo sociológico. Fraga ha pretendido por eso dar un aire nuevo a su partido y a sus formas de

expresarse, acogiendo a los desgajados por la derecha de Unión de Centro Democrático. No es fácil

valorar el papel que han desempeñado los antiguos dirigentes de UCD —como Osear Alzaga, Miguel

Herrero o José Luis Alvarez— en esta especie de aggioma-miento moderador de la plataforma electoral

presidida por Fraga. Pero es preciso reconocer el esfuerzo que éste ha hecho por presentar lo que podría

denominarse el fraquismo de rostro humano, rostro que anhelamos suponer responde de veras a las bases

de su partido y, sobre todo, a la mayoría de sus electores.

En cualquier caso, la existencia misma de la coalición entre Alianza Popular y el Partido Demócrata

Popular abre la posibilidad de discrepancias en su seno y garantiza en cierto modo, dada las inequívocas

convicciones democráticas de algunos de los hombres procedentes de UCD, que la derecha montaraz y

autoritaria instalada desde antiguo en AP no se ha de adueñar finalmente de la situación. Peligro este que

resulta el más preocupante de cuantos se vislumbran.

La próxima legislatura será el laboratorio donde Alianza Popular, o la coalición AP-PDP, demuestre la

sinceridad, la coherencia y la permanencia de su compromiso con la predicada moderación y de su

abandono de cualquier tentación de vaciar desde dentro las instituciones a fin de abrir las puertas de la

ciudadela democrática a los involucionistas. Se engañan quienes piensen que los recelos y desconfianzas

hacia Fraga proceden únicamente de esterotipos acuñados en. las etapas en las que disfrutó de un poder

incontrolado o de un análisis de carácter que apunta a la visceralidad de sus reacciones. Lo realmente

preocupante ha sido la ambigüedad de su proyecto político, parcialmente despejada tras el golpe de

Estado del 23 de febrero, y la contradictoria yuxtaposición, en sus bases militantes y en su electorado, de

sectores respetuosos con los principios democráticos y las libertades y de grupos para los que la

Monarquía parlamentaria es una sala de espera para aguardar el tren de regreso a las instituciones del

antiguo régimen. Fraga no puede sino tratar de satisfacer las demandas contrapuestas de sus seguidores,

pero los demócratas que han apostado por él consideran que en toda circunstancia el líder de Alianza

Popular está dispuesto a alinearse inequívocamente con las fuerzas constitucionales, tal y como hizo el 27

de febrero. Esta es desde luego una buena noticia, aunque permítasenos decir que en este sentido nos

parece que el propio Fraga, con su biografía política incluida, resulta bastante más liberal que muchos de

los que le aplauden y le han aupado a su condición de jefe de la oposición.

Felipe González, que será Presidente del Gobierno a

comienzos de diciembre, ha anunciado su propósito de conceder status legal y protocolario al susodicho

jefe de la oposición, a fin de evitar que se sigan produciendo situaciones tan objetivamente humillantes

como las que él hubo de soportar a lo largo de más de cinco años. Manuel Fraga, en esta nueva tarea,

tendrá ocasión de probar con los hechos su capacidad para no confundir dureza con demagogia,

sinceridad con irresponsabilidad y crítica del Gobierno con agresiones al sistema. La configuración del

Congreso, en el que el PSOE tiene una desahogada mayoría absoluta, descarta la posibilidad misma, salvo

escisión improbable del grupo socialista, de mociones de censura triunfantes o de alianzas con otros

partidos para bloquear proyectos de ley del Gobierno. No es probable, de añadidura, que los

representantes del nacionalismo catalán y vasco, que rebasan la veintena de escaños, sintonicen con Fraga

en buen número de cuestiones relacionadas con la reforma de la Administración y la defensa de las

libertades. Los diputados de UCD y CDS también pueden resistirse a aceptar el liderazgo o el yugo de

Fraga, y es más posible que se dediquen a una tarea, lenta y trabajosa, pero necesaria, de reconstruir el

centro o de redescubrirlo, en lo que no les faltará el apoyo de los propios socialistas. De esta forma,

Alianza Popular, depositaría del 25% del electorado, puede descubrir, tanto por la experiencia de la

legislatura venidera como por los resultados de futuras elecciones, que existen límites objetivos

infranqueables para su crecimiento y para su capacidad de maniobra. La sospecha es que Fraga ha podido

llegar a ser el jefe de la oposición, pero que nunca llevará a la derecha al poder. En realidad su famosa

teoría de la mayoría natural cae una vez más por su base. Aquí la mayoría natural, por más sumas que se

hacen, arroja un saldo de izquierdas y han sido los socialistas los que se han alzado con la mayoría

absoluta. Por eso si la derecha quiere volver a gobernar por vías constitucionales en 1986 se dedicará a

imaginar fórmulas que recompongan su espacio político y le garanticen no la esperanza de ser de nuevo

una poderosa alternativa, sino una alternativa capaz de realizarse. Porque a la postre, y mírese como se

mire, lo que sucede es que la derecha ha perdido el poder, y los socialistas doblan casi en sufragios a los

aliancistas. Esta victoria personal de Fraga resulta por eso en realidad una derrota histórica de las ideas y

las proposiciones que sustenta. La alegría tan descomunal que embarga a sus seguidores responde más a

motivos psicológicos que a razones políticas. Quienes militaron en UCD y ahora lo hacen en la coalición

han de reconocer que esta es objetivamente menos poderosa que lo que ha sido en la anterior legislatura el

partido del Gobierno. Y eso lo saben también quienes le financian y apoyan. Esperemos que una vez

percibida esa frustrante situación, no traten de desbloquearla mediante una reorientación todavía más

regresiva de su estrategia política.

 

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