Autor: Ortigueira, Guillermo J.. 
 En el viaje al País Valenciano de Don Juan Carlos y Doña Sofía. 
 El Rey de España habló con el rey de los gitanos  :   
 Nunca vi tantos gitanos y Guardia Civil juntos, dijo Don Juan Carlos con humor. 
 Pueblo.    10/12/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 46. 

EN EL VIAJE AL PAÍS VALENCIANO DE DON JUAN CARLOS Y DOÑA SOFÍA

El Rey de España de los gitanos

Los Reyes descendieron de su automóvil y estrecharon la mano de los habitantes

de las «casitas

de papel». Era el segundo día de jornada de los Monarcas en Valencia.

Don Juan Carlos y Doña Sofía visitaron el barrio de Nazaret, donde habitan un

buen número de familias

gitanas.

Entre todo el gentío, payos y calés, un hombre de tez morena se acercó a Don

Juan Carlos. Ambos se

estrecharon las manos. Miguel Ramón, el alcalde de Valencia, hizo las

presentaciones.

Todos los informadores nos preguntamos ¿quién era aquel caballero, aquel gitano?

La respuesta

nos llegó de una gitana que, con su churumbel en brazos, aclamaba a los Monarcas

y Guardia Civil

juntos", dijo Don Juan Carlos con humor

—Es El Chele, el rey.

—¿Qué dice? ¿Que rey?

Y nerviosa la mujer nos aclaró: aquel hombre que seguía dialogando y riendo con

los monarcas era

también rey, pero rey de los gitanos. El Chele, padre da once criaturas, vivía

en una de aquellas casitas de

papel, y éi, sólo éi, había organizado todo aquel modesto, pero a la vez

brillante, recibimiento a, los

Reyes.

Doña Sofía acariciaba a .una chiquilla de cara sucia que t e n d ría escasamente

un año; mientras, los

gitanos, emocionados, soltaban palomas y gritaban entusiasmados.

En aquella visita nadie confió. Los payos dijeron que aquello era una «fa-

rolada» de El Chele. ¡Y otra vez

El Chele! La curiosidad «guía picándonos, ¿quién era El Chele?

Los informadores seguíanos los pasos, palabras y aconteceres de tan humanas

escenas. SS MM. estaban

en uno de los suburbios más populares de Valencia, mezclados entre la gente,

entre los gitanos. eses

hombres que, se quiera o no, la sociedad les ¡ene marginados.

—Nunca vi tantos gitanos y guardias civiles ¡untos, dijo con cierto humor Don

Juan Carlos, dialogando

con El Chele.

—Somos todos b u e na gente. Majestad, le contestó el gitano.

El recibimiento no pudo ser más caluroso. Para los gitanos, la visita de los

Reyes será inolvidable, pero

mucho mas para El Chele, que llevó a los Reyes has-ta su modesta casa. Don Juan

Carlos y doña Sofía,

rodeados de crios por todas partes, entraron en la humilde casa y dialogaron,

acariciaron y gastaron

bromas a sus moradores.

Poco después, El Chele, el alcalde, el rey de los gitanos me diría emocionado:

—Nunca olvidaré que_ el Rey ha besado a mis hijos y doña Sofía acarició las

caras sucias de mis niños.

José Flores Arriba, El Chele, y su mujer, Felipa, estaban y están más contentos

que unas pascuas. De

alguna forma se sien-Len importantes. El gitano, que a los pocos minutos se

sintió amigo de los

soberanos, le contó mil cosas de los de su raza, de la marginación, de sus

necesidades.

Sigo el diálogo con José Flores

—Ustedes los gitanos tienen fama de saber pedir, ¿qué pidió usted a don Juan

Carlos?

—Un poco de ayuda para estas casitas de papel; aquí no tenemos agua potable,

queremos una mejor

infraestructura, y que no crea todo lo malo que comentan los payos de nosotros,

los gitanos. Habernos de

todo, de buenos y de malos; lo mismo pasa con ios payos, ¿o no?

—¿Y no pidió usted nada mas?

—Nada más. Yo no pedí soluciones a mis problemas particulares, yo pedí para

todos los de mi raza y, en

especial, para quienes vivimos aquí tan humildemente en Nazaret.

—¿Qué le prometió el Rey?

—Me dijo que habla muchas cosas que atender, pero que no olvidaría nuestras

necesidades. Hará todo lo

que pueda por los gitanos.

No sabe ni leer ni escribir y es alcalde y rey de los gitanos. El Chele quizá

tiene cualidades mucho

mayores que las mencionadas; es, ante todo, comprensible y defensor de las

necesidades de los demás.

Cuando un gitano es detenido , él se presta para ir a hablar con la Guardia

Civil o con la Policía o con

quien haga falta para ayudarle y quede en libertad. De ahí que los de su raza le

hayan nombrado alcalde y

rey. El Chele tiene trato con ios concejales valencianos, con el jefe de la

Policía, con el alcalde, con

hombres influyentes, me contó.

La calle de Beneparrell de Nazaret, el día 1 de noviembre, estaba engalanada.

Banderas nacionales de tela

y papel pedidas a quienes tienen más dinero, hechas a mano por ios gitanos

mismos Y en la casa del

Chele, una gran bandera nacional de tela sujeta con una caña.

—¿De dónde sacó usted esa bandera, Chele?

—La pedí prestada.

El modesto hogar de José Flores y Felipa Ortiz tiene abundancia de fotos

colgadas por las paredes; fotos

de su familia, que es extensa, según vimos.

—¿No tiene ninguna foto de los Reyes, Chele?

—No, pero ya hemos pedido una para hacer copias y poner una en casa de todos los

gitanos. No va a

faltar a nadie, me encargo yo. Los Reyes son buenos y se lo merecen.

Que los Reyes fueran al barrio de los gitanos de Nazaret, que fueran ondeadas

banderas entre las manos

nerviosas de niños y mayores y que SS. MM. estuvieran en casa del Chele es algo

que todavía no acaban

de creer.

—¿Por qué cree usted que el Rey entró en su casa?

—La verdad, porque yo lo había pedido al alcalde, don Miguel, y él lo consiguió,

con eso de que es

consejero del Reino...

El gitano me insiste.

—Yo sé que don Juan Carlos me hará caso a todo lo que le pido. Le di una carta,

¿sabe? Allí se lo

expliqué todo Me fastidia esa asociación de payos que se está metiendo con

nosotros. Yo sé que el Rey se

preocupará de ese asunto.

La carta no la escribió El Chele, porque ya dijo que no sabe ni leer ni

escribir. La carta se la escribieron.

Las letras no son lo suyo, pero sí los números. En los números —me dijo— soy

único en el mundo.

—¿De qué trabaja usted para mantener a una docena de familia?

—Soy relojero, arreglo y vendo relojes,

—Relojes de los que funcionan o de los que no.

—Son baratos, pero funcionan hasta tres y cuatro meses.

—¿Es usted amigo mío. Chele?

—Sí, hombre.

—¿Me venderla uno de esos relojes?

—Sí, ¿por qué no? Ya sabe usted, son de duración ¡imitada; éste le puede

funcionar hasta dentro de

cuatro meses.

—¿Y esto Se lo advierte usted a todos sus clientes?

—A todos a todos, no; sólo a algunos como usted.

—¿Entonces, a los otros los engaña?

—¿Cree usted que los payos no engañan? Para poder comer, amigo, hay que hacer

muchas cosas. Yo

vendo estos relojes a quinientas pesetas, ¿qué se puede dar por este precio?

Le compré uno por vendérmelo un gitano honesto que tiene, como todo hombre, que

mantener una

familia. Si el reloj no camina cuando llegue a casa, qué más da; son peores

otros engaños que los payos a

veces cometen. Además me llevo un reloj del Chele, de un rey que habló con otro

Rey, Casi de tú a tú,

rompiendo toda la barrera protocolaria. Lo humano está antes que nada, y don

Juan Carlos y doña Sofía

asf lo entendieron.

"Somos todos buena gente, Majestad", le contestó El Chele

Guillermo J. CETIGUEIRA

PUEBLO

1O de diciembre de 1976

 

< Volver