Francisco Franco y esta otra España     
 
 Pueblo.    20/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

FRANCISCO FRANCO Y ESTA OTRA ESPAÑA

EN la madrugada de hoy se ha cumplido el primer aniversario de la muerte de Francisco Franco, al cual

sería imposible comparar con un Serrano o un Narváez, un Prim o un Martínez Campos, un O´Donnell o

un La Concha, simplemente porque Franco excedió en mucho del relieve militar de su plano profesional,

por haber sido una de las figuras más permanentes, profundas, decisorias e influyentes de la historia

española, y su largo reinado —porque «reinado» fue, y no otra cosa, su larguísima presencia en la

Jefatura del Estado— ha sido la más prolongada desde Felipe II y Felipe IV. La España del siglo XIX se

había prolongado entre jacobinos y reaccionarios, liberales y conservadores, progresistas y reaccionarios,

calderonianos y arandinos, por lo menos hasta 1936, cuando se libra la más dura, brillante, heroica, cruel

y sangrienta de nuestras «guerras románticas». Con Franco, o por lo menos en su tiempo, se entra en la

modernidad sociológica y económica que hoy nos ha tocado vivir; surge de veras la revolución industrial;

se llega al apogeo del capitalismo —que antes era una tímida figura, con bancos poco menos que

mendicantes—, y se crea de verdad una burguesía influyente y no menos determinante que el nuevo

proletariado, al que desde opuesto sector se llamaba antaño, con expresión cruel, «la gente de alpargata».

Franco es la bisagra que une dos épocas, y el que, haciendo posible en su largo tiempo de desarrollo la

eclosión de otras formas de vida, sin alpargatas y sin miseria, por vez primera abre las vías de la nueva

democracia, que antaño era imposible entre quienes tenían y quienes no tenían la posibilidad de comer

cada día por lo menos un gazpacho. Contra Franco podrá escribirse todo —y en realidad se ha escrito—;

pero también todo lo contrario. Fue un gran soldado, un irrepetible político, y la Historia que está

escribiéndose será la que nos diga si fue además un gran español en toda la extensión de la palabra. Al

menos, lo fue desde su personal horizonte, como un españolito venido al mundo siete años después de que

Alfonso XII, el del «manifiesto de Sandhurst», muriese en el palacio de El Pardo, y siete antes de que en

Cavite y en Santiago nos las diesen todas, acaso porque también las derrotas se buscan a pulso y se

merecen por los errores acumulados. Ese fue Franco, visto por los españoles de hoy y desde la distancia.

DESDE el nacimiento a la muerte de Franco transcurren casi exactamen te ochenta y cuatro años de la

vida de España, que es lo que separa la Constitución de Cádiz del asesinato de Cánovas. Pocos españoles

han muerto más cerca de su centenario, y encerrar la Era de Franco en un comentario es como meter el

océano en un cubo de agua. Cuando Amando de Miguel relata en un libro cuanto pueda escribirse contra

Franco, tiene un momento freudiano de sinceridad, en el cual le llama «el abuelo de España». Hoy nos

debatimos en la doble y extremista pugna de aquéllos para quienes Franco lo ha sido todo y los que tratan

de demostrar que Franco no fue nada, o simple paréntesis, como aquel —de 1820 a 1823; sólo mil días—

que Fernando VII llamó «los mal llamados años». Pero cuarenta años de vida colectiva no pueden ser

borrados de un plumazo, y estéril seria el empeño contrario de beatificarlos. Sin duda, los dos extremos

están equivocados; pero, dejando al margen los años pasionales de 1936 a la liquidación de la guerra —¿y

quién ha liquidado una guerra con el Kempis en la mano?—, el resto del balance puede parecer favorable,

pues si hizo posible el desarrollo, acaso fruto natural de una época, también fue el tiempo de Lain y de

Tovar, de Ridruejo y de Cela, de Gala y de Aranguren, de Julián Marías y de De la Cierva, de Pemán y de

Buero Vallejo, de Panero y de Rosales, aunque un Machado muriese en la amargura del exilio y la menos

romántica y más hambrienta de las tisis se llevase a Miguel Hernández en la dura tristeza de una cárcel.

La Era de Franco ha sido tan larga, y su vida tan dilatada, desde 1892 hasta 1975, que en ella caben lo

mejor y lo peor de España, desde la «semana sangrienta» hasta el Ebro, y desde el hambre endémica y de

siglos hasta el desarrollo y esa indispensable vulgaridad que es la merluza congelada, los televisores y el

automóvil utilitario. Estábamos cuando Franco era alférez en la vida universitaria que llamó Ortega «la

gran tristeza de la calle ancha de San Bernardo», y hoy, en medio millón de estudiantes universitarios,

que hablan idiomas y hacen «pintadas». Nunca en la sola vida de un hombre el mundo cambió tanto, ni un

país pareció otro desde sus raíces hasta las ramas. Incluso el gran drama de la diáspora fue

—¡quién lo duda!—, a la larga, eficaz para la peregrina, sufrida y triste España.

Y sin embargo, ahí está lo que llama De Miguel «el giro que ha dado la sociedad sobre sí misma frente

al giro inmovilista del sistema político». Un hombre de Estado no cambia sus módulos mentales después

de los setenta años, y era estéril pensar que Franco lo hiciese, aunque fuese posible que, desde sus leyes,

lo realizasen quienes estaban llamados por la Historia o por el destino a sucederle, como acaba de ocurrir

desde el pasado estío hasta los últimos debates en la Cámara. Todo el sistema de Fernando VII tuvo que

ser tirado, como inútil, por la ventana, y al gobernar Cánovas era imposible conservar nada de aquella

estéril aventura española, que fue «la gloriosa» de la Revolución de Cádiz. Dividir a la España siguiente

al último gran fenómeno histórico entre franquistas y antifranquistas, o sea, en algo así como en históricos

y antihistóricos, podría ser «una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil»,

como de las izquierdas y de las derechas dijo Ortega y Gasset en su prólogo para franceses de «La

revolución de las masas». El nuestro es un pueblo que siempre se ha pronunciado sobre su pasado, en

lugar de decidirse sobre su futuro, lo cual sería mucho más práctico. Hoy, si bien es preciso entrar

decididamente en la libertad y la democracia —¡ayer la votaron hasta los franquistas, no se olvide este

dato!—, lo que no es posible es volver al tiempo ido, vulgar y gris, miserable y chato. Y ello para no caer

en el

«...bostezo de políticos banales, dicterios al gobierno reaccionario, y augura que vendrán los liberales

cual torna la cigüeña al campanario.»

Hoy no se trata sólo de la alternativa entre liberales y reaccionarios, futuristas y nostálgicos, sino de

mantener en marcha una transformación social que reclama un pueblo coherente, el cual ansia un orden

económico necesariamente justo y sano. Lo demás son enormes trivialidades, como las que el propio

Franco vivió entre el «Maura, no» y la fracasada revolución asturiana de 1934. O aprendemos desde

Franco, y algunos incluso frente a él, o volvemos a caer en los enormes descalabros de nuestro pasado. La

«España inferior que ora y embiste» está siempre ahí, como la «zaragatera y triste», casi al alcance de la

mano.

HOY no se trata de mirar sólo al pa sado, buscando la gloria o el des quite, la apoteosis o la revancha,

sino de conseguir que todo nuestro pueblo, con 36 millones de españoles, de los cuales 24 millones no

conocieron la guerra, se ponga en marcha hacia las posibilidades de su futuro, partiendo de las

circunstancias y de las cotas actuales, que ya no son aquellas ínfimas desde las cuales escribía

Hemingway que «los españoles se dividen en dos grandes grupos: los que toman bicarbonato todos los

días y los que jamás consiguen saciar su hambre». Ni parece del todo cierto que, como escribe De la

Cierva, «la vieja derecha es ya una cascara muerta», ni la izquierda es magullada carne de cárcel. Hay que

hacer la España nueva con los azules y los que salen de las catacumbas; los numerosos y aún pujantes de

Alianza Popular y los que se mueven en platajuntas de la otra nostalgia; el gran centro demócratacristiano

y liberal y quienes aún rezan «por la conversión del Papa». En cuarenta años, o se han unido como en

gigantesco crisol las dos Españas, o las últimas décadas de vida colectiva se habrán dilapidado como agua

en un cesto o aire encerrado en el cuenco de la mano. Sólo ahora es posible que, entre todos, y al filo de

este primer aniversario de la muerte de Franco, que sin filias y sin fobias hagamos verdad aquel final de

un gran soneto, escrito por el Ridruejo de «La poesía, en armas»:

«...y el alma renació virgen de llanto, para la nueva sed de nuestras almas.»

Hoy, esa «nueva sed» está en la paz, el progreso, la unión de todos, la democracia... Quienes así no lo

vean estarían, unos, traicionando sus ideales; otros, el legado de Franco. Desde el dolor, la impaciencia y

la sangre, está naciendo esa España que sólo es posible desde la plataforma de los últimos cuarenta años.

Sin paz desarbolada

 

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