Autor: P. J. R.. 
   Así se ganaron y perdieron las elecciones     
 
 Diario 16.    31/10/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

31-octubre-82

PEDRO J. RAMÍREZ

«La sociedad civil ha recuperado la iniciativa. Nadie va a poder doblegar ya la madurez, el civismo, la

tolerancia y el ansia de paz verdadera en libertad verdadera del pueblo español, con su Rey a la cabeza»

Así se ganaron (y perdieron) las elecciones

Tanto en 1977 como en 1979, el ahora director de Diario 16 publicó sendos volúmenes sobre el veredicto

de las urnas bajo e! título común de «Así se ganaron las elecciones», que se convinieron rápidamente en

«best-sellers». Ante la imposibilidad material de continuar este año con dicha serie, concebida a modo de

gran saga de la peripecia democrática española, Pedro J. Ramírez ha resumido en este artículo, de

extensión superior a la habitual, sus impresiones tras el desenlace del 28-O.

UE la noche en que, por fin, nos sacudimos el miedo al miedo, que la flojera del Gobierno Calvo-Sotelo

—«cuidado con lo que escribís, que puede haber un golpe; cuidado con lo que decís, que puede haber un

golpe; cuidado con lo que pensáis, que puede I haber un golpe»— había terminado por meternos a todos

en el cuerpo. Noche de patriotismo y entusiasmo, de horizonte recobrado.

¿Acaso hay alguien capaz de dar un golpe contra la voluntad manifiesta de más del 78 por 100 de los

ciudadanos? Son ya tantas las vivencias expresadas en cifras que vamos acumulando los españoles que tal

vez no estemos valorando suficientemente lo que significa una participación tan alta. Anteanoche, un

texto de la época recordaba jocosamente los apuros que tuvo que pasar Fraga en e/ referéndum de la ley

Orgánica franquista para rectificar el censo cuando se dio cuenta que le «salla» una participación de más

del 101 por 100, y la indignación de López Rodó, con su Plan de Desarrollo a vueltas, cuando los

funcionarios del Instituto Nacional de Estadística se vengaron del pucherazo, corrigiendo la renta per

cepita en función del nuevo censo y «empobreciendo», por tanto, de la noche a la mañana, a los

españoles.

La banda en la que oscila la asistencia a las urnas en los países democráticos no tiene nada que ver con

tales delirios imperiales. Una participación del 60 por 100 se considera típica, alcanzar el 70 índica ya un

altísimo grado de motivación ciudadana. Para no invocar ejemplos extranjeros estoy seguro de que todos

recordamos aquella gran fiesta que fue junio del 77: era la primera vez en más de cuarenta años que se

podía ejercer libremente el derecho al voto, y los españoles nos volcamos estrepitosamente sobre los

colegios electorales imbuidos por el morbo de la novedad. Pues bien, el pasado jueves —con trece

votaciones de una u otra índole, acumuladas ya durante estos cinco años— desde una alegría mucho más

serena y sabia, se pulverizó incluso ese récord de asistencia.

Si descontamos a los ancianos, impedidos, a los enfermos, a los viajeros y desplazados que no emitieron

el voto por correo, a los afectados por las inundaciones levantinas y a quienes tuvieron algún grave

contratiempo durante esa jornada, superar el 78 de participación significa, prácticamente, que «votamos

todos». Lo que más me llamó ía atención de las largas colas fue la gran cantidad de niños —yo me llevé a

mi hija de cinco años— a quienes sus padres se empeñaban en enseñar la técnica de la votación con el

orgullo de quien muestra un hermoso derecho ciudadano.

La sociedad civil ha recuperado la iniciativa. Nadie va a poder doblegar ya la madurez, el civismo, la

tolerancia y el ansia de paz verdadera en libertad verdadera del pueblo español con su Rey a la cabeza.

La sintonía entre el Monarca y la calle ha sido perfecta en estas horas decisivas para la Patria. Si el

miércoles —en un fantástico y archioportuno gesto de inequívoco apoyo al sistema— Don Juan Carlos

recibía en el palacio de La Zarzuela a siete líderes políticos, e! jueves, los ciudadanos entregaban 345 de

los 350 escaños del Parlamento a los partidos representados por esas personas.

Uno de los aspectos más positivos —no suficientemente subrayado aún — de los resultados electorales es

la eliminación de muchos de los elementos marginales presentes en la anterior legislatura. Rompiendo

todos los augurios pesimistas, la generalización del proceso autonómico no sólo no ha dado pie a la

hiperfragmentación de la representación política, sino todo lo contrario. Por un lado los movimientos

regionalistas con-, sen/adores —la UPN navarra, el PAR aragonés— han quedado subsumidos en Alianza

Popular. Por el otro, los nacionalismos de izquierdas, andaluz y canario, han perdido también su

proyección parlamentaria, lo que prueba un amplio nivel de satisfacción en ambas comunidades con la

autonomía alcanzada.

PUNTO y aparte en esta eliminación de «parlamentarios malditos» merece el estrepitoso fracaso de Blas

Pinar, que, con poco más de cien mil votos en toda España, ha perdido las dos terceras partes de su

clientela del 79. Si a ello le añadimos los ridículos veinticinco mil votos cosechados por el partido de

Tejero —menos de quinientos adictos por provincia— nos encontramos con que sólo el 0,6 por 100 del

censo está lisa y llanamente por el golpismo. Especialmente significativos son los datos de las zonas de

viviendas militares reunidos por Diario 16: de un total de 10.616 votantes sólo 223 apostaron por Fuerza

Nueva y soló 139 por Solidaridad Española.

La amplia victoria conquistada en estas mesas y en muchas otras correspondientes a lo que

exageradamente se denomina en algunas ciudades «zona nacional», por Alianza Popular, demuestra la

enorme responsabilidad que recae sobre este partido, en la medida en que le corresponde mantener dentro

de la moderación constitucional a sectores sociales especialmente críticos con el sistema. Si la templanza

del señor Fraga creciera en la misma proporción que sus votos — una y otros le eran hasta anteayer muy

escasos— todos nos sentiríamos mucho más tranquilos.

Mis vaticinios del pasado domingo —en realidad los de las encuestas, cuya fiabilidad ha quedado

altamente acreditada— se han cumplido para mal, y el centro ha quedado espectacularmente machacado

por la derecha dura. Entiendo la euforia de los arquitectos de la operación por los cuatro millones de votos

en que se ha incrementado el cauda! de Fraga, pero quizá a estas alturas, una vez agotados ya todos los

brindis, comiencen a darse cuenta de que los otros cuatro millones que separan a «don Manuel» del techo

socialista son una diferencia demasiado grande como para pensar en recuperar el poder ni a corto ni a

medio plazo, con una estrategia tan extremista. Si yo fuera Alfonso Guerra, lo primero que propondría en

la próxima reunión de la ejecutiva socialista sería conceder a Carlos Ferrer Salat la insignia de oro y

brillantes del partido.

LOS defectos del señor Fraga han sido cumplidamente expuestos en estas páginas y a buen seguro

volverán a pasear sobre ellas tan pronto comience el nuevo periodo legislativo. Justo es reconocerle hoy,

al margen de sus peligrosas ideas, más allá de su inquietante carácter, el enorme mérito de la tenacidad

política. Tras las catástrofes del 77 y el 79, nadie hubiera dado un duro ni por él ni por su partido.

Ahora se demuestra que lo que al final renta dividendos no son las frases ingeniosas en los salones de las

«casas bien», ni las divertidas intrigas de restaurante, sino los kilómetros recorridos, los pueblos visitados,

las sedes inauguradas, las horas de trabajo en suma.

En curioso paralelismo con lo que le ocurriera en el pasado a Alianza Popular, UCD ha quedado

convertida ahora en poco más que un partido regional gallego, pues de allí proceden la mitad de sus

escaños. Parecí como si Galicia fuera la región menos ^sensible a los cambios electorales y estuviera

condenada a convertirse siempre en una especie de «cuartel de invierno» de las aventuras fallidas de la

derecha española. La gran diferencia estriba en este caso en que UCD no cuenta con un líder con los bríos

de Fraga. Landelino Lavilla es un hombre inteligente, valeroso y honesto y me alegro mucho de haber

contribuido con mi desganado voto a asegurar cuando menos su triste, solitario y apurado escaño por

Madrid, pero sinceramente no ¡e veo prolongando durante cuatro años esta deformación de su

personalidad a que le ha obligado la campaña.

Teniendo en cuenta además la composición del grupo parlamentario centrista, practicamene copado por

los «azules» — de los doce sólo uno, el canario José Miguel Bravo, procede de la antigua oposición

moderada al franquismo—, todo certifica que, tal y como auguró este periódico el día de la ruptura del

pacto con los liberales, UCD ha entrado en vías de extinción y que la reconstrucción del centrismo va a

ser necesariamente una sacrificada, y ai principio oscura, labor extraparlamentaria.

Los responsables de tal hecatombe son muchos, pero el principal de ellos se llama Adolfo Suárez. La fría

realidad de las cifras es el mayor alegato imaginable frente a la esterilidad de su escisión. La suma del 7,2

por 100 obtenido por UCD y el 2,8 por 100 del CDS hubieran situado al centrismo —eso sin contar los

votos añadidos que se hubieran derivado de la unidad— en una cota idéntica a la que en 1979

proporcionó al Partido Comunista 23 escaños.

Qué paradójico resulta que Suárez y Carrillo, los dos hombres que no hace mucho se afanaban en encerrar

al Partido Socialista en una pinza política, desde el poder y desde la oposición, ahora se vean condenados

a compartir el exilio interior de ese redil de fracasados que es el grupo mixto. Si las consecuencias de la

marginación de Suárez no van más allá del drama personal que supone haber tirado por la borda el más

fantástico capital político acumulado por un hombre político español en la segunda mitad del siglo XX, el

hundimiento de Carrillo puede dar pie a una dinámica muy grave para el nuevo Gobierno socialista.

SI en las dos legislaturas anteriores la derecha más ingenua podía quejarse con razón de estar

infrarepresentada, a partir de ahora va a ocurrir lo propio con la izquierda ortodoxa. Por mucho que se

resista a abandonar el cargo, la decapitación de Carrillo parece cosa de meses, y el que llegue detrás tanto

si es Sartorius como alguien más duro— no tendrá otro remedio que tirar del descontento obrero y hacer

de la calle la plataforma que los comunistas no tendrán en el Parlamento. Si las cosas le salen medio bien

al PSOE, esta estrategia puede ser también un salto en el vacío, que dejaría al legendario PCE, tan temido,

perseguido y prestigiado por el franquismo, al borde mismo de convertirse en una arcaica opción

testimonial, del estilo de los viejos grupos republicanos. En cambio si al PSOE las cosas le salen medio

mal, el resurgir de los comunistas puede ser una riada que arrastre consigo la paz social y unas cuantas

cosas básicas más.

La dificultad primordial con que los socialistas van a topar a la hora de administrar su victoria emana

precisamente de la gran diversidad de aportaciones que componen su mayoría triunfante. En esos diez

millones de electores —nunca tuvo nadie en veinte siglos de historia tantos españoles voluntariamente

detrás— está parte de la derecha democrática, casi todo el centro-derecha, casi todo el centro-izquierda,

toda la izquierda moderada y gran parte de la izquierda radical. ¿Cómo contentar a todo el mundo al

mismo tiempo, teniendo en cuenta que, como ayer puntualizaba certeramente Jean Francois Revel, el

nuevo Gobierno tiene que asumir también los anhelos de quienes han perdido las elecciones?

Hay una forma y es llevar a la práctica el famoso propósito televisivo de «que España funcione».

Mientras ése sea su norte, en sintonía con las concepciones occidentales de libertad, modernidad y

progreso, todos tenemos la obligación moral de prestar nuestro apoyo al presidente González, aun cuando

no le hayamos votado.

 

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