Es necesario creer     
 
 ABC.    15/09/1960.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

A B C. JUEVES 15 PE SEPTIEMBRE DE 1960. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 26

ES NECESARIO CREER

No bastan los Gobiernos, ni la fuerza, ni la estabilidad y la unidad; es necesario cree. Así, en esta

afirmación, el Caudillo ha sintetizado una de las más sólidas verdades de la política: que nada es fecundo,

que todo es estéril, cuando falta un principio vivificador que es la fe y la vocación. Quienes tan cortos de

vista como de intelecto buscan en el solo plano de las realizaciones de hecho la base de su convicción y

hacen del espíritu nacional un mero paradigma de experiencias materiales, como si el alma de los pueblos

pudiera ser objeto de una investigación pragmática o buscarse en un tubo de ensayo, pueden analizar en la

más lejana o reciente Historia la gran verdad proclamada por Franco en su último discurso de La Coruña.

Los pueblos necesitan, sí, hechos, pero ellos no son nada, o casi nada, para calificarlos, si no van

informados de una fe, de un espíritu que les dé vida y sea, ante sí y ante la Historia, testimonio de una

época.

Si hay algo que jamás podrá regatearse al pensamiento de Franco es su constante proclamación de la

primacía del espíritu. Y si al enfrentarnos con estas palabras suyas, en acto tan aparentemente sencillo

como la inauguración de una Escuela de Formación Profesional Acelerada, hemos de hacer una exégesis

de su sentido, de la doctrina que lleva en germen, se nos destaca, una vez más, la vigencia inderogada e

inderogable de los postulados espirituales sobre los materiales, de la supremacía del hombre, y de la

fuerza de la fe, que también en el orden político, terreno, nacional, mueve las montañas.

Ahondando en el sentido íntimo y trascendente de las palabras del Caudillo que aquí nos complace glosar,

podríamos destacar la contraposición de dos términos que no se excluyen, sino que se complementan,

jerarquizados por el "no bastar." que indica la necesidad—pero insuficiencia—de uno frente a la

imprescindibilidad del otro. Esos dos términos son la fuerza y la fe.

Los pueblos—hablamos de los constituidos como tales, no de las masas amorfas, sin personalidad

definida — no se mueven por la fuerza, a empujones. Podrán, en determinadas crisis de su vida —muy

semejantes a las que paralizan temporalmente los miembros corporales—necesitar el estímulo externo de

algún enérgico reactivador. Pero llevarán siempre en sí, en definitiva, las condiciones:—llamémoslas

biológicas—de su víabilidad, y de ellas extraerán la única "fuerza" válida para su supervivencia; la fe.

Franco, que tiene la fortaleza del Gobierno y del Estado, que ha recreado en España la estabilidad y la

unidad, proclama la insuficiencia de éstas y la necesidad de que todos tengan fe, que crean, que nos

movamos no por estímulos externos, sino por incitaciones interiores. Esto equivale a colocar la sociedad

en el puesto que le corresponde: de artífice y destinataria, en última instancia, de las tareas del Estado,

que no es, ni más ni menos, que su personalización jurídica y política.

Lo que, en definitiva, pide Franco en sus palabras — creemos interpretar así rectamente su

pensamiento—es la resurrección, si es necesaria, y la vitalización, frente a los desmayados, del espíritu,

que en España y fuera de ella, a lo largo de todos los tiempos, es el único e insustituible motor le los

pueblos: la fe en su propio destino, la cohesión unánime de todo el cuerpo social en los objetivos que su

dignidad le marca en su vida interior y exterior. La fe no admite sustitutivos. Es necesario creer. Y saber

que una sociedad sana puede crear un Estado, si le falta—lo hizo en 1936—, pero el Estado, la fuerza—

solos—, no pueden forjar a aquélla. Nosotros tenemos Estado, ciertamente. Y sociedad también, pues no

dudamos de nuestra fe.

 

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