Autor: Ploncard D´Assac, Jacques. 
   Franco permanece     
 
 ABC.    17/02/1960.  Página: 35-36. Páginas: 2. Párrafos: 29. 

´A B C. MIÉRCOLES 17 DE FEBRERO DE 1960. EDICIÓN DE LA MAÑANA. FAG. 35

FRANCO PERMANECE

Por JACQUES PLONCARD P´ASSAC

"Arriba" publicó ayer el artículo que, con el título que antecede, M. Jacques Ploncard D´Assac ha dado a conocer en la revista francesa "C´est á dire´´. Nuestro querido colega de la mañana hace preceder dicho artículo de las siguientes líneas:

"El indudable interés de este artículo nos ha movido a reproducirlo €ii su integridad. No ha sido fácil prestar este servicio a nuestros lectores, ya que el hecho de haber sido re eos icios por la Policía francesa todos los ejemplares puestos a la venta en Francia de este número de la revista "C´est á dire" (febrero. 1960: número 27), nos ha puesto en muchas dificultades para su adquisición."

"Cuando José Antonio Primo de Rivera cayó en la prisión de Alicante bajo balas fratricidas, el 20 de noviembre de 1936, la España nacional quedaba sin jefe político.

José Antonio había visto venir angustiadamente la hora ineluctable del conflicto sin haber reunido ya en torno suyo a las fuerzas necesarias para imponerse numéricamente. Al menos debía imponerse gracias a su sacrificio, y, muerto ya, fue bandera cuando ya no podía ser jefe. Durante los meses que habían precedido al Alzamiento sabía que nada sería posible sin el Ejército. Lo conocía bien. Su padre, el general, había sido llamado por Alfonso XIII en 1923 para apuntalar su Trono vacilante, lo mismo que Víctor Manuel . había llamado a Mussolini y a sus "camisas negras" el año anterior. Y luego Alfonso XIII sacrificó al general primo de Rivera, esperando, como todos los regímenes claudicantes, hallar en el liberalismo un medio de desarmar a sus adversarios. Ya se sabe lo que sucedió posteriormente: muerto el general, exilado en París, el Rey no salvó su Trono, y José Antonio, alejado al principio de la política, se entreg_ó a ella con una energía y una seguridad doctrinal sorprendente en un muchacho de veinticinco años.

La figura dominante del Ejército español era, sin discusión posible, el General Franco. Era un gallego muy fino, reservado, audaz y prudente. No ^estaba subordinado mentalmente a ningún sistema, pero era muy sensible a las realidades, y no se hacía ilusiones sobre la falta de escrúpulos del adversario.

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Cuando el Frente Popular se instala en el Poder, Franco es un joven General de cuarenta años, con mirada viva, nariz ligeramente aguileña, que viste uniforme caqui con el distintivo azul de los oficiales de Estado Mayor. Ha sido urio de los defensores de Marruecos, con los Mola, Orgaz. Capaz y Yagüe. Es él quien organizó con Millán Ástrav el Tercio, inspirándose en la Legión Extranjera francesa. Era típicamente un conductor de hombres, un organizador, un Caudillo, nombre que más tarde llevará cuando habrá de definirse con una palabra la función de Jefe de justado en el nuevo régimen que él instaura.

El 24 de septiembre de 1934, y como si ya presintiese las supremas responsabilidades de España que iban a corresponder al General Franco. José Antonio le escribía : "Tal vez sea ésta la última oportunidad que me queda de servir a España escribiéndole a usted." Prevenía al General de que el Frente Popular preparaba una sublevación que no iba a ser uno de esos tumultos´callejeros que la Guardia Civil reprime fácilmente, sino un golpe técnicamente perfecto, montado según los métodos de Trotsky. Revelaba la existencia de depósitos de armas de los rojos, la propaganda de los mismos en el Ejército y en la Guardia Civil. Y, con el.tranquilo realismo en el qué se apoyaba siempre su idealismo, decía que estarja preparado para echarse a la calle con un fusil y de¡ender a España, aunque iría absolutamente convencido de "participar dignamente en una derrota".

El Ejército, que, indudablemente, es la "salvaguardia de lo permanente", no debe intervenir en las "luchas accidentales". Pero cuando es precisamente lo permanente lo que peligra, cuando la continuidad misma de la patria se halla amenazada y esa patria debe de perder hasta su unidad, el Ejército no tiene más solución que deliberar y elegir. Si obedeciendo a una interpretación meramente externa de su deber, se abstiene, corre el riesgo de hallarse un buen día sin nada a que servir. Ante los derrumbamientos decisivos el Ejército sólo puede servir lo permanente de una manera: protegiéndolo con sus propias armas. Y siempre ha sucedido así desde que el mundo es mundo; Splenger lo ha dicho: siempre es un pelotón de soldados lo que. a última hora, ha salvado, al fin, la civilización.

José Antonio estima que si el Ejército toma el Poder dos peligros pueden producirse : unó, originado por el exceso .de humildad; otro, por el exceso de ambición. Humildad excesiva serla la de un Ejército que se apresuraría a depositar el Poder en otras manos, lo cual abocaría a dos errores posibles:

I. "El Gobierno de notables", es decir, de personalidades elegidas en función de su rango o de su reputación "sin tener en cuenta los principies políticos que profesan". Esto sería grave error, pues "un Estado es. más bien que un conjunto de técnicas o que una buena administración el instrumento histórico con el que se realiza. el destino de un pueblo. No se puejde conducir a un pueblo sin una clara conciencia de su destino. Y. precisamente, la política es "la interpretación de este destino"; los caminos que debe seguir son "las posiciones políticas". El equipo de notables (de ilustres señores) en los cuales no alienta una misma fe política llevaría una simple administración, mejor o peor, destinada a vegetar carente de apoyo popular.

2.°~ El Gobierno de concentración, es decir, la unión de diferentes partidos. Lo cual sería prácticamente volver a la política de los partidos.

Frente a estos dos errores, posibles, productos de un exceso de humildad del Ejército, se dibuja otro peligro originado por un posible exceso de ambición. "No de ambición personal, sino de ambición histórica". El Ejército carece de la formación política necesaria para gobernar solo. Lo que José Antonio pide al Ejército es esgrimir sus armas contra el enemigo interior como las utilizaría contra el enemigo exterior—que constituyen, por otra parte, u na .misma fuerza en nuestra época—, dejando a la revolución el cuidado da realizar la tarea política que le corresponde. El espíritu de la Revolución Nacional está en la Falange. Solicita el brazo del Ejército para resolver una situación de fuerza, pero el espíritu se mantiene en un plano superior al brazo en el orden de las finalidades políticas.

José Antonio redacta clandestinamente su tercer y último llamamiento al Ejército el 4 de mayo de 1936, en la Cárcel de Madrid, donde la República lo ha encerrado con sus camaradas de la Junta Política. Lo titula "Carta a los militares de España". Repite en ella los argumentos de su llamamiento de 1934, añadiendo esta advertencia: "Ha sonado la hora." Y lanza este reto magnífico a todos los militares de España:

"Cuando hereden vuestros hijos los uniformes que ostentáis, heredarán con ellos:

O la vergüenza de decir: "Cuando nuestro padre vestía este uniforme dejó de existir lo que fue España."

O el orgullo de recordar: "España no se nos hundió porque mi padre y sus hermanos de armas la salvaron en el momento decisivo."

Si me he detenido tanto en este llamamiento al soldado, que no ha dejado de oírse durante los meses.preceder.tes al Alzamiento Nacional, es porque gracias a él, y a él solamente, ha sido posible y decisivo. Como lo había previsto José Antonio, el temible honor.de servir a lo permanente correspondió al General Franco, quien "lo protegió con las armas´´´. El destino iba a imponerle también ser Jefe político.

La primera tarea del General Franco fue la guerra, puesto que las circunstancias se la imponían. La hizo en condiciones difíciles, en una situación internacional dominada por la amenaza de unos conflictos entre el Eje y las democracias. La hizo sin sacrificar nada de la independencia nacional. ¿ Qué hubiese acaecido si en 1940 hubiese abierto a Hitler la frontera de los Pirineos? Mañana.los historiadores podrán imaginar la historia de la segunda guerra mundial dando por supuesta la presencia de la Wehrmacht en Gibraltar el año 1940. ¿El final de la guerra hubiese sido distinto? No lo sé. Lo cierto es que la neutralidad hispanoportugues: liberó a Inglaterra de una carga _de preocupaciones en un periodo muy difícil para ella. Es muy dudoso aue el Foreign Office lo haya agradecido a Franco y a Salazár. Pero el Régimen español y el portugués evitaron así. por lo menos, ser arrastrados en la derrota del Eje o verse ahogados en la victoria del mismo. Y esto iba a tener consecuencias muy importantes para nuestra época, al preservar tiara la defensa occidental contra la U. R. S. S. un reducto ibérico seguro. Lo cual movió muy rápidamente al Departamento de Estado norteamericano a hacer caso omiso de las excomuniones pandemocráticas contra la España nacionalista y a incluirla en el sistema defensivo atlántico mediante un acuerdo .militar entre Madrid y Washington, uniendo también a España a la_O. T. A. N, por medio

de Portugal, miembro del Pacto Atlántico y deí Pacto peninsular.

El papel del General Franco la opinión internacional lo conoce mal no obstante´, pues si las Cancillerías manifestaron cierta prudencia, la gran Prensa internacional se obstina en condenar los regímenes de Madrid y de Lisboa, en nombre de un formalismo pandemocrático. En los momentos "mejores" utiliza la "conspiración del silencio", de tal manera que la opinión ignore totalmente el carácter real de las experiencias nacionalistas española y portuguesa, que son las más nuevas e interesantes de la Europa del siglo XX, las más fecundas en ejemplos y promesas.

Está en la memoria de todos los que fueron aquellos años siguientes a la victoria de los "cruzados de la democracia". Aislada diplomáticamente, privada de capitales, con el pueblo incitado a la rebelión por las radios extranjeras, y, sin embargo, fiel a Franco; así estaba España. Sola, levantaba sus ruinas, organizaba orgullosamente su miseria, y tal vez se salvaba más seguramente del contagip pandemocrático gracias a la hostilidad de que era objeto, que si las grandes democracias le hubiesen ofrecido capitales y hubiesen cedido aquella grotesca excomunión. Luego, a pesar de todo, las exigencias tíe la "guerra fría", le han abierto las puertas de la O. N. U.; América le ha concedido una cierta ayuda, y ha concluido el aislamiento nocivo para el Occidente.

Durante esos quince años, paciente y tenazmente. Franco ha hecho a España, sin sacrificar nada esencial de sus principios, hallando otra vez instintivamente el equilibrio secular de la Monarquía tradicional, restaurando incluso nominalmente esa Monarquía, sin precipitar nada. Reino sin Rey, qué sólo tiene un Caudillo.

Con lo esencial de las ideas de José Antonio, el General Franco afirmaba nuevamente sus hostilidad a los partidos, su convicción de que los grupos naturales, es decir, la familia, los Municipios y los Sindicatos, poseen ellos solos una autenticidad resultante de sus fines naturales. "Hemos buscado—decía—los fundamentos sobre los cuales se asientan los pilares del orden y de la civilización específicamente europea y cristiana, hoy cubiertos por los conformismos políticos artificiales y antinaturales del sistema liberal, que son visiblemente ineficaces y se hallan absolutamente rebasa´dos." Y él General Franco añadía que cada día "la ineficacia y la falta de sentido de la democracia inorgánica se acentuaban en el mundo entero más claramente". Luego, demostraba que el progreso del Derecho político no consiste en "violentar la constitución orgánica natural de la sociedad", sino en "buscar las normas iurídicas y los procedimientos convenientes al desarrollo y a la proyección de la actividad de los grupos naturales, de las comunidades". Lejos de negar el derecho que tiene el pueblo de participar en la gestión de la "res publica". Lq consideraba como una obligación, una exigencia de la sociedad, que debía realizarse a través de las comunidades naturales: familia. Municipios, Sindicatos.

Pero los sistemas en sí no son nada más que marcos vacíos, si una política no los llena. Es necesario a la cabeza del Estado "una doctrina, un sistema moral, un método, una acción organizada ininterrumpidamente, equipos dirigentes con vocación de servir, imaginación creadora y un sentido realista de la eficacia". Es necesario, además, "el consentimiento de un pueblo que permanece fiel a sus tradiciones, solidario en !a vida y en la muerte con su destino y poseedor de un sentido vivo de la unidad nacional". Tales son las condiciones de continuidad de un régimen. "

"Confundir—dice Franco—la continuidad de un régimen con el funcionamiento correcto de un procedimiento jurídico de sucesión, fundado en la elección o en la herencia, es grave error. No habrá verdadera continuidad más que si hay permanencia en el ser y en la obra, en los objetivos, las proposiciones y los fines fundamentales, y si se sirven esos, fines con eficacia y continuidad. Las instituciones y las personas que los encarnan deben estar al servicio de lo que define, especifica y caracteriza de manera vital el sistema político: el régimen."

Franco reanuda así la gran distinción clásica que Salazar había hecho ya en Portugal entre régimen e institución.

Esta es, en cierta medida, la respuesta de ambos hombres (de Estado a las solicitudes monárquicas: la Monarquía asegura, efectivamente, la sucesión del Jefe del Estado; pero, ¿dónde se halla la garantía de sucesión de la filosofía del Estado? Salazar decía: "El Estado es una filosofía en acción."

Se trata de un problema nuevo, en suma, y las circunstancias históricas solamente han hecho que los dos grandes hombres políticos nacionalistas de la Península Ibérica hayan tenido que resolverlo. Se ¡daba por hecho, antaño, que la Monarquía poseía un cierto contenido político y filosófico indiscutible e indisctitido: era cristiana y se asentaba sobre una construcción jerárquica y comunal de la sociedad. Si se concebía que el Rey pudiese mudar sus ministros, no se concebía que pudiese cambiar la esencia misma del régimen. Pero con la Monarquía liberal y parlamentaria del siglo XIX, que convierte al Soberano en Presidente de la República coronado y ya no une la idea monárquica a un régimen determinado, dejando subsistir solamente una institución susceptible de aceptar regímenes diferentes, con esa Monarquía libera! se ha manifestado la necesidad de definir la clase, de Monarquía a la cual desea uno referirse.

Tal es la razón por la cual el General Franco sitúa el problema de la continuidad del Régimen antes que la de las instituciones. En efecto, un cierto monarquismo podría no ser otra cosa que el medio indirecto de volver al sistema liberal y parlamentario.

El Caudillo sabe bien que en el seno de todo régimen existen elementos de disociación. Es un fenómeno general que incluso sirve, teóricamente, al principio democrático. Pero sabe también que la vida exige una opción cotidiana en todos sus momentos, que una obra nacional no tiene probabilidades de éxito más que si no se pone una y otra vez sobre el tapete en todo momento como consecuencia de las variaciones de opinión de los partidos o de las intrigas del extranjero. Tenía, por tanto, que instaurar un Régimen suficientemente abierto a todas las buenas voluntades, para evitar el sectarismo y los odios irreconciliables, pero indiscutido y obedecido.

Lo ha logrado, y es mucho más fácil de lo que se cree, pues los´ pueblos aspiran, naturalmente, a sentirse gobernados. Pero hay dos cosas que los pueblos no perdonan: la mediocridad que se disfraza de Grandeza y la duplicidad que se proclama Honor.

Además, los pueblos aman a los jefes felices." 

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