Autor: Bugallal, José Luis. 
 Son grandes y providenciales las reservas de fe que atesora vuestra católica nación, dijo Juan XXIII, en un radiomensaje especial. 
 El Jefe del Estado y su esposa apadrinaron la coronación canónica de la Virgen del Rosario  :   
 A la solemne ceremonia asistieron ministros del Gobierno y una gran muchedumbre. 
 ABC.    13/09/1960.  Página: 32-33. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

ABC. MARTES 13 DE SEPTIEMBRE DE 1960. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

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EL JEFE DEL ESTADO Y SU ESPOSA APADRINARON LA CORONACIÓN CANÓNICA DE LA

VIRGEN DEL ROSARIO

"Son grandes y providenciales las , reservas de fe que atesora vuestra

católica nación", dijo Juan XXIII, en un radiomensaje especial

A LA SOLEMNE CEREMONIA ASISTIERON MINISTROS DEL GOBIERNO Y UNA GRAN

MUCHEDUMBRE

La Coruña 12. (Crónica telefónica de nuestro corresponsal.)

Jamás vieron los coruñeses a su plaza de María Pita tan suntuosamente

engalanada, tan colmada de gente, tan rebosante de luz y de color, de

muchedumbre y de piadosa emoción como en la tarde gloriosa del domingo II de

septiembre de 1960, en la ocasión de ser coronada, canónicamente la imagen de

Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la ciudad. ¡Qué estupenda catedral

abierta al cielo para la coronación de la Virgen, que 1589 libró a la población

del cerco, puesto por el enemigo inglés y luterano! Lleva el nombre de la

suprema heroína del asedio, encarnación femenina del valor de un pueblo, y

afluyen a ella las calles que ostentan los nombres del marqués de Cerralbo, el

capitán general y gobernador del Reino de Galicia, que acaudilló a los

defensores, y de aquellos dos bravos capitanes de su tropa que fueron Troncoso y

Montólo.

El rojo y el gualda, que glorifican a la bandera inmortal de España, ondeaban

sobre la plaza entera y en los balcones y galerías circundantes, al soplo de una

tenue y fresca brisa estival que no agitaba los colores ni los dejaba en

quietud. En la fachada del Palacio Municipal, cubierta dé reposteros, alzábase

un enorme vítor, y a su pie, el tablado dispuesto para la ceremonia. En su

centro, el altar, y a modo de retablo las blancas iniciales del Ave María

encuadrando a la imagen de la Patrona. La efigie ostenta por primera vez un

fajín de general. Es el fajín que le ha ofrecido el capitán general de Galicia

al tener noticia de los honores que el ministro del Ejército ha acordado

conceder a la Valedora en el día. de su coronación. ¿No es para pensar que el

teniente general Menéndes Tolosa adivinó y dio cumplimiento a un anhelo del

marqués de Cerralbo en su gloriosa eternidad?

Franco es un permanente ejemplo de puntualidad que los españoles no acabamos de

imitar. A las seis campanadas del reloj municipal se sincroniza el clarín

militar que vibra en todo corazón español, y la banda, de música del Regimiento

de Isabel la Católica lanza al aire de la plaza los sones del Himno Nacional. El

Caudillo y su esposa, padrino y madrina de la ceremonia, han descendido de su

coche al otro lado de la plaza, y seguidos de los ministros y las autoridades

que aguardaban su llegada, atraviesan el recinto y suben al estrado del altar,

en donde son recibidos por el cardenal arzobispo de Santiago.

Se sitúan, bajo un dosel, del lado del Evangelio, frontero de otro igual,

reservado al prelado de la archidiócesis, legado del Sumo Pontífice. El resonar

de la música, de los cohetes y de los aplausos es apagado por un creciente rumor

metálico en las alturas: una escuadrilla de ocho aviones, formando la letra A

cruza el cielo de la plaza; otra, de once, le sigue, trazando la M. La "aviación

española se suma a los homenajes a la Virgen con su Ave María, de alas en vuelo.

El cardenal Quiroga oficia la misa, comunitaria. La siguen con devoción los

millares de fieles que colman la plaza los que se aprietan en las galerías y en

los balcones, en las terrazas y en los tejados. La Aviación mariana de España

hace otras, dos pasadas: una en la Epístola, otra en el Ofertorio. En el momento

de la Consagración, el Himno nacional español rinde honores al Rey de Reyes.

Concluye la misa; el notario eclesiástico da lectura, primero en latín, en

español después, al breve pontificio con que, Su Santidad accede al deseo

unánime de los coruñeses, y el prelado, revestido de capa pluvial,

mitra, y báculo, bendice las coronas que van a ceñir la frente de Jesús y de

Mana.

El Caudillo y el cardenal suben hasta situarse a ,la altura de la imagen y

colocan las coronas sobre las cabezas de la Madre y el Niño. El doctor Quiroga

pone en las manos de la Virgen el rosario de oro donado y bendecido por el Papa,

y Franco, alcalde honorario de La Coruña, impone a la Patrona la Medalla de Oro.

de la ciudad. El momento es de una solemnidad y una emoción que paralizan los

corazones: voltean las campanas, dispara la artillería, estallan los cohetes,

suena el Himno Nacional español, flamean los pañuelos, revuelan bandadas de

palomas, vibran las manos en aplausos y resuenan los vítores a la Patraña.

¿Quién podrá olvidarlo?...

El múltiple y unánime homenaje dura varios minutos. Tiene el cardenal que

esperar a que transcurran para poder pronunciar la alocución con que se suma al

júbilo de la población y alaba el marianismo de La Coruña.

También el Romano Pontífice es modelo de puntualidad: sonaban las siete en el

reloj del Ayuntamiento, los amplificadores difundían la llamada del Vaticano:

¡La voz del Papa, la palabra del Vicario de Cristo en el Corazón de La Coruña!

El silencio impresiona ahora tanto como el clamor de la multitud minutos antes.

Sí, es la voz clara y maternal, dulce y persuasiva, cordial, amorosa, de Juan

XXIII, que en un delicioso castellano de cadencia italianizante alaba los

tesoros espirituales de nuestra "hermosa y suave ciudad", en la que, a su decir,

la Virgen del Rosario se encuentra tan a su Placer como si dé aquí fuera nacida.

El Papa sabe de nuestro historial local; sabe también, porque lo ha vivido,

cuánto es el fervor de la España de los grandes santuarios marianos. Con sus

"amadísimos coruñeses" está el Padre Santo, que pide a Dios y a la Virgen del

Rosario por ellos y los bendice.

La multitud desborda su emoción en aplausos y en vítores al Papa. Es entonado el

"Te-Deum" de gracias; luego, la Salve popular, la entrañable plegaria creada por

un santo gallego, Mezonzo. Por último, el Himno de la Coronación.

La efigie de Nuestra Señora del Rosario es puesta sobre una peana para ser

trasladada en breve procesión al salón de sesiones del Ayuntamiento. Suena otra

vez el Himno Nacional. El cardenal arzobispo bendice los rosarios del pueblo,

congregado en la plaza, y luego hace entrega a los padrinos de la ceremonia de

las medallas de oro conmemorativas de la coronación. Descienden del estrado el

Jefe del Estado y su esposa, que con despedidos por el cardenal, los ministros

y las autoridades, y, saludados por los aplausos de la muchedumbre, retornan a

su torre de Meirás.

La Virgen del Rosario y su Hijo están ya en la mesa presidencial del salón de

sesiones, expuestos a la veneración de los coruñeses antes de su traslado

definitivo a la iglesia de Santo Domingo. En la corona de la Madre, como un

símbolo, fulgen dos perlas que fueron de doña Emilia Pardo Bazán, la coruñesa

que con María Pita comparte la suprema gloria femenina de esta ciudad.

Así es esta corona de la Reina de Marineda, engastada en alhajas heredadas de

las madres, de las abuelas y de las trasabuelas de sus donantes de hoy: la

expresión áurea y enjoyelada de La Coruña de ayer y de Coruña actual. De La

Coruña de siempre. —José Luis BUGALLAL.

ABC. MARTES 13 DE SEPTIEMBRE DE 1960, EDICIÓN DE LA MAÑANA.

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