Lo que está ahí     
 
 Diario 16.    19/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Lo que está ahí

En un reciente coloquio sobre la prensa del ex Movimiento, representantes de los partidos de izquierda se

han mostrado decididamente a favor de conservar en manos del Estado esta gravosa herencia franquista.

Además de otros argumentos, como el de la conveniencia de evitar una privatización que fortalecería a la

prensa empresarial y capitalista, se insistió particularmente en uno: ¿por qué desmantelar lo que está ahí?

El peregrino argumento sorprende sobre todo por proceder de quienes hicieron bandera de la necesidad de

desmontar todo el tinglado de la dictadura. Con este razonamiento habría que preguntarse por qué se

habría de prescindir de otras cosas e instituciones que estaban tan ahí como la prensa del Movimiento: a

saber, las Cortes Orgánicas con sus procuradores y sus tercios, el Consejo Nacional, el mismísimo

Movimiento, padre y tutor de la criatura discutida. Y hasta la verticalista Organización Sindical, que,

como es sabido, alguien soñaba en heredar "con todo funcionando".

Pocas cosas habrá más netamente aberrantes que una prensa del Estado, invento nada original, porque, de

Napoleón a Stalin y Franco, ha tenido muchos promotores, todos los cuales no tenían más objetivo que el

de convertir a los periódicos liberados de la explotación capitalista en la dócil voz del amo de turno. En la

lista de los que en algún tiempo o país han defendido una prensa del Estado no se encontrará, por

supuesto, el nombre de un solo demócrata. La democracia surge como un "régimen de opinión" y eso

requiere una prensa libre de tutelas oficiales. Cuando en toda Europa los propios partidos de izquierda

están revisando el hasta ahora dogma intocable del monopolio estatal sobre la radio y la televisión, estos

izquierdistas españoles nos vienen con la pretensión de oficializar los periódicos cuya estructura y modo

de funcionar es lo menos oficializable que se puede imaginar.

¿Por qué no nos explican los paladines de este nuevo invento ibérico cómo funcionarían esos periódicos?

¿Tendría cada partido su propia página en cada uno de ellos? ¿Qué punto de vista se reflejaría en los

editoriales? ¿Qué harían los partidos que comprobaran que uno de esos periódicos estaba "colonizado"

por militantes de un partido adversario? ¿Sería el consejo de redacción de cada uno de ellos una especie

de miniparlamento donde estuvieran representadas todas las fuerzas políticas? ¿No han pensado que en el

país hay algo más que partidos y que lo "ideal" sería que estuvieran también representadas otro tipo de

asociaciones y fuerzas sociales? Sólo hay una respuesta a todas estas preguntas: esta pesada estructura, lo

más alejado que puede imaginarse de la agilidad periodística, funcionaría únicamente en una situación de

partido único.

Estos nuevos quijotes defensores de ese círculo cuadrado que es la prensa burocratizada y convertida en

panfleto propagandístico, entre otras hazañas han logrado resolver la famosa antítesis de Jefferson.

Convencido de que prensa y aparato estatal son realidades diferentes e inasimilables, dijo aquello de

"prefiero prensa sin Gobierno a Gobierno sin prensa", subrayando la necesidad de que los periódicos

actuasen como un contrapunto independiente del Gobierno. Para los teóricos del bodrio que se pretende

justificar como prensa institucional, al servicio de la sociedad y del Estado..., etcétera, el problema se

resuelve haciendo de la prensa una parcela más de la administración pública. Exactamente lo que Franco

inventó en 1938, al hacer de la prensa un "servicio nacional" y de los periodistas una especie de

funcionarios públicos a salvo de las contingencias de las empresas privadas tan comprometidas sobre todo

en tiempos de crisis. Tanto "espíritu de servicio a la sociedad", que huele a fascismo a veinte leguas, sería

enternecedor si no fuera demasiado escamante.

Ya está bien de paternalismo y de querer vivir a la saneada sombra, hoy más bien maltrecha, de los

presupuestos del Estado. El destino de estos periódicos no puede ser otro que el de, una vez solventadas

las reclamaciones de los que fueron expoliados por el franquismo, ofrecerlos a quienes se comprometan a

nacerlos funcionar. En primer lugar, desde luego, dando opción a los trabajadores de los mismos para que

practiquen la autogestión. Sería una experiencia interesante para la que habría que asignarles un generoso

fondo inicial, pero con el serio compromiso de no volver a pasar a la Hacienda pública ninguna de las

posteriores facturas. Algunos aprenderían entonces lo que es hacer un periódico para los lectores y no

para darle gusto a la tecla.

 

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