Franco hace importantes declaraciones políticas e históricas a Le Figaro, de París     
 
 ABC.    13/06/1958.  Página: 47-50. Páginas: 4. Párrafos: 87. 

FRANCO HACE IMPORTANTES DECLARACIONES, POLITICAS E HISTORICAS A "LE

FIGARO», DE PARIS

HITLER, MUSSOLINI, PETAIN, PIERRE LAVAL: SU PSICOLOGÍA, SU INTERVENCIÓN EN EL

CONFLICTO INTERNACIONAL, SUS VIRTUDES, SUS FALLAS

LA DIVISIÓN AZUL ENVIADA A RUSIA LIQUIDO UNA DEUDA DE SANGRE Y DE HONOR

«No hemos imitado a nadie», dice el Caudillo

Como decíamos en nuestro número de ayer, "Le Fígaro" está publicando unas declaraciones hechas por el

Caudillo, directamente, en conversación celebrada en El Pardo, al periodista francés M. Serge Groussard.

Nuestro corresponsal en París, don Carlos Sentís, nos decía en la madrugada de ayer que esas

declaraciones estarían, sin duda, "llamadas a causar sensación". Por el texto que o continuación

traducimos de publicado en aquel diario, nos parece, muy justo ese comentario de nuestro corresponsal.

En nuestro número de mañana daremos íntegramente la segunda parte, de la que hoy publicamos, más

adelante, un extenso resumen, resumen que nuestro agudo y activo corresponsal nos transmite

telefónicamente desde París. Referimos, asimismo, al lector a otra crónica de Sentís sobre los comentarios

que ha suscitado en Francia la entrevista del Caudillo.

—¿ H a experimentado usted influencias ideológicas en su formación de hombre de Estado ? —No. O

—¿Ni siquiera la de Mussolini?

—Ni siquiera. Mussolini resolvió como italiano los problemas de Italia, Elaboró una ideología original y

poderosa. Pero para nosotros, los españoles, no hay ideologías extranjeras que puedan convenirnos. En

los tiempos de la República, quiso nuestro país imitar algunos regímenes extranjeros. El resultado fue un

puro período de caos.

Hemos buscado una solución en la cooperación de las clases sociales, y no en su divorcio; en su

progresivo acercamiento por medio de una forma de vivir que sin cesar mejora para todos, y no en la

crasa supremacía de una falsa "élite". Hemos rechazado la comedia de los partidos y el reino del

materialismo. Somos un pueblo a quien mueve el espíritu. Lo hemos probado en nuestra guerra civil,

donde, al fin y al cabo, fueron muchos los españoles que murieron por sus ideales. Nuestro régimen actual

extrae exclusivamente sus fuentes y sus fundamentos de la historia española, de nuestras tradiciones, de

nuestras instituciones, de nuestra alma. Son manantiales que habían sido perdidos o emponzoñados por el

liberalismo. Y la consecuencia del liberalismo fue e! declive de España. El olvido de los afanes del alma

española que nos corroyó durante el siglo XIX y una gran parte dei siglo XX, nos costó la pérdida de

nuestro Imperio y una desastrosa decadencia. Mientras tanto, las otras Potencias mundiales de aquel

tiempo lograron forjar su poderío, nosotros estuvimos aletargados en un sueño de más de cien años.

LA INCAPACIDAD DE LOS HOMBRES DE LA REPÚBLICA

—¿Y no son más bien la ausencia de todas las primeras materias fundamentales, la pobreza de su

industria y la debilidad de su población las causas que frenaron entonces la expansión española ?

—De ninguna manera. Una buena política nos hubiera permitido luchar con armas iguales, porque todo ce

crea y todo se reemplaza. No había más que un problema político. Este problema hubiera debido ser

resuelto por hombres políticos, por los jefes de empresas y por los hombres de acción, pero, desde 1830

hasta la restauración de la Monarquía, en 1870, esta ocasión se les fue de la mano, a causa de las guerras

civiles que nos separaron de Europa y de la revolución industrial. Cuando la Restauración se puso a

recuperar el tiempo perdido, habían pasado ya cincuenta años; y, poco después, en el momento de la

pérdida de los últimos restos del Imperio español, nuestra economía tenía como base la agricultura y los

importantes intercambios .comerciales que se hacían con aquellos territorios que aún nos quedaban de

nuestras colonias. La pérdida de esas colonias tuvo consecuencias económicas de importancia

incalculable. Nuestra neutralidad en la rimera fuerra mundial contribuyó a mejorar la situación. España

tenía entonces menos habitantes—; pero se produjo una´ agravación entre las dos guerras mundiales a

causa del permanente desequilibrio de nuestros intercambios comerciales, I» que originó una progresiva

desvalorización de nuestra moneda.

Los hombres de la República demostraron su incapacidad para enfrentarse objetivamente con esos

problemas; sus sectarismos les movía a dar al problema político, entendido según los criterios de clase,

más importancia que a los intereses nacionales. Y así se llegó a una situación en la cual el Poder tenía

necesariamente que caer en las manos de la anarquía y del comunismo.

La víctoria, al terminar la guerra civil, hizo posible la unificación del Poder, unificación necesaria para la

urgente renovación económica y para el progreso social de la nación. La unificación del Poder creó el

ambiente más propicio para que la acción política del Estado pudiera seguir una línea ininterrumpida de

progreso económico.

Frente a la generación llamada del 98 —pensadores y "dilettanti"—se encaró la, generación de hombres

de acción surgida desde 1935, cuyas realizaciones se han traducido en el desarrollo económico de España,

el cual es hoy una realidad. La renovación de la vida española, que, desde los puntos de vista político,

cultural y económico se ha manifestado en el curso de este período, ha creado el clima que permitirá a las

nuevas generaciones dar remate a esta gran obra: marcar definitivamente la orientación de nuestro país.

—¿ Hay entre loa hombres de Estado españoles de los tiempos modernos algunos a quien usted

admire ?

—En general, el conjunto de los hombres políticos españoles que ha gobernado y a quien yo he conocido,

directa o indirectamente, antes del Movimiento Nacional, no supo ponerse a la altura de las

circunstancias. No quiere esto decir que España no haya tenido hombres extraordinarios; lo que ocurría

era que el sistema político los destruía o los condenaba al ostracismo. Esto es, por ejemplo, lo que ocurrió

con D. Antonio Maura, a quien las conspiraciones de los partidos dieron de lado. Canalejas y Dato—

ambos, presidentes del Consejo de Ministros y hombres políticos prestigiosos—, fueron asesinados. Y lo

mismo ocurrió en 1936 con Calvo Sotelo, que había sido el colaborador principal de la obra de Primo de

Rivera y que fue "suprimido" por la política del Gobierno de la República porque era el jefe de la

oposición monárquica. Es del dominio público que este monstruoso ultraje fue el último que el pueblo

español toleró; el ultraje que a los pocos días de cometido vino a provocar el levantamiento libertador. Ya

en el curso de la guerra civil, hombres que, como José Antonio Primo de Rivera, Víctor Pradera y tantos

otros, representaban grandes valores para el porvenir de España fueron fusilados por los rojos.

EL POLÍTICO TIENE QUE SER HUMANO

5 —Y fuera de España, ¿ quiénes son, a su juicio, los hombres de Estado

más notables ?

—Para que un hombre de Estado sea ejemplar es preciso que sea humano. Y esta condición es más rara

de lo que yo hubiese presumido antes de verme, por deber, obligado a ocuparme de los problemas y de la

gente política. Observación que no sólo concierne a España.

SALAZAR, EL MAS RESPETABLE HOMBRE DE ESTADO

6. —Excelencia, ¿qué piensa usted de Hitler? .

—Hombre afectado. Carecía de naturalidad. Representaba la comedia; pero de un modo discutible,

puesto que.ello se percibía .continuamente. ¿Ve usted? Si yo me pregunto cuál es el hombre de Estado

más cabal y más respetable entre todos los hombres de Estado que yo he conocido, yo, diría: Salazar. He

aquí un personaje extraordinario. Por la inteligencia, por el sentido político, por la humanidad. Su único

defecto es, acaso, la modestia.

—¿Usted no ha visto a Hitler más que una sola vez, en octubre de 1940?

—Sí, el 23 de octubre de 1940, en Hendaya. Mi tren había llegado con retraso, y la espera había puesto

nervioso al Führer.

—¿ Estaba usted también ner

8

vioso?

—No.

HITLER QUISO METERNOS EN LA GUERRA

—Excelencia, ¿le pidió a usted Hitler que entrara en la guerra del lado suyo?

—Sí. Intentó persuadirme de que ya, y definitivamente, estaba ganada la guerra por el Eje, y que. por lo

tanto, apremiaba que España entrara, a su vez, en la guerra, porque para nosotros era una ocasión única de

satisfacer las reivindicaciones a que tenía derecho nuestra Patria.

Respondí que, a juicio mío, la guerra no estaba terminada, y que faltaba todavía mucho, porque los

británicos lucharían hasta que se agotaran sus fuerzas. Y que, si la Gran Bretaña fuese invadida, los

británicos continuarían luchando en sus colonias, en el Canadá, en todas partes. Además, añadí, no había

que olvidar que detrás de Inglaterra estaban, a pesar de su neutralidad en aquellos momentos, los Estados

Unidos, con su formidable potencial de guerra. Le recordé que, en cuanto a España, después de su terrible

guerra civil, tenía, por encima de todo, necesidad de paz. Enumeré, finalmente, con todo detalle, la

cantidad de productos vitales y de

primeras materias de que nosotros carecíamos.

10

—¿Quedó Hitler decepcionado?

—Terriblemente. Sus "buenos días" habían sido calurosos. Su "adiós" fue glacial.

—:¿ Conoció usted mejor a Mussolini que a Hitler?

—Sí. .

MUSSOLINI: INTELIGENCIA Y CORAZÓN

12 —¿ Se sentía usted más próximo al Duce?

—Infinitamente más. Mussolini era humano por excelencia. Tenía inteligencia y

corazón. Sentía yo hacia él un afecto verdadero, y su destino cruel es tanto más patético cuanto que, antes

de la guerra, había hecho mucho bien a su país.

13 —¿Cómo pudo lanzarse en junio de 1940 a semejante aventura, cuando asestó a Francia un

golpe por la espalda ?

—Esto fue, efectivamente, un error terrible. El signo del destino. Hacía muchos meses que Mussolini era

objeto de apremiantes solicitaciones de Hitfer. Es muy difícil sustraerse mucho tiempo a las presiones de

un aliado, sobre todo de un aliado como la Alemania nazi. El Duce veía que los alemanes iban a acabar

con Francia, sin que él pudiera sacar la espada para ayudarlos. Y... la derrota francesa la desconcertaba.

Estaba, desde aquel momento, persuadido de la supremacía militar alemana. Creía que el interés de Italia

era participar en la segunda fase del conflicto, es decir, en el asalto, forzosamente victorioso, contra la

Gran Bretaña.

Hubo otra razón que impulsó a Mussolini a ayudar militarmente a Hitler. Fue su sentido del honor y de la

fidelidad. Había firmado un Pacto con Alemania: debía por tanto, pronto o tarde, ir a su, lado.

Como entre el Duce y yo existía una gran estimación recíproca, se cuidó de prevenirme de sus propósitos.

Y me escribió. Me pedía , toda la comprensión y toda la buena voluntad de España. Pero sin más. Le

respondí en seguida para aconsejarle la neutralidad. Recuerdo que le cité el viejo refrán: "Se sabe cómo

empiezan las cosas; nunca se sabe cómo terminan." Procuré argumentar, razonar, en. torno a los

problemas estratégicos que : tendría él que afrontar. ¿Estaba termina, da la preparación militar de Italia?

Y aún cuando lo estuviese, ¿no necesitaría desparramar sus fuerzas entre teatros de operaciones separados

por el mar, teatro europeo y teatro africano? El teatro de África estaba a su vez escindido en dos sectores:

de un lado Libia y Tripolitania, de. otro Abisinia.

Me contestó que, a su juicio, no había más que un solo teatro de operaciones que era Europa. "Si

Europa es conquistada, todo se ha ganado. Si Europa se . pierde, poco importa el África del Norte"; me

dijo. Añadió que me agradecía mi amistosa franqueza, pero que había muchos barcos italianos que

estaban detenidos en Gibraltar por el control inglés, lo que hería la dignidad de su nación. Además,

añadía, ya se había jugado la suerte de Europa, y él jugaba por el partido que iba, sin duda alguna, a

triunfar,

14 —Al año siguientc, Excelencia, os entrevistabais con Mussolini en la costa italiana, en

Bordighera.

—¡Y tanta satisfacción me produjo este encuentro en Italia, que hubiera debido celebrarse mucho tiempo

antes!... Mussolini, durante la guerra civil española, me había hecho prometerle que el primer país que yo

visitaría después de la vicloria del Movimiento, sería Italia, pero, surgieron los problemas primeros de

urgencia. Luego comenzó la guerra mundial. Las circunstancias no se prestaban ya a una visita oficial

amistosa. El Duce, sin embargo, estaba empeñado en que nos viéramos. Recibí de él un mensaje.

Recordándome la promesa que le había hecho; me proponía que fuese yo a verle a Bordighera. Acepté

con placer, y nos entrevistamos el 12 de febrero de 1941.

— ¿Estaba todavía tan seguro como antes de la victoria ?

—Sí. Continuaba convencido de que Alemania, gracias al valor de sus tropas y a su armamento, y gracias,

sobre todo, a sus nuevas armas, que entonces eran todavía secretas, ganaría la guerra. Pero ya comprendía

que el precio de la victoria sería terrible y que, por otra parte, en la guerra como en la paz, Alemania era

una cosa e Italia otra. Italia acababa de sufrir serios reveses frente a Grecia. No había sido totalmente un

desastre;

15

pero el Duce había tenido que aceptar el socorro alemán, y la moral de la población se había resentido de

ello, tanto más cuanto que los bombardeos ingleses se intensificaban. Y tan era así, que ia víspera de mi

llegada, Genova había recibido una lluvia de bombas que sembraron destrozos y pánico. El pueblo tenía

un humor pesimista y acerbo. Aumentaban las dificultades. El escaso entusiasmo por la alianza bélica con

los nazis hacía que los italianos se deslizaran por la pendiente de una moral de vencidos. He aquí por qué,

aun cuando me decía que los nazis finalmente triunfarían, Mussolini no me daba en Bordighera la

impresión de alegría. Estaba cansado; sus rasgos, demacrados; la frente, preocupada.

"EL DUCE NO QUISO NUNCA PERSUADIRME A QUE ENTRARA EN LA GUERRA"

16 —¿Cree usted que se sinceró con usted?

—Sí, naturalmente. Ya le he dicho que era extremadamente humano y espontáneo. Además, creo que yo

puedo decir que sentía mucha amistad hacia mí; una amistad que fue recíproca hasta el último momento.

Hablamos con toda libertad de lo que pasaba. Nunca trató de persuadirme para que yo entrara en la

guerra. Compendía que España debía únicamente pensar en cicatrizar sus heridas. Le hice una pregunta.

Le dije: "Duce, si usted pudiera irse ahora de la guerra, ¿lo haría?" Se echó a reír levantando los brazos al

cielo y exclamó en español: "Claro que sí, hombre: claro que sí."

ME NEGUE A LA INVASION DE ESPAÑA POR HITLER

17 —¿No tuvo Hitler, hacia 1943, la tentación de invadir España para tomar de flanco Gibraltar y el

África del Sur?

—Abrigó, en efecto ese proyecto. Y me lo propuso. Pero como yo me negué, tuvo qué renunciar. Sabía

que para invadir un país era necesario tener razones. Hitler no podía reprochar nada a los españoles, y,

además, conocía muy bien el alma de nuestro pueblo y su historia.

—Si exceptuamos el error inicial de haber provocado la segunda guerra mundial, ¿cuáles fueron, a juicio

de Su Excelencia, los errores que Hitler cometió durante el conflicto?

—Ante todo, acometer la guerra con un espíritu de seguridad. Se olvidó de que toda guerra es una

aventura sin garantías. Se olvidó de aquella vieja sabiduría que desde tiempos inmemoriales nos ha

enseñado que el hombre propone y Dios dispone. Se olvidó de que en cada batalla hay que contar con una

gran parcela de azar; de tal suerte que sólo Dios puede ssber cómo concluirán las cosas.

Hitíer tenía un alma de jugador... Y, además, desconocía totalmente la psicología de los pueblos.

Nunca comprendió nada del alma inglesa. Nunca tuvo en cuenta esos milagros que provoca la

necesidad. No tuvo tampoco la suficiente imaginación para concebir las posibilidades que a las naciones

atacadas se ofrecen para que se agrupen y se yergan en una guerra por muy mortífera que ella sea.

En fin, no cía que el conflicto podría extenderse al junto de convertirse en un conflicto unisal, Si lo

hubiera pensado, habría reionado en la desproporción de las fuerzas.

No midió, no pesó el precio de la lucha, tenía la noción clara de los límites de país. No había preparado,

ni completamente ni lógicamente, su guerra. Alemania se había cuidadosamente preparado; pero sólo

para una guerra corta. No para un largo conflicto. Hitíer no había tenido verdaderamente en cuenta el

hecho de que la guerra contra la U. R. S. S. sería en breve plazo inevitable. Tuvo, a la postre, que

batirse en dos frentes, y para eso no estaba racionalmente apertrechada su máquina de guerra. En el

Este los espacios estratégicos son considerables.

18 Los alemanes carecían de los medios necesarios para maniobrar convenientemente a través de esas

extensiones. Se cometieron graves faltas militares. La Wehrmacht tenía un dispositivo de línea, pero no

un dispositivo en profundidad.

19 —¿Tuvo Hitler hasta el final confianza en la victoria?

—Por decirlo así, creo que sí. Siempre creyó en la superioridad de los soldados alemanes, en su propio

genio militar, en las armas que los técnicos fraguaban con avidez. En torno suyo. los jefes militares tenían

plena confianza en las armas atómicas. Yo tuve la ocasión de darme cuenta de ello. Los bombardeos

angloamericanos rompieron a tiempo, a tiempo justo, la "puesta en punto" final de las bombas atómicas

nazis... Hitler vivió con la certeza del triunfo.

—¿No pensó usted en momento alguno de la guerra ponerse al lado del Eje?

—Jamás. Entre nuestros países no existía compromiso alguno que pudiera obligar a España a participar

en un conflicto armado.

"LA DIVISIÓN AZUL"

21 —Sin embargo, con su plena aprobación, y más todavía, con su constante apoyo, fue

la famosa "División Azul" a luchar contra los rusos.

—Hay que remontarse a los principios de nuestra guerra civil. La cual, en seguida, rápidamente, no fue

sólo una guerra entre españoles. Los "rojos" apelaron a la ayuda de los comunistas y de los socialistas de

todos los países. Tuvieron la ventaja del apoyo, más o menos confesado, de muchas potencias. Las

Brigadas Internacionales se convirtieron en un conglomerado de unidades, unidades numerosas, que

estaban armadas por el extranjero y exclusivamente compuestas por extranjeros. De nuestro lado,

recibimos voluntarios que nos llegaron del mundo. entero, y entre los primeros en llegar, se distinguió un

batallón de católicos irlandeses. Creamos nosotros nuevas unidades de la Legión, y, por último,

aceptamos la ayuda de tropas voluntarias italianas y alemanas, cuyo sostén contribuyó a precipitar el ñn

de las angustias españolas.

De este modo, al término de la guerra, tenía España contraída una deuda moral hacia esos voluntarios

extranjeros. El "Movimiento" estimaba que hacia ellos tenía una deuda de sangre, y singularmente, hacia

los italianos y alemanes.

El pueblo español está, desde siempre, habituado a liquidar esta clase de deudas.

Cuando el Eje entró en la guerra contra los aliados, no se trataba ya para nosotros de pagar esa deuda,

pues ello nos .hubiera obligado a combatir sin motivo a naciones que no se comportaban en nada como

enemigas de España, naciones con las cuales manteníamos relaciones de cordialidad. Pero, cuando

Alemania e Italia entraron en la guerra contra la U. R. S. S., el problema fue diferente para nosotros. Los

bolcheviques se habían conducido siempre como enemigos de los nacionalistas. Para muchos españoles,

el combate emprendido por el Eje, en el Este, contra el comunismo, no tenía nada ¿que ver con la lucha

germanoitaliana contra los aliados occidentales. En el Oeste, era una guerra discutible. En el Este, era un

Cruzada. Y, desde muchos puntos de vista, una Cruzada semejante a la nuestra. Y por esto dimos nuestra

conformidad a una leva de voluntarios destinados a combatir contra los bolcheviques. Al hacerlo, íbamos

a pagar nuestra deuda de sangre. Esos voluntarios, reunidos en Alemania, en una División a la cual se

bautizó con el nombre de "La División Azul´´, fueron encuadrados y dirigidos hacia el frente ruso bajo la

bandera alemana y con armamento alemán.

La División Azul pagó largamente ´la deuda nacionalista hacia nuestros amigos del tiempo de la gran

prueba.

Combatió heroicamente en los frentes de] lago Ilmen, Novgorod y Leningrado. Fueron muchos los que se

cubrieron, en aquellas fitas, de gloria. Fueren muchos los muertos y los heridos. Pero pasaba el tiempo...

Los efectivos de la División disminuían, y a medida que se prolongaba el conflicto, era más grave el

peligro para nuestros voluntarios; peligro de verse frente a frente con las fuerzas militares de los aliados,

las cuales cada vez colaboraban más estrechamente con los rusos; peligro de tener, por lo tanto, que

combatir, no solamente a los comunistas—fin exclusivo de su acción—, sino también a los

angloamericanos. Y así fue como, en 1944, manifestamos el deseo de retirar la División Azul de los

teatros de operaciones. Era una decisión lógica, teniendo en cuenta la evolución del conflicto.

EL MARISCAL PETAIN, O EL SACRIFICIO CONSCIENTE

22 —Creo, Excelencia, que ha conocido usted muy bien al mariscal Pétain...

—Sí, y nuestros encuentros se escalonaron en el curso de muchos años. El primero fue en 1925;

colaboramos entonces en Marruecos. Más tarde, tuve por costumbre entrevistarme con él en mis visitas a

París.

Nos volvimos a encontrar en Madrid cuando el Gobierno francés, a principios de 1939, le envió como

embajador. Teníamos las mejores relaciones.

Cuando el mariscal fue requerido para participar en el Gobierno de Paul Reynaud, en 1940, yo le aconsejé

que no aceptase. "Le van a obligar a hacer el papel de un portaestandarte—le dije—. Usted es el vencedor

de Verdún, la gloria viva más alta de Francia. Usted es el símbolo de una Francia victoriosa y poderosa.

Acaso se va usted a convertir en el rehénde la renuncia francesa. Parece que Francia se desliza hacia la

catástrofe. Usted va al sacrificio. Sufrirá usted amarguras que no merece."

Me respondió con nobleza emocionante. Estaba lúcido y sereno: "Sé lo que me espera—dijo—. Pero

tengo ochenta y cuatro años. No tengo nada que ofrecer a

mi país, sino "yo mismo". Mi opción está hecha. Puesto que todavía puedo ser útil a Francia

sacrificándome, me voy." Tenía un espíritu total de sacrificio. Aquello no eran palabras.

—¿Se volvieron ustedes a ver alguna vez después de entonces?

—A mi regreso de Bordighera, me detuve en Montpellier, a instancias del mariscal. Almorzamos juntos.

Yo estaba encantado de volver a verle. Fue una entrevista muy amistosa; muy útil también, porque nos

dio ocasión de esclarecer algunos malentendidos.

—¿Cómo encontró usted en Montpellier al mariscal?

—Igual a sí mismo, en admirable forma física, con el espíritu claro. Siempre lúcido y sereno. Pero carecía

de conocimientos políticos, y, como vivía del recuerdo de la gloria francesa, no se daba cuenta de la

situación de su país en aquellos momentos. Me hablaba sin cesar del porvenir, del resurgimiento nacional,

y hacía proyectos, y decía: "Emprenderé esto y aquello..." Yo pensaba en el presente de Francia, en su

trágica subordinación, en su ruptura de la metrópoli. Concluí exclamando: "Pero, señor mariscal, es, ante

todo, necesario que se preocupe usted de los dramas de la hora." Se echó a reír, aprobó, y me dijo varias

veces: "Es verdad. Es verdad."

El mariscal Pétain fue un gran soldado, un gran francés de trágico destino.

PIERRE LAVAL OPTO POR REGRESAR A FRANCIA

—Hay algo de misterioso en la estancia de Pierre Laval en España después,de la "débácle" y en su brusca

salida para Francia. ¿Se rindió Pierre Laval volunitariamente a las autoridades francesas?

Cuando me enteré yo de que Pierre Laval había aterrizado en Barcelona, no supuse ni por un momento

que pensaba permanecer en España como refugiado político. Era hombre de Estado de sólida experiencia.

Poseía, por lo tanto, una clara noción de aquellos problemas a los cuales tenía que hacer cara un país

como España. Cuando salimos de nuestra guerra civil, supimos nosotros permanecer neutrales durante

todo el conflicto mundial de 1939 a 1945, y ello al precio de preocupaciones que fueron a veces

importantes. Una vez sellada la derrota del Eje, nosotros estábamos, a pesar de todo, obligados a tener en

cuenta la hostilidad sin fundamento que desde muchos frentes extremistas se nos manifestaba. Conocimos

enormes dificultades con Francia. No podíamos soñar en aumentarlas sin razones imperiosas, es decir,

nacionales. Y así fue cómo la presencia de Pierre Laval en nuestro suelo pareció como un desafío. Pierre

Laval comprendió muy bien todo esto. Tenía medios para ir fácilmente a otras naciones, a naciones

menos expuestas que la nuestra a dificultades. Hubo amigos que le ofrecieron que se embarcara hacia la

América del Sur. El barco estaba preparado. Pero Laval dijo que quería volver a Francia. A pesar de las

insistencias de sus amigos, persistió en su voluntad, y allá se fue, libremente, hacia su destino.

PELIGROS PARA ESPAÑA DESPUÉS DE LA GUERRA MUNDIAL

—¿Pensó usted verdaderamente que después de la capitulación del corría España graves peligros?

—Totalmente. Creímos en el peligro, y teníamos razón para creer en él. Pero España estaba dispuesta a

defenderse. Y yo sabía que la voluntad del pueblo español era unánime. Existía el riesgo de excitaciones y

de provocaciones; el riesgo de una tentativa de invasión. España, España entera, se hubiera

instantáneamente reagrupado como luego lo hizo, al final del año_ siguiente, cuando las Naciones Unidas

decidieron tomar sanciones contra nosotros y cuando sus embajadores se marcharon.

 

< Volver