Autor: Caparrós, Luis. 
 Regiones. 
 Nacionalistas gallegos     
 
 Arriba.    09/08/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

REGIONES

LA izquierda gallega, según se deduce de todas las oportunidades de

confrontación al respecto, se muestra mucho más ruidosa que numerosa. Sobre todo

la izquierda más radicalizada, que ni siquiera fue capaz de sacar adelante, en

las elecciones, a un solo representante democrático de esos que ellos mismos se

autodenominan, con rotundo énfasis, los no sucursalistas, los no españolistas.

Otro de los grandes problemas de esta izquierda radicalizada hacia la actitud

separatista es la carencia de unidad entre sus sectores más avanzados, según se

ha vuelto a poner de relieve en la oportunidad del tradicional día de Santiago,

que ha sido asumido por estas fuerzas políticas con la denominación de «Día da

Patria Galega», y en cuya celebración diversa y hasta antagónica, con

enfrentamientos violentos entre una y otra tendencia, mientras prudentemente se

inhibía la fuerza pública, que se esperaba actuase ante la previa suspensión de

uno de los actos programados, se ha reiterado esta penosa división entre las

diferentes opciones.

Así se ha puesto de relieve cuando el representante de la Liga Comunista

Revolucionaria, aliada a estos efectos con la fuerza política más representativa

de los llamados «no sucursalistas», como es el Bloque Nacional Popular Galego,

declaró al final de la jornada en cuestión «la división esistente nas forzas

políticas», afirmando también que «a pesares deso, o pobo galego manifestou a

sua votade de que sexa Galicia que decida o seu futuro».

Este énfasis aludido, que contrasta con lo que dijeron las urnas el día 15 de

junio último, se apoya en la presencia de unos diez mil manifestantes en la

concentración compostelana del día de Santiago, lo que se ha hecho decir a uno

de los hombres fuertes del BNPG, Ramón López Suevos, que «se alguen ten

capacidade de movilización en Galicia, ¡se é o BNPG».

La base de esta actitud es la repudiación, por corto y desfasado, deI Estatuto

de Autonomía que han hecho suyo los propios parlamentarios gallegos.

Pero para llegar a esta autonomía, que no puede dejar de considerarse como una

actitud con fundamento democrático complementario al propio hecho electoral —si

el pueblo eligió a unos representantes, son éstos los llamados a estudiar las

soluciones—, los no sucursalistas piden algo previo a la propia consulta, como

es la formación de un Gobierno gallego que organice el proceso.

Esto ha sido considerado por algún comentarista como perfectamente ilógico, ya

que sería algo así como poner los bueyes antes que el carro. Porque ¿quién iba a

nombrar a ese Gobierno? ¿A quién iba a representar el mismo? ¿Qué entidad

democrática podría tener si, una vez efectuada la consulta popular, resulta que

lo que los gallegos querían era mantener un destino nacional distinto al de esa

previa separación que supondría la existencia de un Gobierno desligado de

Madrid?

El gran discrepante de esta tendencia es el Partido Comunista de Galicia, cuya

rígida disciplina de estructuras no encaja demasiado con la exclusiva dirección

independentista de estos jóvenes airados y fervorosos de una Galicia

desvinculada del resto del llamado Estado Español.

Por supuesto que no todo el país gallego parece seguir esta aspiración, aunque

sí parezca unánime el sentimiento autonomista en una región que nunca fue

medianamente favorecida por el interés de los poderes centrales, ni siquiera en

aquellos momentos en los que España estaba gobernada muy mayoritariamente por

gentes gallegas en las funciones más altas de los poderes ejecutivos.

Partiendo, sobre todo, de la irrealidad que supone pretender una independencia

precisamente desde el atraso y el casi subdesarrollo de Galicia en relación al

resto de las reglones españolas, con exclusión acaso de Andalucía y Extremadura,

con las que se encuentra muy empatada en carencia y privaciones.

De ahí que la autonomía sea una posibilidad aceptable como confirmación de lo

que se anticipó en las propias elecciones. Pero sin Insistencia en esa especie

del derecho al pataleo que consiste en jugar a ganar y no fugar a perder, como

está mandado en cualquier proceso democrático.

Luis CAPARROS (La Coruña)

6 Arriba

 

< Volver