Los madrileños tenián una deuda de gratitud con el gran monarca, dijo el Conde de Mayalde. 
 Franco inauguró anoche al monumento erigido a Felipe II en la Plaza de la Armeria  :   
 Asistieron a la ceremonia el presidente de las Cortes y los ministros de la Gobernación, Justicia, Hacienda, Ejército, Aire, Obras Públicas y Trabajo. 
 ABC.    22/05/1962.  Página: 47-48. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

MADRID, MARTES 2 2 D E M A Y O DE 1962 EJEMPLAR 1,50 PESE T A S

ABC

DEPOSITO LEGAL M. 13 1958

FRANCO INAUGURO ANOCHE EL MONUMENTO ERIGIDO A FELIPE II EN LA PLAZA DE LA

ARMERIA

LOS MADRILEÑOS TENIAN UNA DEUDA DE GRATITUD CON EL GRAN

MONARCA, DIJO EL CONDE DE MAYALDE ASISTIERON A LA CEREMONIA EL

PRESIDENTE DE LAS CORTES Y LOS MINISTROS DE LA GOBERNACION, JUSTICIA,

HACIENDA, EJERCITO, AIRE, OBRAS PUBLICAS Y TRABAJO"

El Jefe del Estado presidió anoche en la plaza de la Armería el acto inaugural del , monumento levantado

en la misma a la memoria de Felipe II. El Generalísimo llegó a las nueve menos veinte de la noche,

acompañado por los Jefes dé sus Casas Militar y Civil, teniente general Asensio y conde de Casa de Loja,

respectivamente, y los ayudantes de servicio. Al entrar en la plaza de la Armería y descender del coche,

fue cumplimentado por el ministro del Ejército, teniente general Barroso, y el capitán general de la

Región, teniente general don Rafael García Valiño, en unión de los cuales pasó revista a una Compañía

del ba • tallón del Ministerio del Ejército, formado a lo largo de la plaza, con bandera y banda de música,

para rendir honores, mientras un público numerosísimo estacionado en aquellos alrededores tributó

cálidos aplausos al Generalísimo. Terminada la revista, el Caudillo fue saludado por el presidente de las

Cortes y del Consejo del Reino, don Esteban Bilbao, y los ministros de Justicia, don Antonio Iturmendi;

de Gobernación, don Camilo Alonso Vega; de Obras Públicas, don Jorge Vigón; de Hacienda, don

Mariano Navarro Rubio; del Aire, teniente general Rodríguez y Díaz de Lecea, y de Trabajo, don Fermín

Sanz Orrio; el conde de. Mayalde, con el Ayuntamiento en Corporación, bajo mazas, y el presidente de la

Diputación, marqués de la Valdavia.

Después de los. saludos, el Caudillo se dirigió a la tribuna que se había levantado al pie de la catedral do

Nuestra Señora de la Almudena, y que aparecía adornada con reposteros y tapices y las banderas nacional

y del Movimiento. En otra tribuna contigua se situaron los miembros del Gobierno y el subsecretario del

Ejército, general González de Mendoza; almirante Cervera, jefe de la Jurisdicción central de la Armada;

el presidente del Tribunal Supremo de Justicia Militar, teniente general Gutiérrez Soto; director general

de la Guardia Civil, teniente general Alcubilla; ex ministro don Alfonso Peña; gobernadores civil y

militar, don Jesús Aramburu y general Roldan, respectivamente. Directores general de Cinematografía y

Teatro, señor Suevos; de Política Interior, señor Chacón; de Administración Local, señor Moris

Marrodán; de Bellas Artes, don Gratiniano Nieto; director del Museo Naval, señor Guillen; don

Wenceslao González Oliveros y otras personalidades.

El concejal delegado del Patrimonio Artístico e Histórico de la Villa, señor Navarro Sanjurjo, leyó unas

cuartillas para, subrayar que el homenaje era un acto de justicia y de gratitud a la memoria de uno de los

más grandes Monarcas que tuvo España. Explicó cómo se había elegido este emplazamiento en razón a

que se estimó como el más apropiado y más en consonancia con lo que Felipe II representa en la historia

patria, las proximidades de la que fue su residencia, hoy Palacio Real.

El marques de Lozoya, académico y ex director general de Bellas Artes, en un bellísimo discurso recordó

la brillante época de aquel remado, y al resaltar el valor de la figura histórica de Felipe II dijo que, ante

todo, era un español y que, por lo tanto, era justísimo el homenaje que le tributaba el Ayuntamiento de

Madrid. Trabajador sin reposo, Felipe II sentía la íntima preocupación de su responsabilidad ante Dios. El

Madrid de entonces—agregó—puede haber sufrido modificación de todo género, pero en su fondo impera

el mismo espíritu y una entraña típicamente española. Así lo sentía Felipe II y así ocurrió su reinado con

gobernantes doctos y expertos.

DISCURSO DEL ALCALDE

El alcalde, conde de Mayalde, pronunció el siguiente discurso:

"Estaba en la mente de todos y era propósito firme en la Corporación municipal que al celebrar Madrid el

IV centenario de la fundación de su capitalidad, debían coronarse los actos conmemorativos con la

erección de un monumento a Felipe II.

Temamos los madrileños una deuda de gratitud con el gran Monarca que quiso convertir a esta villa de

Castilla en la capital de la España recién forjada.

El concejal delegado del Patrimonio Artístico ha explicado las razones del emplazamiento y sus

características, y si se ha demorado casi un año la inauguración, se debe al propósito de que todo tuviera

la solemnidad y el rango que parecían indispensables. El Ayuntamiento de Madrid se dio cuenta desde el

primer momento de que no podía tratarse sólo de una conmemoración madrileña, porque este primer

momento, que se levanta en el más noble lugar de Madrid, con la efigie de Felipe II, no es ni puede ser el

homenaje a una gloria local. Se trata de una reivindicación histórica de hacer justicia a una de las grandes

figuras de nuestra patria, y por eso tiene sobre todo un carácter nacional. Si alguna duda pudiera caber, la

presencia aquí de Vuestra Excelencia, rodeado de las más altas jerarquías del Estado, lo corrobora.

Vamos a ver dentro de breves momentos a un Felipe II joven, apuesto y optimista, en un atuendo

anacrónico entonces, pero hoy clásico: el de los antiguos cesares. Está mirando a, su Madrid, al que no

podría identificar en su estructura externa, pero que conserva el alma alegre y generosa de sus habitantes,

que, sin duda, sedujo al Rey Prudente. Aunque la población ha pasado de 45.422 habitantes a 2.325.000,

nuestra villa tiene aún el mismo espíritu. La noble pasión que algunas veces ha podido prestarse a

maniobras turbias, la lealtad insobornable a aquéllos que supieron ganar su corazón. Hoy ya no es la

capital de un inmenso Imperio, pero se ha, convertido de verdad en la capital de todos los españoles;

podríamos decir que se ha convertido en la capital espiritual de todas las Españas, porque el nombre de

Madrid, nunca fue tan popular y conocido en el mundo entero, y por que diaria y emocionadamente acá

vienen en peregrinación, como guien regresa al hogar materno, desde los más lejanos países, las gentes

que hablan español. España tiene en el mundo una gran autoridad moral. Como decía un gran poeta

hispanoamericano, podrá ser más o menos rica, más o menos poderosa, pero está llena de honor, y esto se

debe¿ en gran parte, sin duda, al sentido misional y teológico de la hora fundacional.

La España de los Reyes Católicos, de Carlos I y de Felipe II es la nación que sacrificó cien veces sus

propios intereses materiales por servir a lo que consideraba una misión providencial. Es la, que en pocos

decenios civilizó un continente entero y lo pobló de universidades y de templos; la qué consideró como

un programa nacional la predicación del Evangelio; la que dio leyes justas que en algunos países siguen

en vigor; la que siempre fue fiel a la Iglesia de Cristo y la que con un espíritu de edificante austeridad,

mientras sembraba por el mundo magníficas ciudades y grandiosos monumentos, quiso tener una capital

modesta y casi pobre, donde hasta el siglo XVIII no aparecen los edificios construidos con materiales

nobles.

Es evidente que la historia no se repite y que los pueblos y las naciones han de aceptar y asimilar las

sucesivas evoluciones que van estructurando el devenir de la humanidad, pero sin renegar de su pasado y

sin renunciar a su destino en lo universal. Por ello esta España nuestra, esta España del Movimiento

Nacional, no es ni puede ser exactamente la España de Felipe II, pero sí es una España que de nuevo

quiere ser Una, Grande y Libre, que se niega a seguir los dictados de sus enemigos exteriores y que aspira

a deshacer todas las torpezas y todas las calumnias con que deliberadamente se ha querido tergiversar la

historia patria.

En esta hora en que la unidad de Europa es una preocupación más o menos sincera de todos e

indudablemente una necesidad, queremos recordar que Don Felipe fue un gran europeísta, que su ilusión

fue el llegar, por medio de aliansas y Tratados, a la unidad de una Europa católica, con un claro espíritu

ecuménico y sin afanes de hegemonía nacionalista.

Por razones urbanísticas, este Felipe II que vamos a descubrir dentro de irnos instantes no mira, hacia su

amado Escorial, que veía con los cansados ojos de la vejes. Está mirando hacia Oriente, como si vigilara

frente al peligro que acecha a este mundo nuestro y que puede acabar con todo lo que significa la

civilización cristiana, por la que él luchó toda su vida y a la que incluso sacrificólos intereses de su propia

patria.

Han pasado cuatro siglos, durante los cuales los enemigos de España, sin piedad, se cebaron en este

personaje histórico. Es significativo y es triste, pero también es honroso, que sean las mismas voces de los

enemigos de nuestra patria las que sigan infamemente vociferando contra la España de hoy.

Quiero destacar la cordial y eficacísima colaboración que ha prestado al Ayuntamiento el Patrimonio

Nacional. En primer término, porque le pertenece el terreno sobre el que hemos edificado y porque, en

este caso, como en todos, se preocupa del embellecimiento de Madrid y nos da siempre grandes

facilidades para todo lo que sirva de solaz y agrado a los madrileños. En segundo término, porque se ha

asociado su vos a este acto por la de su consejero, el señor marqués de Losoya, académico y profesor de

la Universidad Central. A él quiero también darle Tas gracias por su bella y erudita disertación.

Sean mis últimas palabras para expresar a Vuestra Excelencia, en nombre del Ayuntamiento y del pueblo

de Madrid, nueestra profunda gratitud por el honor que nos habéis dispensado con vuestra, presencia en

este acto, y sean también, para testimoniaros de nuevo nuestra inquebrantable adhesión.

Y ahora, señor, os mego que os dignéis inaugurar la estatua de Felipe II."

INAUGURACION DEL MONUMENTO

Seguidamente el Generalísimo Franco descendió de la tribuna acompañado por el alcalde y los ministros,

y se dirigió al lugar donde ha sido emplazado el monumento, y procedió a descorrer la bandera nacional

que lo cubría, declarándolo inaugurado.

El monumento es una reproducción en doble tamaño del que existe en el Museo del Prado, en la sala de

Tiziano, obra del escultor Loe Leoni, hijo de Pompeyo Leoni. La obra inaugurada se debe al escultor

Coullaut Valera y al arquitecto Herrero Palacios, y se trata de una reproducción fidelísima de aquella

estatua que se guarda en nuestra Pinacoteca. Ha sido fundida en los talleres del señor Codina. El

monumento descansa sobre un basamento con motivo del jardín de los Frailes del Real Monasterio del

Escorial, reproducido en su tamaño original, y le rodean cuatro pilastras con bolas de granito que

recuerdan la arquitectura herreriana. Al fondo, la bellísima estampa del Campo del Moro.

Después de la ceremonia, durante la cual se interpretó el Himno Nacional, el Jefe del Estado abandonó la

plaza de la Armería acompañado por los miembros del Gobierno y autoridades allí presentes, siendo

despedido con los mismos honores que a su llegada, mientras que el público, cada vez más numeroso, le

despedía con cálidas ovaciones hasta que desapareció el coche que le conducía a su residencia de El

Pardo.

 

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