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 Cardenal González Martín:  :   
 Ha muerto el padre de la Patria. 
    Página: 11-12. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

5. Cardenal González Martín:

"Ha muerto el padre de la Patria"

"Hoy celebra la Iglesia la solemnidad de Jesucristo, rey del universo, Rey de la vida y de la muerte. De la

vida, porque de El, como de Dios, la hemos recibido. De la muerte, porque con su resurrección la ha

vencido en su cuerpo glorioso y ha asegurado la misma victoria a los que creen en El. "Yo soy la

resurrección y la vida; quien cree en mí no morirá para siempre" y todo aquel que vive y cree en

mí no morirá para siempre" (Jn. 11, 25).

Dejad que estas palabras crucen los cielos de la plaza de Oriente y lleguen al corazón entristecido de los

españoles. Transmitídselas vosotros mismos, los que con el más vivo dolor podéis repetirlas, porque

creéis en Jesucristo y, por lo mismo, podéis demostrar que vuestra esperanza es al menos tan grande como

vuestro dolor.

Iglesia de España

Documento

Vosotros, excelentísima señora y familiares de Francisco Franco, Reyes de España, Gobierno e

instituciones de la nación, su eco os será devuelto inmediatamente por un pueblo inmenso cuyo rumor se

extiende sobre todas las tierras de España.

Estamos celebrando el santo sacrificio de la misa y elevamos nuestras plegarias a Dios por el alma del

que hasta ahora ha sido nuestro Jefe de Estado. He aquí sus restos, ya sin otra grandeza que la del

recuerdo que aún puede ofrecernos de la persona a quién pertenecieron mientras vivió en este mundo.

Frente a ellos, nuestra fe nos habla, no del destino inmediato que les espera al ser depositados en un

sepulcro, sino de la eternidad del misterio de Dios salvador en que su alma será acogida, como lo será

también ese mismo cuerpo en el día de la resurrección final. ¡Oh cristianos, niños y adultos, mujeres y

hombres creyentes, hermanos míos en la fe de Jesucristo) ¡Que vuestro espíritu responda en este

momento a las convicciones que nacen de nuestra conciencia religiosa! Ante ese cadáver han desfilado

tantos que necesariamente han tenido que ser pocos en comparación con los muchos que hubieran querido

poder hacerlo, para dar testimonio de su amor al padre de la Patria, que con tan perseverante desvelo se

entregó a su servicio.

Ese hombre llevó una espada que le fue ofrecida en 1926 y un día entregó al cardenal Gomá en el templo

de Santa Bárbara, de Madrid, para que la depositara en la catedral de Toledo, donde ahora se guarda.

Desde hoy sólo tendrá su tumba la compañía de la cruz. En esos dos símbolos se encierra medio siglo de

la historia de nuestra Patria, que ni es tan extraña como algunos quieren decirnos, ni tan simple como

quieren señalar otros. Ojalá esa espada —él mismo lo dijo— no hubiera sido nunca necesaria; ojalá esa

cruz hubiera sido siempre dulce cobijo y estímulo apremiante para !a justicia y el amor entre los

españoles.

En este momento en que hablan las lágrimas y brotan incontenibles las esperanzas y los anhelos de toda

España, el patriotismo como virtud religiosa, no como exaltación apasionada, pide de nosotros que

levantemos nuestra mirada precisamente hacia la cruz bendita para renovar ante ella propósitos

individuales y colectivos que nos ayuden a vivir en la verdad, la justicia, el amor y la paz, exigencias del

reino de Cristo en el mundo.

Brille la luz del agradecimiento por el inmenso legado de realidades positivas que nos deja ese hombre

excepcional. Gratitud que está expresando el pueblo y que le debemos todos, la sociedad civil y la Iglesia,

la juventud y los adultos, la justicia social y la cultura extendida a todos los sectores. Recordar y

agradecer no será nunca inmovilismo rechazable, sino fidelidad estimulante, sencillamente porque las

patrias no se hacen en un día, y lodo cuanto mañana puede ser perfeccionado encontrará las raíces de su

desarrollo en lo que se ha estado haciendo ayer y hoy en medio de tantas dificultades.

Con la gratitud por lo que hizo, y siguiendo el ejemplo que nos dio, es necesaria, mirando al futuro, no

sólo la esperanza, irrenunciable en cualquier hipótesis mientras que el hombre es hombre, sino algo más:

la ilusión creadora de paz y de progreso, que es una actitud menos conformista y más difícil porque obliga

a conciliar a todos los esfuerzos de la imaginación bien orientada con la bondad de corazón y la buena

voluntad. Ardua tarea a la que hemos de entregarnos a través de las pequeñas cosas de cada día y con las

decisiones importantes de la vida pública para que la libertad sea eficiente y ordenada, el pluralismo nos

enriquezca en lugar de disgregarnos, la comprensión facilite el análisis necesario de las situaciones, y toda

la nación, jamás esclava de las ideologías que por su naturaleza tienden a destruirla, avance hacia una

integración más serena de sus hijos, unidos en un abrazo como el que él ha querido darnos a todos a la

hora de morir, invocando en la conciencia los nombres de Dios y de España.

Mas ¡qué fácil es proclamar principios y manifestar deseos cuando no se tienen las responsabilidades que

atan o abren las manos! Por eso, en este momento, todavía lleno de aflicción, pero ya abierto hacia los

nuevos rumbos que se dibujan en el horizonte, incapaz yo de dar consejos y temeroso de que también los

hombres de la Iglesia podemos excedernos, con nuestra mejor voluntad, me detengo con respeto ante

vosotros, hijos de España, y apelo a vuestra conciencia de ciudadanos rectos o a vuestra fe religiosa en los

que la profesan, para que no os canséis nunca de ser sembradores de paz y de concordia al servicio de un

orden justo.

Para vos, Majestad, que al día siguiente de ser proclamado Rey os toca presidir las exequias del hombre

singular que os llamó a su lado cuando erais niño, pido al Señor que os dé sabiduría para ser Rey de todos

los españoles como tan noblemente habéis afirmado, y que el combate por la justicia y la paz dentro del

sentido cristiano de la vida no cese nunca. Y pido, para el que os llamó, que el mismo Dios le acoja

benigno en su misericordia infinita, tal como humildemente se lo suplicó cuando le llegaba la muerte.

Y que la Patria perdone también a sus hijos, a todos cuantos lo merezcan. Será el primer fruto de un amor

que comienza y el postrero de una vida que acaba de extinguirse. "Réquiem aeternam dona ei, Domine, et

lux perpetua luceat ei."

12 (1956)

 

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