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 Cardenal Tarancón  :   
 Dios perdonará sus fallos, premiará sus aciertos y reconocerá su esfuerzo. 
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4. Cardenal Tarancón:

"Dios perdonará sus fallos, premiará sus aciertos, y reconocerá su esfuerzo"

He aquí el texto de la homilía del cardenal de Madrid:

"La vida de los justos está en manos de Dios." (Sab. 3, 1.) Yo, que, como sacerdote, he pronunciado

tantas veces estas palabras, siento hoy una especialísima emoción al repetirlas ante el cuerpo de quien

durante casi cuarenta años, con una entrega total, rigió los destinos de nuestra patria. En esta hora nos

sentimos todos acongojados ante la desaparición de esta figura auténticamente histórica. Nos sentimos,

sobre todo, doloridos, ante la muerte de alguien a quien sinceramente queríamos y admirábamos. Hay

lágrimas en muchos ojos y yo quiero que mis primeras palabras de obispo sean para recordar a todos, a la

luz de nuestra fe cristiana, que los muertos no mueren del todo, que la muerte no es fin, sino principio,

que es la puerta de la vida verdadera, el ingreso en la casa del Padre. Todos nos vamos, todos caemos.

Pero los creyentes sabemos que "hay alguien que acoge esa caída con suavidad inmensa entre sus manos".

Francisco Franco, después de una larga vida, cargada de enormes, de tremendas tareas y

responsabilidades, está ya en las manos de Dios, manos justas y misericordiosas, manos paternales.

Y como todos necesitamos de la misericordia de Dios, nos hemos reunido aquí para acompañarle en esta

hora con nuestra oración, con el sacrificio redentor de Cristo, para que alcance esa misericordia del Padre

que todos necesitamos.

Iglesia de España

Documento

Nos hemos reunido para esto: para rezar. No debéis esperar de mis palabras ni un juicio histórico ni

tampoco un elogio fúnebre. Ni es este el momento de tales juicios ni es función de la Iglesia el

formularlos. La Iglesia es madre. Su función es amar. Y ante el cuerpo del hijo que se ha ido a la casa del

Padre, casi el único modo de amar es rezar.

Todos necesitamos la oración de todos. Y quizá más que nadie aquellos a quienes Dios ha encomendado

la tremenda tarea de mandar o dirigir. Los medievales habían entendido bien esta hora final cuando, en

sus "danzas de la muerte" pintaban a reyes, gobernan tes, papas, cardenales, obispos, ricos y guerreros,

dejando sus coronas, sus entorchados, sus mitras, sus tesoros y sus espadas, para llegar ante Dios

desnudos e inermes.

Sin embargo, no llegamos desnudos ante Dios. El bautismo es nuestro vestido, las buenas obras son

nuestro equipaje, el único que tiene valor en esta hora. Como decía San Juan de la Cruz, "a la caída de la

tarde seremos examinados de amor".

Y este amor de Francisco Franco es el que sí puedo elogiar yo en esta hora. Cada hombre tiene distintas

maneras de amar. La del gobernante es la entrega total, incansable, llena a veces de errores inevitables,

incomprendida casi siempre, al servicio de la comunidad nacional. El Concilio Vaticano II no dudó en

proclamar la nobleza de este oficio de servir a la Patria desde el difícil puesto de la política: "La Iglesia

alaba y estima —dice— la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la comunidad

pública y aceptan las cargas de este oficio." Y en otro lugar exhorta a "quienes son capaces de ejercer ese

arte tan difícil y tan noble que es la política" a "ejercitarlo con olvido del propio interés".

ABSOLUTA ENTREGA

Creo que nadie dudará en reconocer aquí conmigo la absoluta entrega, la obsesión diaria incluso, con la

que Francisco Franco se entregó a trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual y material de

nuestro país, con olvido incluso de su propia vida.

Este servicio a la Patria —lo he dicho ya en otra ocasión— es también una virtud religiosa. No hay

incompatibilidad entre el auténtico amor a la Patria y la fe cristiana. Si alguna forma de incompatibilidad

existiera, es porque se entiende mal el amor a la Patria o porque se vive mal la fe cristiana; por que el

servicio a la comunidad degenera en falso nacionalismo o porque la fe se pone, no al servicio del

Evangelio, sino al de una ideología humana.

El amor a Dios no puede oponerse al amor a los hermanos que El ha colocado en torno nuestro. Quien

ama a sus hermanos está amando a Dios. Quien sirve a la comunidad, a su desarrollo, a su bienestar, a su

unidad, cumple un deber que para los cristianos es un deber sagrado, una consecuencia de su misma fe.

Quien tanto y tanto luchó hasta extinguirse por nuestra Patria, presentará hoy en las manos de Dios este

esfuerzo que habrá sido su manera de amar, con limitaciones humanas, como la de todos, pero esforzada

y generosa siempre. Yo estoy seguro de que Dios perdonará sus fallos, premiará sus aciertos y reconocerá

su esfuerzo. Nosotros, con nuestra oración de hoy, le acompañaremos para que ese perdón y ese

reconocimiento sean completos.

El ha muerto uniendo los nombres de Dios y de España, como acabamos de oír en el último mensaje.

Gozoso porque moría en el seno de la Iglesia, de la que siempre ha sido hijo fiel.

Yo me atrevería a dar a este acto otro significado más. No basta con rezar por los muertos. Siempre hay

algo que aprender de ellos, de todos. Me parece que en este momento, a la oración por el Jefe del Estado

fallecido y por la Patria, hemos de unir todos una promesa firme, serena, comprometida.

La muerte del Caudillo nos recuerda que la obligación de trabajar y sacrificarse por la Patria no es sólo

función de los que gobiernan, sino de todos. Todos somos responsables de que España viva en paz, de que

todos los españoles gocen de la libertad y los medios suficientes para desarrollar su propia personalidad y

para mantener su dignidad de hombres y cristianos. Pienso que ante este cadáver debemos formular todos

la promesa de borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos, la de olvidar nuestros egoísmos

e intereses personales, la de evitar cualquier tipo de partidismos excluyentes que puedan entorpecer esa

felicidad de todos. El respeto, el diálogo, la aceptación de las diferencias lícitas debe sustituir a la lucha;

la convivencia debe borrar los exclusivismos.

Todos tenemos una gran tarea ante nosotros. Tendremos que recoger cuanto de positivo se ha construido

en estos años; tendremos que mejorar cuanto quedó a mitad de camino; tendremos que superar cuanto

pueda dividirnos y aceptar lo que deba diferenciarnos; tendremos que trabajar todos juntos para que la

justicia, la libertad, el amor y la paz creen un clima de convivencia fraternal, de la que nadie se debe

sentir excluido, siempre que esté dispuesto a colaborar al bien de todos.

En esta hora decisiva para nuestro país, y ante el cuerpo del hermano que acaba de abandonarnos, creo

realizar el mayor homenaje hacia él y cumplir, al mismo tiempo, mi misión de obispo llamando a todos

los españoles a la unión, a la concordia, a la convivencia fraterna. Es ésta, lo sé, "una tarea difícil", como

hemos dicho en un reciente documento los obispos españoles. Pero "es también una tarea posible y, por

tanto, obligatoria." El destino de España en esta hora importante está en las manos de Dios. Pero está

también en las manos de todos nosotros. Si todos cumplimos con nuestro deber con la entrega con que lo

cumplió Francisco Franco, nuestro país no debe temer por su futuro.

No es esta, hora de tragedias, ni de pánicos. Es hora de que todos los españoles cumplamos con nuestro

deber de servicio a la comunidad. Yo pido este esfuerzo, como español, a todos los españoles. Yo os lo

pido a todos los cristianos como obispo.

Este compromiso será, junto a nuestra oración, el mejor regalo, el mejor elogio, que podemos hacer a

quien acaba de dejarnos. Que el Señor le ayude a él y a nosotros en esta hora. Que a nosotros nos dé el

coraje y a él el descanso. Que a nosotros y a él nos dé su paz."

 

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