Autor: Martín Ramírez, M.. 
   Escucha, payo     
 
 El País.    16/10/1976.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL PAÍS, sábado 16 de octubre de 1976

OPINIÓN

Presencia Gitana es el embrión de una estructura tendente a la acción organizada

y pacífica, no partidista,

es decir, autónoma y no vinculada a ninguna ideología institucional, que

pretende agrupar a gitanos y

payos para propiciar la integración social de la familia gitana en la sociedad

española como ciudadanos de

pleno derecho.

EL PAIS acogerá en su Tribuna Libre las reivindicaciones de las minorías

marginadas y sus propuestas

para la nueva etapa que inicia la sociedad española.

Escucha, payo

Nuestro Ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, acaba de firmar en la

sesión inaugural de la

ONU, en nombre del Gobierno de la Monarquía (quisiéramos poder escribir que en

nombre de todas las

gentes y pueblos de España) los Pactos de Naciones Unidas sobre Derechos Civiles

y Políticos,

convirtiendo así en firme, vinculante y legal-mente responsabilizante ante el

ordenamiento jurídico

internacional y ante los ciudadanos de este país nuestro el manifiesto propósito

del Gabinete Suárez de

hacer carne de la carne de sus proyectos democráticos el fundamental respeto a

la persona humana con

que hace tiempo se vienen alumbrando las naciones civilizadas. ¡Más vale tarde

que nunca!

Para Presencia Gitana el acontecimiento es, en el terreno especulativo de la

teoría y en el ámbito concreto

de los hechos, liminar y jubilar. Es una fecha histórica que nos llena de gozo

porque pone fin —creemos,

queremos creer en la esperanza— a medio milenio de persecución ininterrumpida,

de discriminaciones

criminosas, de vejaciones increíbles, de negaciones que el más elemental sentido

de humanidad, libertad y

dignidad quisieran lamentar como definitivamente pasados y ahogados en los lodos

de la más triste y

condenable historia.

Pero no nos hacemos demasiadas ilusiones. Hechos sobre los hechos y que los

hechos canten. Aquí y

hasta ahora han sonado sólo las palabras. En adelante, las responsabilidades de

los compromisos

contraídos deben mover las acciones.

Para quienes racional, humilde pero tesoneramente,venimos luchando desde

Presencia Gitana por

reivindicar los más elementales derechos de la minoría gitana, tan vergonzante

como pertinazmente

excluida de la nómina de los ciudadanos españoles, una firma no supone la

panacea de las soluciones.

Representa sólo el principio del principio. El pequeño éxito de nuestras

aspiraciones, el mínimo triunfo de

nuestras exigencias a los poderes públicos, la ínfima victoria de nuestra lucha

y el eco logrado —parece

que ¡por fin!— por nuestras llamadas alienta nuestro esfuerzo, recompensa

nuestra tarea. Pero no nos

ilusiona en demasía. Los gitanos vienen de tierras de teósofos y están

secularmente acostumbrados a no

creer ni esperar en el mañana, a no creer ni en lo que ven si no ponen en ello

sus ganas de creer. Y

queremos creer.

Contemplamos con perplejidad no exenta de soterrándoos temores el panorama de

nuestra España actual

en el contexto jurídico-político, económico-social e histérico-cultural de

nuestra realidad de hoy, y no

somos, no podemos ser ni mucho menos optimistas. No es ésta hora triunfalista de

echar campanas al

vuelo ni empacharnos de orondos discursos compuestos por deteriorados verbos

sonoros pero muertos,

vacíos de entraña y de sentido, para engoladas gargantas alimentadas por

estómagos satisfechos. Es la

hora de la verdad. Tan sólo nos conmueve la elocuencia de las obras. Es la hora

de lavar a la luz colectiva

nuestros sucios trapos históricos, nuestras seculares máculas y acabar con los

harapos. Seria y

calladamente. Con decisión y sin huera palabrería oficialista.

Presencia Gitana no puede ni quiere decirle gracias al Gobierno, porque su gesto

y su acto no son ningún

regalo, sino el estricto cumplimiento de sus obligaciones, amén de una demanda

de justicia no atendida

hasta ahora. Para eso está el Gobierno y a nadie debe agradecérsele que haga lo

que tiene que hacer. Ni el

señor Oreja, ni el señor Suárez, ni Su Majestad el Rey van a recibir de los

gitanos nombramientos de hijos

adoptivos de ninguna tribu, flamas, oropeles o condecoraciones. Poco entienden

los gitanos de esas

alharacas de la diplomacia petulante, aunque les sobren las lentejuelas. Los

gitanos simplemente están

contentos de que se imponga la razón de su razón. Y lisa y llanamente lo

celebran en lo íntimo de su

conciencia vigilante. Pero lo celebran exigentemente y a la expectativa

recelosa, ni fría ni caliente. Ha

llovido demasiado sobre mojado y todo el agua les ha caído encima a los gitanos,

que nada esperan

porque nada tienen, aunque sus derechos, sobre imprescriptibles, estén sin

estrenar.

No resistimos la tentación de expresar que para los gitanos españoles (?) el

futuro ha comenzado el 28 de

septiembre de 1976,

Hemos pulsado la tecla de la interrogación, después de haber escrito la palabra

«españoles». Para los

gitanos ésta ha sido en quinientos años una palabra, tan sólo una palabra del

idioma payo, de escasas

resonancias calés, a causa precisamente de los españoles.

La minoría absoluta gitana —el uno por cien de la población española, si los

datos confirman alguna vez

nuestras intuiciones, nuestras hipótesis respecto al cuánto de su población

real— ha sido hasta hoy

apatrida dentro de su patria en medio de la indiferencia oficial y colectiva,

cuando no del desprecio o del

odio y la enemistad activa. La historia española, que ha hecho de los gitanos

españoles gentes sin historia,

está llena de hitos negros, de vergonzantes documentos luctuosos para una etnia

que hasta hoy, 28 de

septiembre de 1976, no ha tenido derecho a figurar en más anales que los

policiales, en más crónicas que

las de sucesos (seguramente con todos los merecimientos, sin duda compelidos por

las circunstancias que

rodearon su existir forzándoles muchas veces a ser como son), en más leyendas

que las nigromantes o

folkloristas para pasto y divertimento de turistas o señoritos ociosos.

«Proscrito, /apatrida / de todas las coronas, / acosado/ por toda la jauría, /

vejado, / fustigado / por

decretos / cincelados a punta de desprecio», el gitano ha conocido en su cuerpo

y en su sangre tan sólo la

injusticia. De los Reyes Católicos, de Felipe IV, de Felipe V, de Carlos II, de

Francisco Franco...

Un índice que parece por fin interrumpido. El capítulo final de cinco siglos

hirientes, que no han

conseguido matar al pueblo gitano ni acallar su clamor, porque en medio de los

desdichados avalares que

se han cebado en él ha guardado en tan aciagos tiempos su alma en su palma.

Ya tienen los gitanos el derecho a la razón y a la palabra, signo por el que

siempre se distinguieron los

seres vivos dotados de razón y encarnadura humana. Y en esta hora de júbilo para

sus gentes, Presencia

Gitana quiere prologar —o contribuir humildemente a ello— los capítulos de la

nueva historia de España

que parece que por fin podrán escribirse también con las plumas calés. Y

Presencia Gitana quisiera que

este prólogo fuese una reflexión, fruto de su amarga experiencia, dictada desde

el hondón de las almas

que reúne por el amor y el deseo de dicha, madre del olvido de las penas

pasadas.

No pretendemos un planteamiento emotivo —hoy que tan encontradas emociones nos

embargan— que

rinda pleitesía a partes iguales al estilo literario y al humanismo libresco,

aunque busquemos las palabras

sencillas y las cultas para que nos entiendan los simples y los sabios.

Vive España, ciertamente, críticos momentos que precisan, antes que nada, amor,

diálogo y comprensión

de todos para llevar adelante la difícil tarea de la convivencia ciudadana, de

la concordia armoniosa en pie

de igualdad, respetuosa y tolerante de cada uno para con todos los demás, que

son nuestros iguales. En

esta difícil hora de España quiere Presencia Gitana enviar un saludo fraternal a

lodos los marginados

españoles.

Nuestra más reciente historia es, vista desde la óptica de los marginados,

racionalmente y sin rencores, el

problema visceral del abandono social y la mala entraña histórica de unos seres

humanos para con otros.

En España puede decirse, a grandes ra-gos, que ha estado marginada la inmensa

mayoría de los españoles.

Marginada en principio para la libertad y la democracia de que oíros pueblos

gozaban mientras. Y hoy,

que se trata de devolver la soberanía a la inmensa mayoría, nuestro corazón y

nuestra voluntad están con

todos los marginados.

Pero también queremos estar con todos los españoles no marginados de los

distintos pueblos y

nacionalidades que constituyen el mosaico de España. Ya estamos contigo,

español, con el amor y el

respeto de quienes desde hoy ^-lo quisieras tú o no, lo hayas pensado, deseado o

ayudado, o incluso en

contra de tus opiniones o deseos— van a ser en adelante como tú ante la ley,

aunque tal vez tarden en

serlo todavía ante tu conciencia.

Escucha, payo, desde nuestro silencio obligado, por fin roto en esta hora para

todos trascendental: Hay

que acabar con las marginaciones en la ley y en la costumbre, en los papeles y

en los corazones, incluso

por egoísmo social: por la eficacia y la rentabilidad que suponen el incorporar

a la tarea del desarrollo,

crecimiento y enriquecimiento colectivo —cuantitativo y cualitativo, económico y

cultural, humano en

suma a todas las fuerzas en presencia de nuestro país, porque en la búsqueda de

soluciones para los

problemas generales hay que contar con todos, absolutamente con todos los

ciudadanos, sin exclusiones

discriminatorias de ninguna laya, si de veras se trata, antes que nada, de

establecer plena y

verdaderamente la democracia.

Escucha, payo: ayúdanos a olvidar y permítenos con tus obras perdonarte.

Perdónanos también y deja que

hoy, España, te hable el corazón millonario de los pobres gitanos que durante

cinco centurias tú has

negado. Corazón sin estrenar, cercado por el odio y por la muerte que sembraron

en él. Corazón que está

ansioso de abrirse y abrazarte, deseoso de amarte y darse a ti, si tú le ayudas

y te dejas ayudar.

M. MARTIN RAMÍREZ

 

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