Autor: Caparrós, Luis. 
 Galicia. 
 Hora de conflictividad     
 
 Arriba.    03/10/1976.  Página: 22. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

HORA DE CONFLICTIVIDAD

GALICIA ya estaba lejana, lejana se sentía mucho antes de la huelga de Correos.

Ahora, sin cartas, sin periódicos madrileños, sin telegramas, esta lejanía se

hace más palpable, más incómoda, más irritante. Sobre todo si a esa

conflictividad se añaden las varias otras de tipo laboral, que perturban la

normalidad ciudadana. Por ejemplo, las secuelas de la huelga de los empleados

del metal, que también ha incidido en algo tan irrenunciable como es ahora mismo

el automóvil, instrumento de trabajo de tantas gentes.

Durante una semana, que ha sido el tiempo en el que por solidaridad gremial se

sumaron a la huelga los trabajadores da los talleres de reparación de coches,

centenares de ellos que habían sido llevados a arreglos de averías o a simples

trabajos de engrase y revisión estuvieron prácticamente secuestrados, sin que

sus propietarios pudieran sacarlos de los talleres para atender a

desplazamientos urgentes.

Otra secuela de repercusión pública ha sido, durante un par de semanas, la

conflictiva huelga de la construcción que, al igual que la del metal, se

extendió a toda la provincia con el espectáculo insólito en La Coruña, Ferrol y

Santiago de miles de obreros deambulando de un lado a otro de sus respectivas

ciudades a la búsqueda de un local adecuado donde poder celebrar sus asambleas y

organizar el programa de sus negociaciones con el sector empresarial. Se

recurrió, como ya es hábito, a las iglesias, a los pabellones polideportivos,

ante la imposibilidad de asistir al salón de actos de la Delegación Sindical,

más solicitado en estas fechas que un cine con película de destape. Esta

peregrinación de obreros —más de cinco mil en la propia ciudad de La Coruña—

tuvo sus incidencias con leves alteraciones del orden público, que originaron

las consabidas carreras ante la presencia de las fuerzas de Policía invitando a

dispersiones de grupos numerosos, a veces tensos e impacientes por la larga

negociación de un acuerdo, finalmente logrado tras una reunión en la propia

«cumbre» de los dirigentes obreristas, que también terminó como el rosario de la

aurora, con bofetadas entre los propios líderes de la huelga.

A estas alturas, con los trabajadores de la construcción ya incorporados a sus

tareas tras algunas mejoras concedidas, muy lejanas todavía de las que

demandaban en el momento inicial de la huelga, persiste el paro de los

metalúrgicos coruñeses y se barrunta una huelga reivindicativa de los obreros

del transporte, lo que supondría una nueva y aún más pesada carga de incomodidad

sobre la vida diaria de la provincia.

Sobre ese panorama se teje, complementariamente, la larga orquestación, de

cartas de protesta, escritos de crítica a la autoridad gubernativa, solicitudes

de manifestaciones que llenan las páginas de los diarios locales con una

insistencia rallana en el tedio del lector más paciente. Siempre hay alguien que

busca diez, cuarenta firmas para escribir a los periódicos protestando por la

construcción de un puente, por los humos de una fábrica, por la carencia de unos

semáforos o por la prohibición de un recital. Sucede con ello lo que un

periodista gallego, Augusto Assía, denunciaba hace días en varios diarios

nacionales. El desprestigio de la motivación justa que, en sí misma y de cara a

un planteamiento democrático, tiene tanto la huelga como la libertad crítica en

la Prensa. El uso y el abuso de algunas huelgas, que Assía llama «salvajes» por

su escasa fundamentación propiamente laboral, como el uso y el abuso de la

protesta, que siempre utiliza un mismo sospechoso lenguaje cargado de latigillos

y «slogans», anula la capacidad de presión y razón que ambas cosas puedan tener

en su movilización de la opinión pública, con un espíritu de comprensión y,

consecuentemente, de adhesión.

En Galicia, estas cosas adquieren un tono especialmente monótono, y mucha gente,

que recibía alborozadamente la oportunidad de disfrutar de libertades normales

en cualquier redimen democrático en uso, le están viendo las orejas al lobo de

un tejemaneje político que supedita lo que es justo, lo que es reivindicación,

al oportunismo de una determinada táctica obstrucionista que atiende más a los

intereses de partido que a los generales de la propia clase trabajadora.

Si esto va a ser un simple sarampión, con convalecencia razonable al estilo

portugués, o el inicio de un largo proceso que termine por hacerse crónico, sólo

el tiempo lo dirá. Pero también en Galicia, como en tantos otros lugares, hay

quienes se están aburriendo cuando apenas si ha comenzado el espectáculo.

Luis CAPARROS

(La Coruña)

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