En torno a la ruptura     
 
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EN TORNO A LA RUPTURA

EN este diario hemos sustenido reiteradamente la necesidad de legalizar la

oposición, y de llegar a un sistema político concebido y organizado sobre los

principios, vigentes en las democracias occidentales, de libertad, pluralidad y

representación. Hemos dado cabida a informaciones y opiniones de grupos y

personas de la oposición política y sindical. Hemos visto la función de ésta

como positiva; muchas veces, a lo largo de estos difíciles meses, líderes y

partidos de oposición han mantenido actitudes prudentes, responsables y, por que

no, patriotas. Sin renunciar a sus principios, ni a su función política, un

amplio sector de la oposición se ha ganado a los ojos de muchos españoles el

derecho por otra parte irrenunciable y «nato» a una plena integración en la vida

política nacional. Incluso ciertas actitudes excesivas e inmediatlstas que

podían ser disculpadas en quienes salían de las catacumbas políticas vienen

siendo corregidas y superadas, de forma que grupos que antes parecían charlas de

amigos se van pareciendo cada vez más a partidos organizados, serios,

responsables, ante los cuales muchos ciudadanos ven un síntoma de madurez

general y de que nos acercamos a los comportamientos de un país políticamente

desarrollado.

Pues, bien, el contenido, el estilo y los objetivos a que parece destinado el

documento de Coordinación Democrática hecho público ayer están muy lejos de

proporcionarnos una prueba de responsabilidad política. Máximalista, con un

lenguaje que es la negación de la flexibilidad y la capacidad de pacto, y con

una increíble inoportunidad a menos que se busque agudizar la situación, el

documento lanza una andanada contra un Gobierno recién constituido, que se

esfuerza por proseguir una estrategia de cambio y reforma, y que con

dificultades, que no se ocultan a la oposición, promueve ta concesión de una

amnistía como punto de partida para la reconciliación.

Llama la atención el contraste entre las opiniones de los representantes de

grupos de oposición, que se mostraron generalmente esperanzados en una mejoría

política tras el cambio de Gobierno, y el sentido y el tono de un documento que

parece emitido para proporcionar dificultades adicionales al Gabinete,

precisamente en vísperas de un esperanzado 25 de julio, ¿Es que el anonimato

modifica las conductas? ¿Es que cuando varios partidos se reúnen, la mayoría

sigue la pauta más radical?

Calificar a este Gobierno de «reaccionario» es, ademas de una inexactitud, un

error político. OJalá que la oposición, que se reúne, muere y manifiesta, por

fortuna, con posibilidades que no hace mucho eran inimaginables, no sepa nunca

lo que podría ser un Gobierno reaccionario que sustituyera al actual. Poner en

cuestión la forma misma de Estado y de Gobierno, negar toda posibilidad de

avance a través de la reforma, como haré el documento de C. D., y todo ello

precisamente ahora, en un lenguaje inquietante y dogmático, es una muestra de

irresponsabilidad política.

La ruptura como estrategia, método y alternativa total colo a al país ante la

opción entre la continuidad y esa ruptura. ¿Pero en virtud de qué argu-mentación

hay que presumir que quienes se opusieran a la reforma iban a aceptar mañana la

«ruptura negociada»? ¿Con qué base puede suponerse que un dia de éstos el país

va a levantase con el acuerdo de iciar un proceso constituyente y poner a

votación la Monarquía misma, todo ello con el beneplácito de las fuerzas

armadas? y si hay fuerzas sociales, políticas, institucionales, poderosas que se

oponen firmemente a cambios constitucionales que no nazcan del mismo orden qne

se pretende modificar, ¿cómo se hace la «ruptura negociadora»? Puestos a ser

consecuentes, la ruptura lo es a secas, por la fuerza; pero, aparte el hecho de

que el método repugna a la voluntad generalizada, ya nos explicarán quiénes

están dispuestos a hacer esa ruptura y con qué posibilidades de éxito y de

respaldo popular Sin duda algunos de quienes gustosamente encenderían la mecha

mas optarían por exilios dorados, mientras otros aquí pagaban las consecuencias

de sn frivolidad política.

Política y lógicamente resulta comprensible que los objetivos de la oposición

democrática y pacífica se diferencien de los métodos reformadores. Pero la

negación total de la reforma es irresponsable. La oposición puede y debe

mostrarse clara en la exposición de las características de una situación

democrática. Pero negar todo avance reformista, no ver que los progresos en ese

sentido nos acercan a la democracia y benefician a la oposición misma, es

sencillamente suicida.

Documentos como el de C. D., mas quizá por la forma y las circunstancias que por

el fondo, no responden a una actitud responsable a la altura de las exigencias

de la hora actual. Abrigamos el convencimiento de que responde a una posición

más bien minoritaria dentro de la oposición, pero éste es un punto que, en

beneficio de la clarificación, deben confirmar o negar los propios

protagonistas, es decir, los líderes y órganos de los partidos.

 

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