Autor: Medina Cruz, Ismael. 
 20-N. La unión de los españoles. 
 Crónica de un nuevo amanecer     
 
 El Alcázar.    18/11/1979.  Páginas: 2. Párrafos: 9. 

España está viva. No es que siga viva. Es que está viva. Podrá estar muerta la otra España, la

España tumoral de los cobardes, de los traidores, de los advenedizos, de los escaladores, de

los acomodaticios, de los pusilánimes, de los engañados, de los confusos o de los vendidos a

la servidumbre ideológica o militante de los modernos inperialismos materialistas.

Pero esa España tumefacta cuenta menos de lo que se piensa. Aunque los recursos del poder

agranden su presencia, pese a ia algarabía publicitaria que le proporciona la dictadura

parlamentaria, esa otra Espña es ya sólo carne de quirófano, cuerpo social necrosado,

inmundicia para el estercolero de la Historia. La España eterna, la España inmutable, la España

cargada de glorias y pesadumbres, la España amasada por un pueblo insólito, durante cientos,

durante miles de años, recrecida sobre sus muertos, sobre sus caídas, sobre sus fulguraciones,

a partir de un indómito entendimimentode la libertad, esa España está viva. No se resigna a

dejar de ser España. Se apresta de nuevo a recobrar su estatura, pese a quien pese y sin

importarle que el mundo grite, que las internacionales se escandalicen, que los prudentes

tremen, que el enemigo se ponga en alerta máxima y que las ratas vuelvan a chillar en sus

alcantarillas, igual que si una gran tormenta se les viniera encima.

A la plaza de Oriente han acudido esta vez más españoles que nunca. El día amaneció limpio.

El cielo se vistió de un absoluto unamuniano. Un azul inmenso, nítido y produnfo recogía la

voluntad de futuro del gran senado de los españoles que aspiran a decidir por ellos mismos su

futuro. Un sol de fiesta grande multiplicaba el fulgor de las banderas y hasta el blancor de la

nieve en los crestones de la sierra perdía su frialdad de sudario, para hacerse brillo y reclamo

de frontera. Había más españoles que nunca en la plaza de Oriente. Pero eso es lo de menos.

Ni tan siquiera las revoluciones rojas las han hecho nunca las masas. Las revoluciones son

empresa de minorías, por muy numerosas y multitudinarias que aparezcan las minorías. En la

plaza de Oriente había este año más españoles que nunca. Nadie podrá negarlo. Pero no era

una masa la que asistía a la gran ceremonia política de la unidad y de la esperanza. Allí

estaban, hombro con hombro, corazón junto a corazón, hombres y mujeres de todas las tierras,

los caracteres y los acentos de España, afirmados en su dramática y prometedora

individualidad. Era uno y otro, y otra y otra y otro y otro, y tantos y tantas más, en plena

comunión de afanes, de esperanza, de ilusiones y de espíritu de lucha. España, la España que

nunca muere, la España que siempre acierta a despertar de sus debilidades, de su credulidad,

de su impensable aguante, la España de siempre, se había plantado en la plaza de Oriente,

consciente de lo que significaba el llamamiento a la unidad.

Tengo anotados en mi agenda textos de pancartas, alguno de ellos terrible. En las cuartillas he

escrito gritos, reclamos, comentarios y letanías. Con todo ello podría componer una expresiva

antología de lo que piensa nuestro pueblo, expresado en ocasiones con cruel ironía. Pero nada

de eso me vale. No quiero caer en la tentación de lo anecdótico, por muy significativo que

pueda resultar. No me parecería digno dejarme atrapar por el gusto de un relato impresionista,

cuando lo que verdaderamente importa del acto de fe en la plaza de Oriente es su tremenda

carga de patriotismo. Durante estos cuatro años de deslizamiento hacia el caos, han ido

cayendo muchas adherencias, numerosos afeites circunstanciales. A medida que el cuerpo de

España se descomponía a manos de los ineptos, de los farsantes, de los traidores y de los

agentes extranjeros, los españoles nos íbamos quedando en los puros huesos del espíritu.

Lo más importante para mí del acontecimiento de la plaza de Oriente reside en el hecho,

extraordinariamente alentador, de que la mayoría de los presentes hemos acudido con el alma

desnuda de tópicos, de prejuicios y de partidismo. Nos presidía España y nos movía la voluntad

unánime de salvar y recreara España.

Una de las mentes intelectualmente más lúcidas de este tiempo de España me resumió así su

opinión: «Ha habido mucho patriotismo y poco partidismo.» El ondear de las banderas de

España resultó impresionante. Era como una gran marea, como un oleaje unánime. Era una

sinfonía espléndida de rojos y gualdas. Era el clamor de la unidad. En la plaza de Oriente, más

que nunca, de una manera rotunda, se afirmó el domingo algo sustancial para la esperanza: la

Patria es lo que importa y mucho menos las recetas políticas para salvarla. Hemos de

agradecer el ejemplo de unidad ofrecido por quienes ocuparon la tribuna. Alguien tenía que

subir al pódium para decir con calor lo que querían expresar con su presencia aquellos cientos

de miles de españoles llegados de todas partes. Pero los verdaderos protagonistas eran éstos.

La gran lección de la unidad, la dimensión prometedora de la jornada, la dio, sobre todo, el

pueblo. El pueblo español ha despertado. Esta es la gran noticia. Creo necesario, no obstante,

profundizar más en ella. No me hubiera sentido ahora tan lleno de fe en el futuro, tan

convencido de que comenzamos un camino difícil, hermoso y prometedor, si la mañana se

hubiese llenado de imprecaciones y sobre las banderas saltase iracunda la protesta.

Los pueblos.no se salvan por medio de explosiones emocionales. El estallido cordial puede

resultar a veces, en la Historia, el factor de desbloqueo de una situación límite. Pero no es

nunca la argamasa sobre la que se construye el edificio de una revolución nacional. La serena

determinación que se apropió de la plaza de Oriente habrá desconcertado en los nidos del

enemigo mucho más que si la mañana se hubiese desembocado en un desenfreno de pasión

nacionalista. La unidad del pueblo español fue siempre más temible para el enemigo cuando,

como esta mañana, estuvo ahormada sobre una serena resolución, libre de alharacas y ayuna

de pintoresquismo. En aquellos momentos críticos de la Historia en que el pueblo español se

encontró consigo mismo con tranquila y radical compostura, podemos situar las vísperas de los

grandes acontecimientos. Esta mañana sabían los españoles que no era necesario pelear ni

morir. Pero quien haya recorrido la plaza, sabe hasta qué punto a ninguno de los congregados

les importará en adelante luchar y morir por España, si la Providencia toca a rebato.

Existe la voluntad individual y colectiva de ganar en paz la batalla de la salvación de España.

Es preciso, sin embargo, que los manipuladores de la desintegración se persuadan de la

voluntad que anida en esa sincera vocación de resolución civil, del conflicto: si el enemigo

quiere la guerra, tendrá la guerra; si el enemigo quiere la revolución, tendrá la revolución que

construye, frente a la revolución que destruye; si el enemigo hiere, tendrá respuesta adecuada;

si el enemigo de España insiste en la agresión, las calles y los campos se llenarán de

banderas, igual que la plaza de Oriente, con hombres y mujeres de toda condición dispuestos a

avanzar tras ellas en son de victoria. Ningún brazo se sentirá débil en ese instante. Ningún

corazón vacilará. Nadie volverá la espalda.

Junto a la manifestación de la fe y de la esperanza, Madrid ha asistido el domingo a otra

significativa manifestación: la del miedo. Nunca el poder político había realizado tan

espectacular despliegue en torno a sus barbacanas y sus bunker. Una espesa alineación

marrón copó los espacios neurálgicos en que anidan las capillas del consenso. Unidades de

intervención especial cayeron sobre Madrid durante la noche. La Puerta del Sol y la calle Mayor

fueron tomadas igual que si se temiera un 2 de mayo. Por los aledaños de la plaza de Oriente

se desplegaba una teoría desconsiderada de fuerza, en alerta represiva. Lo que no se hace en

las zonas donde el enemigo impone la ley del crimen y avanza impunemente en la revolución

separatista, se montó en torno a la inmensa riada de los patriotas. Fue una prevención estúpida

e innecesaria. Cuando el poder demuestra el miedo que le acogota frente a quienes claman por

la unidad de España, confiesa la culpa y la debilidad. No teme el poder a los despliegues rojos,

cada vez más enjutos, sino al clamor de la Patria. Y ello es grave, muy grave, para la clase

política en el poder. Declara su acabamiento. Denuncia su impotencia. Anuncia su final.

Mala cosa es para Suárez que se sintiera en la necesidad de rodear el bunker de la Moncloa,

en la mañana alegre y soleada, con un despliegue inusitado de medidas protectoras, añadidas

a los seiscientos hombres que normalmente custodian su desoladora incompetencia. ¿Temía

acaso que la voluntad de salvar a España rompiese en el grito vindicativode «¡A la Moncloa!»?

A la Moncloa fue el pueblo de Madrid a morir con dignidad en una noche de 1808, para abonar

el grito de redención frente a la vileza de los afrancesados. Pero la Moncloa no vale hoy ni tan

siquiera un grito exasperado de iracundia. La Moncloa es ya sólo el ataúd de una gigantesca e

irrecuperable frustración. Se quedará vacía sin que nadie deba acudir a desalojarla. Es el

reducto agrietado de un sistema acabado. Nadie siente la necesidad de asaltarlo.

El patriotismo ha ganado la batalla a la descomposición en esta mañana providencialmente

luminosa. El pueblo español, insisto, ha recobrado su moral. Ha comenzado la marcha hacia el

futuro. Conviene que lo sepan todos. Nadie debe desconocer en adelante que queremos la

unidad por encima de cualquier tentación de partido o de protagonismo personal. José Antonio

y Franco son referencia, fermento y fuerza generadora de un nuevo amanecer. Pero sus

respectivos caudillajes, el ideológico y el de saber gobernar, los ha heredado el pueblo y sólo el

pueblo. El pueblo es el caudillo de la nueva revolución que amanece. El pueblo se ha erigido en

protagonista indiscuso de su propio protagonismo histórico. El pueblo ha declarado su vocación

irreversible de unidad. El pueblo ha dicho en la plaza de Oriente que no admite debilidades,

partidismos, vanidades ni nada que pueda retrasar o entorpecer la marcha irreprimible hacia la

unidad.

En la plaza de Oriente se levantaron barricadas de fe frente a los asaltos de las fuerzas

disgregadoras. Ni en el Gobierno ni en el Parlamento podrán desconocerlo. Habrán de contar

con la voluntad del pueblo de cerrar el paso a las autonomías y a cualesquiera tipo de

separatismos, sean políticos, culturales, económicos o sociales. En la plaza de Oriente, entre

aquella inmensa juventud erizada de banderas, estaban ya los cuadros que habrán de construir

el futuro de España y llevar adelante, victoriosamente, la revolución nacional. El relevo no es un

mito. El relevo ha comenzado al tiempo que la marcha inexorable hacia un mañana difícil,

sacrificado y hermoso. No habremos de aguardar hasta el próximo veinte de noviembre para

demostrarlo. La plaza de Oriente no ha vivido una jornada rememorativa. No ha presenciado un

canto de nostalgia. Ha sido testigo de una proclamación que habrá de tener consecuencias

políticas cada día.

Con prieta serenidad, con sosegada determinación, con hondo fervor, con emoción contenida,

con fe recrecida, el pueblo español ha dicho ¡basta! a todo lo que pueda enturbiar la empresa

de rescatar a España. No nos importa nada. Nos trae sin cuidado lo que diga el mundo.´El

clamor de la unidad es ya siembra fecunda, vientre henchido, parto de esperanza y clamor de

primavera. España está viva y se dispone a demostrarlo. Nadie lo dude: Volverán banderas

victoriosas al paso alegre de la paz. Volveremos al duro quehacer de reconstruir lo destruido y

de escandalizar al mundo con la potencia creadora que el •pueblo español desarrolla cuando

se siente unido en torno a una empresa tentadora que realizar en común. La plaza de Oriente

ha sido testigo de la buena nueva: España está viva. España vencerá.

Ismael MEDINA

 

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