Autor: Vila, Joaquín. 
 Elecciones 82. En la plaza Mayor se congregaron más de siete mil personas. 
 Madrid era una fiesta socialista     
 
 ABC.    30/10/1982.  Página: 32. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

32-/ABC NACIONAL ELECCIONES/82

SÁBADO 30-10-82-

En la plaza Mayor se congregaron más de siete mil personas, Madrid era una fiesta socialista

MADRID (Joaquín Vila». Primero aparecieron los hermanos Marx haciendo muecas, malabarismos y

piruetas cómicas en las pantallas de video: la carcajada genial se deslizó por los porches de la plaza

Mayor. Luego, irrumpió la «Pantera Rosa». Descolorida se contorsionó ante la expectación de muchos.

Poco a poco, sin que apenas pudiera advertirse, la plaza engullía gente. Nadie lo sabia. Acaso se intuía. Y

a las once y media de la noche, más de 3.000 personas zumbaban por allí. De pronto, «La charanga de la

doctora», una docena de músicos «salseros», interrumpió su suave ritmo para que Rosa Chaves anunciara

que el PSOE superaría los 200 escaños. Y aquello estalló porque la plaza Mayor era, sin duda, una fiesta

socialista.

La Vieja banda. luego, hizo tronar los zarpazos del «rock». Todos se bamboleaban, siguiendo

impecablemente el ritmo marcado por los rugidos de las guitarras. Pero ya nada importaba. Porque a la

una de la madrugada, más de 7.000 personas vibraban con la victoria socialista. La música era,

simplemente, et complemento de su algarabía. Los bares, mientras tanto, se iban Cerrando Segon se

esfumaban las botellas de cerveza y los bocadillos de calamares. De cuando en cuando, alguien

confirmaba desde la tarima la abultada victoria socialista. Entonces, una espesa ovación ahogaba la voz

del que anunciaba los resultados.

Y seguía la música. «La Orquesta Platería», también, alzó sobre en entablillado escenario, bajo la ristra de

focos destartalados, frente al clamor cié quienes festejaban el triunfo de la izquierda. Diez, tal vez quince

banderas rojas, con el anagrama comunista y socialista, rompían la monotonía cíe las miles de cabezas

bailando en corro, en grupos o en solitario. Era, solo, el testimonio militante la de unos pocos, Les demás

expresaban su alegría brincando coreando las canciones que, más o menos, se podían escuchar. Porquera

plaza Mayor era una fiesta socialista.

Enlonces, Joaquín Leguina, uno de los afortunados con la quiniela electoral, diputado ya por el PSOE, se

decidió a comparecer ante sus incondicionales. Suavemente, con. el aplomo que confiere la victoria, dijo

ante los micrófonos y ante tos enmudecidos espectadores, que el resultado de las urnas era, «ni más ni

menos que el triunfo de millones de españoles que quieren que las cosas cambien». Y, en efecto, todos

ellos parecían estar de acuerdo con las palabras de Leguina, porque de nuevo estallaron de júbilo.

Hacia las dos y media de )a madrugada, se rumoreaba que Felipe González se acercaría por allí. Rosa

Chaves anunció que alguien muy importante iba a dirigirse a todos los que se encontraban en la plaza.

Nadie dudaba que ese alguien era el futuro presidente del Gobierno. Pero la euforia se iba arrugando, el

cansancio de las muchas horas en pie agarrotó las piernas de más de uno. Y lo qué parecía que iba a

convertirse en una traca final se fue desvaneciendo, Felipe González no aparecía. Y también las

esperanzas de contemplar a su líder se esfumaban. Auque la plaza Mayor era una fiesta socialista.

Eran tas tres y media de la madrugada cuando las calles comenzaran a escupir a la gente. Algunos, aún

con fuerzas, se alejaban cantando, saltando de alegría., tal vez con la ¡mención de prorrogar la fiesta.

Otros, más en silencio, se retiraban sonrientes, ronroneando frases de felicidad. Y unos cuántos, lo más de

una docena, salieron cantando intern atonal», banderas en cifre y puño en alió. Iban pegando carteles que

decían cosas como «Viva la victoria obrera. Los franquistas han sido barridos, o «Todos los poderes para

la mayoría obrera y popular.» Pero eran pocos. No hacían demasiado ruido. Y nadie las coreaba.

La fiesta, pues, se iba extendiendo por los alrededores de la plaza Mayor. En la calle Correos, pegados a

la Puerta del Sol, cerca de treinta furgonetas de la Policía Nacional aparecían mudas. Los agentes,

tranquilamente, apoyados sobre ellas observaban el bullicio de los miles de personas que por a»

desfilaban. Algunos les aplaudían. Y ellos sonreían tímidamente. Poco a poco la algarabía se fue

extinguiendo, diluyéndose por las calles de Madrid: la Gran Vía, la Castellana, Alcalá y las grandes

avenidas madrileñas se veían surcadas por caravanas de ruidosos coches o grupos de personas que

canturreaban y coreaban su alegría, Las urnas les habían dado la victoria. Y ellos, acaso porque lo

esperaban, se lo tomaban con regocijo.

 

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