De cara al futuro. 
 Las declaraciones del Jefe del Estado al director de ABC     
 
 ABC.    16/04/1964.  Página: 11-12. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL

ABC

DE CARA AL FUTURO

LAS DECLARACIONES DEL JEFE DEL ESTADO AL DIRECTOR DE ABC

EN dos aniversarios que marcan dos momentos decisivos de la España contemporánea. Su

Excelencia el jefe del Estado ha tenido a bien hacer unas declaraciones especiales a nuestro periódico.

Las que hemos publicado ayer, al cumplirse un cuarto de siglo del Día de la Victoria, son en parte un

balance ; pero también y muy particularmente una proyección sobre el futuro. Su sustancia constituye la

mejor introducción al número de hoy, que pretende ser una avanzadilla sobre el mañana.

El gozne o punto de apoyo doctrinal de estas importantes declaraciones es el de la inmutabilidad de los

Principios Fundamentales del Movimiento *. Como ha dicho el Jefe del Estado, "serán inconmovibles

mientras vivan las actuales generaciones". Unas veces con el pretexto de refundir las diversas normas de

carácter fundamental, y otras con la pretensión de actualizarlas, ha habido quienes han pensado en la

posibilidad de modificar parcialmente la letra o el espíritu de dicha ley fundamental, aclamada en

solemnisima ocasión por las Cortes Españolas. Tales iniciativas, más o menos expresas, han sido ahora

objeto de un desahucio rotundo y espectacular. Los Principios son lo inamovible y lo permanente,

"indispensables para la supervivencia de la nación", desde el primero al último, sin excepciones ni

reservas mentales. Los principios del 18 de julio están llamados a ser para nuestro país lo que la

Declaración de 1789 para la Francia contemporánea. Todo el siglo XIX francés es un tenaz y denodado

esfuerzo para dar arraigo nacional a la famosa declaración revolucionaria. Tan sostenido fue el empeño

que hasta los sectores que por razones confesionales y dogmáticas se habían manifestado más irreducibles

a la ideología jacobina concluyeron por aceptarla. Hoy el Estado francés es impensable al margen de la

Declaración de 1739. Alga análogo cabría decir de la Declaración de independencia norteamericana o del

Programa de la joven revolución turca. Cuando una nación se impone en una guerra una concepción de la

sociedad y del Estado, como ha acontecido en los casos citados, no hay vuelta atrás históricamente viable

sin gravísimo trauma y elevado riesgo. Por los Principios del 18 de julio cayeron centenares de miles de

españoles. Y son esos mismos Principios los que durante un cuarto de siglo han inspirado la

reconstrucción nacional, Sagrada es su legitimidad de origen y espectacular su virtualidad política.

Entendemos que no hay juego no ya lícito, sino ni siquiera viable, de espaldas a estas reglas básicas.

Uno de los Principios Fundamentales proclama la Monarquía católica, social y representativa como forma

de gobierno de nuestro Estado. Franco ha reiterado una vez más que es "en el sistema monárquico en el

que mejor se acomoda nuestra doctrina y se aseguran nuestros Príncipes ". Esta afirmación es de la

máxima importancia. No se trata sólo de que la Monarquía social, popular y representativa responda a

nuestras tradiciones y sea una fórmula constitucional eficaz y racionalmente excelente; es que, como ha

reconocido Franco, la Monarquía es la mejor garantía de la continuidad del espíritu del 18 de julio. Y ello

es evidente. La fórmula republicana es inseparable del sufragio universal y de los esquemas

demoliberales. ¿Es que los movimientos pendulares de la opinión, la capacidad disgregadora de los

partidismos, la incitación a la lucha de clases y la demagogia, consustanciales entre nosotros con la forma

republicana de gobierno» pueden ofrecer la menor garantía de constructiva afirmación de los Principios

del 18 de julio? Evidentemente sólo la Monarquía puede ser un factor seguro de estabilización e

institucionalización del espíritu del 18 de julio. Nuestro monarquismo no se funda sólo en sentimientos

profundos, en respeto a la experiencia acumulada por la tradición y en la aceptación de los argumentos de

carácter teórico en defensa del mando hereditario ; se funda también y muy singularmente en la

convicción profunda en que la Monarquía es la institución ideal para asegurar la dinámica permanencia de

los Principios del Movimiento.

Descartada está, sin posible apelación, ta forma republicana en la Ley y en la voluntad y en la voz del Jefe

del Estado. Pocas veces han sido tan duras sus palabras como cuando se ha referido a la República, lo

mismo en el pasado que ahora. "El naufragio de la autoridad—acaba de decir Franco—, la anarquía, las

persecuciones religiosas, la paralización de la vida económica, la ruina y el comienzo de la

desmembración de nuestro territorio... Sangre, fango y lagrimas." Así ha quintaesenciado sus recuerdos

de español privilegiado sobre aquella experiencia que, por fortuna, millones de compatriotas no tuvieron

que padecer. Si los pueblos llegan a tropezar dos veces en ta misma piedra es, pura y simplemente, porque

los responsables no ponen a contribución el magisterio de la Historia. Si periódicamente rememoramos el

funesto episodio republicano, no es por ensañamiento con el vencido ni por espíritu tenebrista; es porque

creemos en el valor de las experiencias históricas y en el imperativo moral de no malograrlas.

Dentro de este esquema de problemas constitucionales. Su Excelencia el Jefe del Estado se ha referido

también al perfeccionamiento previsto para nuestro ordenamiento jurídico fundamental, España tiene una

Constitución abierta, es decir, no ha caído en la trampa decimonónica de tratar de resolver en un lugar y

un día todos los complejos problemas de orden político y administrativo que supone la configuración de

un Estado y la articulación de los supremos poderes. Un poco al modo británico y muy en la línea de

nuestra mejor tradición, la experiencia ha ido prefigurando las normas, los usos se han ido anticipando a

los preceptos legales y los problemas concreto han ido planteando las sucesivas interrogantes.

Hay ciertamente, en nuestras leyes fundamentales una laguna que se impone colmar. Es la de precisar las

mutuas relaciones entre la jefatura del Estado, la jefatura del Gobierno y las demás instituciones

colegiadas. Un punto es singularmente significativo; el del modo de designación del jefe del Gobierno, El

Generalísimo Franco acaba de anunciar solemnemente que estas cuestiones están sobre su mesa de

trabajo, y que en breve se dará forma legal a un esquema orgánico que dé cumplida solución a estos

problemas constitucionales, hoy escasamente apremiantes, pero de inmensa trascendencia futura.

En todo lo que hace referencia al mañana de los pueblos juegan un papel decisivo los jóvenes. ¿Cuál es su

destino en este esquema de institucionalización y de continuidad del espíritu del 18 de julio? Su

Excelencia el Jefe del Estado se ha expresado con generoso optimismo: "tarea para estas nuevas

generaciones es la de continuar y perfeccionar la obra de engrandecimiento de la patria y perseverar en la

transformación económicosocial de nuestro país". Pero es claro que esta invitación sólo cobra su pleno

sentido en el total contexto de las declaraciones. Se equivocarían los jóvenes sí pensaran que el realismo

político empieza y termina, por ejemplo, en un plan de elevación del nivel de vida y de redistribución de

la renta nacional. Ninguno de estos dos justos y pragmáticos ideales es realizable sin un orden político

previo. La estabilidad fundamental, exactamente, la continuidad de nuestro Estado, sólo concebible

dentro de la lealtad al espíritu del 18 de julio, es la condición necesaria para el desarrollo de cualquier

proyecto económicosocial. El hecho de que la política sea cada vez más una ciencia, y la administración

una técnica no significa que el mantenimiento de unas estructuras de Poder sea algo subalterno y que lo

decisivo sean los contenidos concretas de las decisiones gubernativas. No; sigue en pie el viejo primada

de la política. No es que un Plan de Desarrollo sea menos importante que la continuidad formal y material

de un Estado; es que sin ésta aquél no tiene ningún sentido concreto, ninguna viabilidad práctica. En la

vida de una colectividad moderna, es decir, densamente entrecruzada de relaciones sociales, todo pende

de la institucionalización de la soberanía. Es la auténtica clave de la bóveda política y su quiebra es la

crisis de toda la fábrica. De ahí la trascendencia de los problemas abordados y de las soluciones previstas

por Su Excelencia el Jefe del Estado en estas trascendentales declaraciones. Los puntos que hemos

glosado constituyen auténticas cabezas de puente sobre el futuro. Nuestra tarea es robustecerlas y

avanzar.

 

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