Fahrenheit 16     
 
 Diario 16.    22/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Fahrenheit 16

Parece que no hay fanatismo que se precie sin su auto de fe. Hogueras de libros y periódicos han ido

jalonando la marcha por la historia de todos los dogmáticos. Algo tiene la palabra escrita que excita al

irracional a conjurar por el fuego su amenaza, y así por los siglos de los siglos. De nada ha servido la

aparición del disco, la película y la banda magnética; lo que debe seguir ardiendo es el papel.

Quizá sea por lo que el acto tiene de rito, más que de medida eficaz. A los pirómanos de periódicos jamás

se les ocurre ir a las hemerotecas a destruir los microfilms en que se conservan los textos quemados en la

calle. Como en los ritos de brujería, basta un ejemplar de la víctima para que el maleficio o la purificación

tengan Validez. El exorcismo queda consumado.

Asombra, sin embargo, que tales ritos sigan celebrándose en las calles céntricas de la capital de un país

civilizado. Que los oficiantes queden anónimos e impunes. Que ningún órgano de expresión, hasta ahora,

haya condenado la aberración. Que la televisión nacional ignore incluso el hecho mismo. Como un

enfermo que se niega a reconocer los síntomas.

El que calla, otorga. Dejar pasar en silencio esta bárbara liturgia pública equivale a aprobación tácita. La

puerta queda abierta para otros desmanes, más importantes quizá materialmente, pero secundarios en su

trascendencia simbólica. Ojo al símbolo, españoles. Quemar una cruz puede ser más peligroso que

incendiar una iglesia.

Que unos 2.000 ejemplares de D16 hayan ardido en Madrid no constituye pérdida material grave. Pero

esas llamas impunes alumbran un antiguo y peligroso rictus: el de las dictaduras del espíritu. Repulsiva

mueca que puede ser anuncio de todos los males, si la Comunidad se sobrecoge y pretende ignorarla. La

defensa de la libertad es obra colectiva.

 

< Volver