Autor: Jáuregui, Fernando. 
 Hoy, elecciones legislativas. Sus mítines fueron deliberatamente monótonos y con deficiencias de planificación. 
 Suárez, convencido de que su hora volverá a sonar, hizo una campaña de hombre de estado     
 
 El País.    28/10/1982.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

Sus mítines fueron deliberadamente monótonos y con deficiencias de planificación

Suárez, convencido de que su hora volverá a sonar, hizo una campaña de hombre de Estado

FERNANDO JAUREGUI, Madrid

Escéptico acerca de sus posibilidades electorales actuales, Adolfo Suárez parece convencido de que

volverá a ser necesario a medio plazo. La campaña del líder del Centro Democrático y Social, mal

planificada, deliberadamente monótona y escasa de medios, fue más la de un hombre de Estado que la del

jefe de un partido político.

Martes, 26 octubre. Son las 11,30 de la noche en el Mercado Grande, Avila. Grupos de jóvenes de

distintas formaciones políticas dan vueltas una y otra vez a la plaza, pegando sus carteles encima de los

del contrario. Ya se han roto dos brochas en las cabezas de otros tantos jóvenes. En el grupo de

pegacarleles del Centro Democrático y Social están el propio Adolfo Suárez Jr. o Gonzalo Rodríguez

Sahagún, hijo del cabeza de candidatura suarista en la provincia. En la sede local del partido, a menos de

medio kilómetro de allí, el ex presidente del Gobierno toma un último vino, rodeado por los eternos fíeles

abulenses: su cuñado Lito, el candidato al Senado Alberto Dorrego, el amigo de toda la vida Fernando

Alcón o el propio Agustín Rodríguez Sahagún, seguro de que va a ganar en su tierra e indignado por la

circulación de una carta apócrifa —presuntamente difundida por la UCD local—, falsamente firmada por

Suárez, en la que se afirma que éste se retira de las elecciones. Falta media hora para que concluya la

campaña electoral y comience la jornada de reflexión. Suárez ha querido pasar estos últimos minutos con

sus fieles de Avila, como colofón de una jornada que le llevó desde Barcelona a Valencia, de allí a

Alicante, después a Madrid y, finalmente, a su tierra natal, incluida parada en Cebreros. Concluía así una

campaña electoral desordenada y loca, con más de cincuenta mil kilómetros en avión, diez mil en

automóvil y casi cinco kilos menos a sus espaldas. Suárez esta irritado, pero lo disimula repartiendo

abrazos a sus paisanos y parientes. El mitin de Madrid ha estado mal organizado, y el cierre de la

campaña del CDS en la capital ha sido mucho menos brillante que el de los otros grandes, excluida UCD.

Algunos dirigentes del partido culpan a Joaquín Abril de la mala organización de la campaña, le atribuyen

un "estilo opusdeísta" de hacer las cosas y una deficiente planificación. Lo cierto es que la campaña ha

adolecido de graves defectos, a unir a las dificultades de financiación, a la mala suerte, a ciertos boicots

planificados en la prensa y a la precipitación inevitable. Suárez se iba enterando a última hora de los

planes para el día siguiente; se han hecho cosas como recorrer 300 kilómetros para celebrar una

conferencia de Prensa en Algeciras, o perder un día entero para asistir a un almuerzo con cuarenta

simpatizantes. Muchos candidatos en provincias muestran un desconocimiento casi total de lo que es el

partido; Suárez ha puesto en pie de guerra a las gestoras de diecisiete provincias no pasando por allí

durante la campaña: algunos han llegado a amenazar con la dimisión. Y, para colmo, están los resultados

de las encuestas. Desde el comienzo, Suárez sabía que no podía ganar; que, por mucho voluntarismo que

derrochasen sus hombres, era imposible, en el espacio de menos de tres meses, organizar un partido. Por

ello, el ex presidente del Gobierno decidió apostar por el futuro, realizando una campaña casi

institucional, sin ataques personales, predicando un pacto de Estado entre todas las fuerzas políticas

y prometiendo una ayuda desinteresada al PSOE para facilitar la gobernabilidad del país: no se trataba de

obtener resultados inmediatos en escaños, sino de sembrar para el futuro. A lo largo de más de cuarenta

mítines, Suárez no se ha permitido ni una sola concesión a la galería, no ha añadido ni un solo error

personal a los muchos cometidos por los planificadores de su campaña.

Piensa que volverá al poder

En privado, el hombre que lideró la transición se muestra convencido de que el país volverá a necesitarle.

No será a corto plazo, pero sí a medio. Cree que un gabinete socialista en solitario, aunque esté

respaldado por una confortable mayoría absoluta en las Cortes, no podrá afrontar todos los problemas del

país; por ello, la gran solución es el pacto de Estado que él predicó, mitin tras mitin, sin haber logrado

nunca convencer a la Prensa de que no pretende entrar en un Gobierno de coalición con el PSOE. Su

campaña tuvo una enorme dignidad —huyendo del aplauso y de la utilización de recursos como el vídeo

del 23-F—, basada en la advertencia de que, por este camino, a España le espera un inmediato desastre

económico y en la necesidad de que las Fuerzas Armadas se subordinen al poder civil. Suárez no ahorró

ataques a los militares golpistas, a la opción representada por Alianza Popular ni tampoco al

comportamiento de la Banca y de la CEOE. Pese a la aridez de muchos pasajes de su mitin —todos eran

sensiblemente parecidos—, el público que abarrotaba los pequeños locales en los que Suárez era

confinado por su propio partido parecía identificarse con las ideas básicas y un tanto generales que el

duque proclama. Era un público heterogéneo, clases acomodadas en las primeras filas, más humildes en

los asientos traseros, predominio de la mediana edad, sobre todo entre las mujeres. "Vamos a besarle", se

decían unas a otras, como si se tratase de una reliquia. Alguna llegó más lejos: "Don Adolfo, yo también

quiero un hijo suyo". Pero ese mismo público, que parecía volcarse a la hora de abrazar, o al menos tocar,

al hombre que hizo la transición, mostraba, en cambio, un completo desconocimiento a la hora de valorar

el CDS. Nadie conocía el programa del partido y, quienes lo conocían, parecían incapaces de distinguirlo

del de UCD. El paralelismo inevitable con UCD ha constituido uno de los constantes martirios de los

suaristas. Frases como "soy un admirador suyo, señor Suárez; naturalmente, volveré a votar a UCD", han

proliferado a lo largo de la campaña. La cuarta parte del electorado parece ignorar que Adolfo Suárez ha

abandonado el partido en el poder para formar su propio grupo. Ahora, tras las elecciones, Adolfo Suárez

y el reducido núcleo de quince incondicionales que componen la espina dorsal del CDS, tendrán que

dedicarse a la verdadera construcción de un partido: dentro de dos semanas, Suárez recomenzará su

peregrinaje por todas las provincias, buscando afiliaciones, dinero, locales. Empezando de nuevo.

 

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