Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   La clausura     
 
 El Alcázar.    04/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA CLAUSURA

NI una lágrima. Ni un suspiro: Alcalá, 44, ha cerrado sus puertas por Real Decreto y hay que decir, de

inmediato, dos cosas: una, que con Alcalá, 44, no desaparece el espíritu de sus mejores días; otra: desde

que juró, rodilla en tierra, José Solís Ruíz, como ministro secretario general, aquel espíritu no residía en

Alcalá, 44. Ni funeral, ni réquiem: no ha muerto nada. Se ha reconocido un hecho evidente. El

Movimiento Nacional no existía. Pero no existía desde hacía muchos años. Desde aquella gran maniobra

política de 1957. Allí se acabó y sólo habrá que registrar, con un intento útil de superación o de

adaptación a un tiempo nuevo, el discurso del señor Fernández Miranda, en Valladolid, y su propósito de

recoger el socialismo integrador que nacía de las fuentes de nuestra doctrina. Lo digo ahora, cuando el

señor Fernández Miranda es presidente de las Cortes Españolas y del Consejo del Reino. También lo dije

entonces, cuando los más ortodoxos se rasgaron las vestiduras por la sugerencia del ilustre profesor. No le

entendieron, pero tenía razón. O Alcalá, 44, era Alcalá, 44, con todas sus consecuencias, o se enfilaba la

nave hacia otras singladuras, recogiendo del pasado lo más auténtico y noble: el profundo sentido social

que inspiró a ese Movimiento cuya sede central ha quedado clausurada.

Otra cosa son los símbolos. El yugo y las flechas, cuyas desaparición solicitaba con vehemencia un

comentarista la tarde del sábado, es algo más que el sello de una época, figuran en el escudo nacional, por

encima de ideologías y partidos, y representan el impulso unificador más importante de la Historia de

España el que subrayan los nombres de Isabel y Fernando. Los que escriben de oído no saben que la idea

de arrancar del tiempo aquel emblema para convocar a los españoles, a vuelta de pesimismos, hacia un

futuro mejor, no es una idea estrictamente falangista. Fue sugerencia de un eminente profesor, socialista:

don Fernando de los Ríos, y recogida por Juan Aparicio y por Ledesma Ramos. He leído el artículo a que

aludo, sin la menor sorpresa. Puede que se suprima el yugo y las flechas de todos los lugares donde aún

lucen. He suspendido por un instante la lectura y he pensado para mí: "tiene razón". Si el yugo y las

flechas son, históricamente hablando, el símbolo del poderío y de la unidad de España, hay que amarlo

deprisa, y sin pausas, de un país que admite recomendaciones hasta de los moros, y se humilla,

acobardado, ante el primer mequetrefe del exterior que ocupe una tribuna para imponerle norma y

conducta, como a los párvulos. Es que España no merece el yugo y las flechas. Tampoco este tiempo

merece escribirse en la historia.

Sí, que los quiten, y pronto; para que no se produzcan confusiones.

Antonio IZQUIERDO

 

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