Autor: Martín, Juan (EL EMPECINADO). 
 Hablan los muertos. 
 El eco de sus voces  :   
 Por el Empecinado. 
 El Alcázar.    19/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Hablan los muertos

EL ECO DE SUS VOCES

Por el Empecinado

El 18 de julio de 1.938, desde Burgos, envió el Caudillo a todos los rincones de la España ensangrentada

su Mensaje, en el segundo aniversario del Alzamiento Nacional; y dijo:

"Españoles: Al celebrar en este día la conmemoración del Alzamiento Nacional, no glorificamos sólo un

hecho, que interesa a la vida de España. Se trata de una fase de la Historia del Mundo, que corona el

proceso de la revolución bolchevique, que, teniendo por escenario Nuestro Solar, nos otorga el paladinaje

de una Fe, una Civilización y una Cultura, gravemente amenazadas por los principios rojos comunistas.

Los episodios de nuestra guerra son continuación de aquellos sangrientos sucesos revolucionarios de

1934, que se caracterizaron en Asturias por el desenfreno libertario, y en Cataluña por la tentativa clara y

terminante de una secesión. Ambas muestras constituyen la demostración más palmaria de los propósitos,

en que habían de inspirarse los que integraron más tarde el tan fatídico Frente Popular Español. Pocas

personas en España se habían dado cuenta hasta entonces de los peligros, que nos amenazaban. Sin

embargo, un español bemérito sintió la honda preocupación de aquellos instantes y, como conociera

anticipadamente la revolución, que se acercaba, dio la voz de alarma a aquel Gobierno y fue anhelante a

ofrecerle, con su concurso, el de la juventud, que le seguía.

Señaló con ello a José Antonio Primo de Rivera, Mártir glorioso de nuestra Cruzada, el cual, desalentado,

me envió entonces el eco de su grito de agustia en una bella carta, llena de patriotismo y espíritu de

sacrificio, en la que mostraba su desesperanza ante la suicida inconsciencia de las autoridades, en la que

mostraba su desesperanza ante la suicida inconsciencia de las autoridades, y me exponía la seguridad de

que la tragedia rebasaría todas las suposiciones...".

Hasta aquí el prólogo del Caudillo extinto, de cuyo luto se alivia en este primer aniversario de su muerte

un abigarrado grupo de españoles, que en vida medraron a la sombra del gigante, y hoy se arriman al sol

que más calienta, para continuar..., según dicen,... sirviendo a España (¡!). La carta de referencia va ad

calcem; esa es.......

Oid ahora la voz del propio José Antonio Primo de Rivera en la "CARTA AL GENERAL FRANCO".

"Madrid 24 de septiembre de 1934.

Excelentísimo señor don Francisco Franco.

Mi General: Tal vez estos momentos, que empleo en escribirle, sean la última oportunidad de

comunicación, que nos quede; la última oportunidad, que me queda, de prestar a España el servicio de

escribirle. Por eso no vacilo en aprovecharla, con todo lo que, en apariencia, pudiera ello tener de osadía.

Estoy seguro de usted, en la gravedad del instante, mide en los primeros renglones el verdadero sentido de

mi intención y no tiene que esforzarse para disculpar la libertad que me tomo.

Surgió en mí este propósito, más o menos vago, al hablar con el Ministro de la Gobernación hace pocos

días. Ya conoce usted lo que se prepara; no un alzamiento tumultuario, callejero, de esos que la Guardia

Civil holgadamente reprimía, sino un golpe de técnica perfecta, con arreglo a la escuela de Trotsky —y

quién sabe si dirigido por Trotsky mismo— (hay no pocos motivos para suponerle en España). Los alijos,

de armas han proporcionado dos cosas: De un lado, la evidencia de que existen verdaderos arsenales; de

otro, la realidad de una cosecha de armas risible; es decir, que los arsenales siguen existiendo. Y

compuestos de armas magníficas, muchas de ellas de tipo más perfecto, que las del Ejército regular. Y en

manos expertas, que probablemente van a obedecer a un mando peritísimo. Todo ello dibujado sobre un

fondo de indisciplina social desbocada (ya conoce usted el desenfreno literario de los periódicos obreros)

de propaganda comunista en los cuarteles y aún entre la Guardia Civil; y de completa dimisión, por parte

del Estado, de todo serio y profundo sentido de autoridad. (No puede confundirse con la autoridad esa

frívola verborrea del Ministro de la Gobernación y sus tímidas medidas policiacas, nunca llevadas hasta el

final).

Parece ser que el Gobierno tiene el propósito de no sacar el Ejército a la calle si surge la rebelión. Cuenta,

pues sólo con la Guardia Civil y con la Guardia de Asalto. Pero, por excelentes que sean todas esas

fuerzas, están distendidas hasta el límite, al tener que cubrir toda el área de España, en la situación

desventajosa del que, por haber renunciado a la iniciativa, tiene que aguardar a que el enemigo elija los

puntos de ataque. ¿Es mucho pensar que en su lugar determinado el equipo atacante pueda superar en

número y armamento a las fuerzas defensoras del orden? A mi modo de ver esto no es ningún disparate.

Y, seguro de que cumplía con mi deber, fui a ofrecer al Ministro de la Gobernación nuestro cuadros de

muchachos, por si, llegado el trance, quería dotarlos de fusiles y emplearlos como fuerzas auxiliares. El

Ministro no se si llegó a darse cuenta de lo que le dije.

Estaba tan optimista como siempre; pero, no con el optimismo del que compara conscientemente las

fuerzas, y sabe las suyas superiores a las contrarias, sino con el de quien no se ha detenido en ningún

cálculo. Puede usted creer que, cuando le hice las consideraciones que le he hecho a usted —y algunas

más— acerca del peligro, se le transparentó en la cara la sorpresa de quien repara en esas cosas por

primera vez.

Al acabar la entrevista, no se había entibiado mi resolución de salir a la calle con un fusil a defender a

España; pero, si iba, iría acompañado de la casi seguridad de que los que saliéramos íbamos a participar

dignamente en una derrota. Frente a los asaltantes del Estado Español, probablemente calculadores y

diestros, el Estado Español, en manos de aficionados, no existe. Una victoria socialista ¿puede

considerarse como mera peripecia de política interior? Sólo un mirada superficial apreciará la cuestión

así. Una victoria socialista tiene el valor de invasión extranjera; no sólo porque las esencias del

socialismo, de arriba a abajo contradicen el espíritu permanente de España, y no solamente porque la idea

de Patria, en régimen socialista, se menosprecia, sino porque, de modo concreto, el socialismo recibe sus

instrucciones de una Internacional. Toda nación, ganada por el socialismo, desciende a la calidad de

colonia o de protectorado. Pero, además, en el peligro inminente hay un elemento decisivo, que lo

equipara a una guerra exterior, este: El alzamiento socialista va a ir acompañado de la separación,

probablemente irremediable, de Cataluña. El Estado Español ha entregado a la Generalidad casi

todos los instrumentos de defensa y le ha dejado la mano libre, para preparar los de ataque. Son conocidas

las concomitancias entre socialismo y Generalidad. Así, pues, en Cataluña la revolución no tendría que

adueñarse del poder, lo tiene ya. Y piensa usarlo, en primer término, para proclamar la independencia de

Cataluña. Irremediablemente, por lo que voy a decir. Ya sé que —salvo una catástrofe completa— el

Estado Español podría recobrar por la fuerza el territorio catalán. Pero, aquí viene lo grande; es seguro

que la Generalidad, cauta, no se habrá embarcado en el proyecto de revolución sin previas exploraciones

internacionales. Son conocidas sus concomitancias con cierta potencia próxima. Pues bien: Si se proclama

la república independiente de Cataluña, no es nada inverosímil, sino —al contrario— que nueva república

sea reconocida por alguna potencia. Después de eso ¿cómo recuperarla? El invadirla se presentaría ya

ante Europa como agresión a un pueblo que, por acto de autodeterminación, se había declarado libre.

España tendría frente a sí, no a Cataluña, sino a toda la Antiespaña de las potencias europeas.

Todas estas sombrías posibilidades, descarga normal de un momento católico, deprimente, absurdo, en el

que España ha perdido toda la noción de destino histórico y toda ilusión de cumplirlo, me ha llevado a

romper el silencio hacia usted con esta larga carta. De seguro, usted se ha planteado temas de meditación

acerca de si los presentes peligros se mueven dentro del ámbito interior de España o, si alcanzan ya la

medida de las amenazas externas, en cuanto comprometen la permanencia de España, como unidad. Por si

en esa meditación le fuesen útiles mis datos, se los proporciono. Yo, que tengo mi propia idea de lo que

España necesita y que tenía mis esperanzas en un proceso reposado de madurez, ahora, ante lo

inaplazable, creo que cumplo mi deber, sometiéndole estos renglones. Dios quiera que todos acertemos en

el servicio de España: Le saluda con todo afecto JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA rubricado".

Dos voces de la Patria y dos ecos. A ambos por designio de Dios los unió el incomparable orgullo de

haber nacido sobre la piel de toro, y los unió la Fe Cristiana y la vida en servicio de la Patria; y ambos

murieron en acto de servicio; y —a la distancia de cuarenta años— en el mismo día los unió la muerte.

Pero perduran el eco de su verbo y su pensamiento y su recuerdo pirograbado en nuestras almas.

Por eso recogemos la antorcha encendida al pie de las sagradas tumbas y aquel Mensaje de ambos: ¡Por

Dios y por España! ese sagrado binomio, por el cual vale la pena de vivir y si preciso fuera, de morir por

ellos, pendiente de nuestros labios esta jaculatoria: ¡Viva España! ¡ Arriba España!

Por la transcripción Juan Martín, "el Empecinado"

 

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