20-N. La unión de los españoles. 
 Un referendum sin abstenciones     
 
 El Alcázar.    18/11/1979.  Páginas: 4. Párrafos: 27. 

UN REFERENDUM

UN referéndum sin abstenciones.»El anónimo militante de Falange Española de Alicante había dado con

el último lema de la llamada por la unidad nacional. Era un corolario ilusionado, pero implacable a la

vista de los resultados: Una enorme multitud de españoles refrendaba la convicción de la Confederación

Nacional.de Combatientes, convocante del acto: España entera y sólo una bandera. La Plaza de Oriente

(«del Caudillo», proclamaría en la mañana de ayer un nuevo rótulo instituido por los manifestantes)

acogió a las doce y media en punto de la mañana del domingo 18 de noviembre el clamor popular más

formidable de los últimos cuatro años por la Patria Una, Grande y Libre, y, desde luego, la concentración

más grande de la Historia de España.

Vascos y catalanes, presentes en primera fila

«No somos el recuerdo, sino la esperanza.» La pancarta, desplegada dos horas antes de comenzar la

intervención de oradores, ponía el acento en la segunda profunda significación del 20-N. La juventud sin

nostalgiasfue unode los protagonistas principales, acaso el primero, de la jornada. De los recién

incorporados a la mayoría de edad partiría el apoyo más sincero a la convocatoria. «No es mala señal que

éstos lleven por aquí la voz cantante», se regocijaba un veterano afiliado de los Círculos José Antonio.

De ellos nacerían las felices iniciativas de propagar los pasquines con la esquela por las tres provincias

vascas «enterradas vivas en la urna electoral». Sin embargo, el RIP era exclusivamente señal de alerta, un

revulsivo, pues bien pronto numerosas representaciones de guipuzcoanos, vizcaínos y alaveses se

encargarían de desmentir el augurio con su entisiástica presencia. «Vizcaya es España», fue uno de los

estandartes que desde las once y media ocuparía los lugares de preferencia tras la tribuna. Y los

valencianos y catalanes. Delegaciones de Puebla de Farnals («Estamos aquí», espetaba orgullosa su

pancarta), de las cuatro capitales catalanas, banderas cuatribarradas, cada una de ellas con sus

corespondientes distintivos de identidad. Játiva, Onteniente, Valencia capital, ribeteada en azul en sus

enseñas para evitar equívocos, Elda, Castellón y Elche se dejaron ver y oír por el centro del foro.

«Monzón, no nos engañas, Vascongadas y Navarra son España», «No a los estatutos», «Andalucía

defenderá la unidad española», «Aragón es España» advertían las pegatinas profusamente distribuidas en

uno de los puestos de venta del fondo de la plaza, justo al lado de la calle Arríela; «España te amo», se

escribía sobre un corazoncito que lucían las solapas de las quinceañeras, de las miles de quinceañeras que

sonreían en todas partes, ahí sentadas en el breve escalón de los pilares de las estatuas de la plaza.

Ordoño I, los tres Ramiros/convidados de piedra en la conmemoración, fueron tocados de banderas

rojigualdas a lo largo de casi cinco horas. Algunos adustos monarcas se vieron literalmente empapelados

por la propaganda ilusionada de la unidad.

Pero antes del quorum absoluto transcurrieron tres horas (en algunos casos hasta una madrugada de ocho

grados bien soportada en los bancos. El sitio con visibilidad era lo primero, la parcela elevada a la sombra

del caballo fue un privilegio que sólo correspondió a los muy previsores). Los tenderetes de FE de las

JONS, FE DE LAS JONS (independiente), Fuerza Nueva, Frente de la Juventud, Agrupación de

Juventudes Tradicionalistas agotaban sus existencias a medida que se acercaba el principio formal del

acto. Placas de «Avenida de José Antonio» y «Avenida del Generalísimo» recordaban los orígenes del

callejero, previniendo la sorpresa de la empecinada autoridad gubernativa; vinos de Montilla con una

denominación de origen fuerzanovista para la ocasión; lotería de los falangistas jienenses, caricaturas del

alcalde con una apostilla (vb = viejo brujo). Y de Adolfo Suárez, al que se le refrescaba la memoria, con

epítetos rotundos, su cancionero olvidado. Al presidente del Gobierno se le atribuían, por contra,

condiciones paranaturales en los posavasos de FE: el graf ista le había dibujado sobre un pie que decía

«El milagro de la Moncloa», con una tela cuarteada en sus manos representando el mapa de España. «¿A

que no adivinas en cuántos trqzos la parte?», se interrogaba la adivinanza.

Las obras completas del Fundador, biografías del Generalísimo, el último análisis de Antón ¡o Izquierdo

sobre el «Sistema para la liquidación de España», tarjetas con los rostros de Julio Ruiz de Alda, Qnésimo

Redondo, David Jato, Ramiro Ledesma, insignias con las enseñas españolas y falangistas, prendedores,

mecheros, foulards alusivos a las razones de la concentración y siempre la misma palabra reproducida

sobre la tela, el papel o el plástico: Unidad. A todos los niveles. De la Nación y también de las fuerzas

congregadas. «Falange-unidad», se leía en una enorme pancarta rojinegra. Idéntico sentimiento expresado

bajo frases alusivas a la herencia del patrimonio joseantoniano: «Seremos dignos de tu muerte cuando

sepamos recoger tu doctrina.» «Si al oír el nombre de España hay alguien que no responde, si es hombre

no es español y si es español no es hombre.» Los banderines lo llevaban bordado y la estrpfa se compartía

verbalmente entre la camaradería renovada, con la especial connotación de saberla vigente un poco más

cada año.

Pasillo de respeto para las familias de militares asesinados

En los prolegómenos del cancionero militar, incluidas versiones ligeras del «Himno de la Legión»,

«Soldadito español» y el «Himno de Infantería», los aplausos más cálidos, más generosamente otorgados,

lo fueron para los familiares de militares asesinados por el terrorismo. La pancarta que señalaba su

posición en el mapa multitudinario había sido portada

La unión délos españoles

SIN ABSTENCIONES

Por dos jóvenes falangistas, ante los que una hora antes de iniciarse las intervenciones fue abierto un

pasillo espontáneo de respeto y condolencia, pero también de simpatía por su esperada presencia.

En el momento que accedió a la tribuna Blas Pinar, el último orador en llegar (José Antonio Girón, los

marqueses de Villaverde, Jesús Evaristo Casariego habían sido los primeros, alrededor de las doce del

mediodía), la Plazade Oriente no «tenía un hueco», en palabras textuales de un miembro de los servicios

municipales situados junto a la puerta principal de Palacio. Decenas de miles de boinas rojas, de camisas

azules, de emblemas rojigualdos en la cita de la independencia nacional.

La evocación era la de José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco; el propósito la unidad, el valor

generativo de confianza en el porvenir. Los dos resortes morales funcionaron a la perfección a lo largo de

los ciento quince minutos en los que los diversos oradores canalizaron e interpretaron esta convicción

unánime Pero si hubiera que determinar sectores, tal vez las delegaciones locales de Falange Española y

Fuerza Nueva, las representaciones de los distritos madrileños (Moratalaz, Villaverde, Salamanca,

Buenavista, Móstoles, Alcorcón) que rodeaban la base del improvisado entarimado central, constituyeran

la espoleta, unas veces de la adhesión a las citas que el perfecto sistema de megafonía aireó a los cuatro

puntos cardinales «originales» del recinto (se extenderían hasta el viaducto, el paso elevado de Onésimo

Redondo, la plaza de la Marina Española): calle Bailen por sus dos extremos, el fondo del Teatro Real y

las dos calles laterales de Requena y San Quintín. En otras ocasión es, se rompió de forma bien explícita

con la dialéctica de los separatismos, marxismos («¿Rojos?, no, gracias») y ucedismos. «Dios, Patria,

Justicia, son suficientes razones para defender a España con la furia de leones», «ETA, asesina», «UCD,

ja, ja, ja», «Sí a la vida, no al aborto», «España una y no cincuenta y una», «Tejero e Ynestrillas, libertad»

y (as frases textuales del ideario jose antoniano (aquel que ponía el acento en la simbiosis de lo nacional y

la justicia social para recuperar la fe en una España regenerada) fueron consignas que se hicieron más

patentes en el flamear de las pancartas, de los carteles.

La respuesta a la dirección política de la Nación estaba en el viento suave que a esas horas, diluido en una

orografía humana densísima, traspasaba la Plaza. «¿Para qué los votos?», se preguntaría al finalizar el

acto un grupo de manifestantes pacenses. La nitidez de la oposición popular a los derroteros de la

situación española había sido tan rotunda que ni siquiera los medios oficializados (Radjo Nacional de

España había abierto los boletines de noticias de las doce, una y dos concediendo primordial importancia

a la concentración) habían podido silenciarlo.

RTVE recortaría, no obstante, su magnitud

«Todos por España», titulaba la primera página del FE, órgano de Falange Española dé las JONS. Se

había cumplido, como en los últimos cuatro años, el pronóstico. Sin dilaciones electrónicas, sin

magnificencias partidistas, sin excepciones: los españoles proclamaban un «SI» a la un ¡dad que dejaba al

pairo, en la comparación, a las apuradas afirmaciones de los últimos referéndum.

En el momento de tomar la palabra el secretario general de la Confederación Nacional de Combatientes,

tras tres toques de silencio, el teniente general De Santiago, vestido de paisano con un traje gris y corbata

negra, se encontraba situado en la primera fila de sillas habilitadas en el espacio reservado a los medios

informativos. El teniente general Iniesta, Juan García Carrés, José Utrera Molina, Ángel Palomino, José

Luis Sáenz de Heredia, Rafael Ortiz, Joaquín Gías Jové, Jesús Barros de Lys, José Gutiérrez Cano, el

marquésde la Florida y altos cargos de las fuerzas participantes y de las sumadas al acto se encontraban

presentes, confundidos en la multitud.

También se habían situado en lugares muy visibles las delegaciones de partidos europeos como el «Front

de la Jeunesse» (belga), el Movimiento Social Italiano, Forces Nouvelles y diversas embajadas de

movimientos nacionales franceses, alemanes y sudamericanos, así como varias representaciones de la

Fuerza Nacional del Trabajo, sindicato ligado a Fuerza Nueva.

Banderas con crespones

El secretario de la Confederación Nacional de Combatientes, entre numerosísimos aplausos, dio las

cuatro consignas «de especial interés» sobre las que se iba a desarrollar la concentración: significación

religiosa en memoria del «más grande Caudillo de España y del fundador de Falange y capitán de

Juventudes»:

Anuncio de la recaudación de fondos para sufragar el coste de organización por parte de unas jóvenes

identificadas para tal función; aviso de los actos conmemorativos previstos para los días 19 y 20 por las

entidades convocantes; colocación de banderas con crespones negros en la fecha que las Cortes ratifiquen

los estatutos catalán y vasco, y, por último, ruego de una dispersión en orden («si os encontráis con

provocadores dad cuenta inmediatamente a los servicios del orden o a la Policía»).

Todavía no había terminado de difuminarse el toque de oración, transmitido por los altavoces, cuando

cesaron los aplausos y las consignas. Comenzaba a oírse, con voz clara, la «Oración por los caídos», de

Sánchez Mazas. Aún, mientras el sacerdote recitaba las líneas, hubo emociones y aplausos de algunos

incontenibles, rápidamente acallados por los más. « Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren

por España... », oían los congregados, y muchos hacían suyas las palabras y hasta las repetían en voz baja.

UN REFERENDUM SIN ABSTENCIONES

«Ante los cadáveres de nuestros hermanos aparta las voces sempiternas de los fariseos», seguía diciendo

el sacerdote, apenas un segundo an-~ tes de que la multitud batiera las palmas al oír la sentencia que

seguía: «Tú no nos elegiste para que fuéramos delincuentes contra delincuentes.» Y, en efecto; los allí

reunidos rubricaban lo dicho, agitando las banderas que se encrespaban, subían y bajaban, convirtiendo la

plaza en un rugido: «España entera y sólo una bandera», y coreando la frase: «A la victoria que no se

aclara preferimos la derrota.» El responso entonado por monseñor Amadeo González Ferreiro hubo de

poner un punto y seguido a los clamores que surgían bajo la tribuna presidencial («Jesucristo dice: Yo soy

la resurrección y ta vida»), sin conseguirlo totalmente, porque una breve referencia a Franco y a José

Antonio como «alma y vida de la juventud española», volvía otra vez a levantar el grito más coreado.

«Franco, Franco», y «José Antonio, José Antonio», mientras la mayoría de jóvenes allí concentrada ponía

de relieve el carácter absolutamente verídico de la cita y la permanencia en el tiempo de los ideales del

fundador de la Falange. Un Padrenuestro rezado en común sirvió de prólogo a nuevos aplausos y más

consignas, que no cesaron cuando se acercó al micrófono el representante del Colegio Mayor Antonio

Rivera (Mará). Fue ésta una intervención que resumió, en breve tiempo, el pensamiento de las

adolescencias que se ofrecían a golpe de pancarta («Si hay que morir por España, viva la muerte»,

clamaba un cartel trabajosamente sostenido por dos muchachos que se habían encaramado a un árbol).

Tuvieron las palabras del universitario la certeza del juicio evidente: «Somos conscientes de la falta de

ideales que caracteriza a determinados grupos de generaciones jóvenes. Nuestra Universidad no es ajena a

este fenómeno y se encuentra contaminada con estos mates», cuestión esta que merecía el sobresaliente

del pendón que él mismo representaba: «En el Mará, por voluntad de los que allí vivimos, no se arría la

bandera ni de día ni de noche.» Y, como en las anteriores ocasiones, los «vivas» y el «Arriba España»

cerraban otro acto de este referéndum.

Turno en esta ocasión para un tradicionalista: Santiago Martínez Campos, que tiró de la manta de una

desvergüenza vieja y conocida: «No nos engañemos. Han sido el centro y esa derecha liberal que siempre

ha traicionado a España en los momentos difíciles quienes han abandonado a los españoles», y mientras

esto decía la multitud afirmaba su conocimiento de esta dinámica con nuevas frases y gritos. Pero el

problema vasco estaba patente, y tanto este estatuto como el catalán esperaban una respuesta,

representados allí los hombres disconformes de estas tierras por buenos y nutridos grupos, fácilmente

divisables por la claridad con que ertarbolaban sus banderas. Y así, Navarra y hasta la Policía Autónoma

sufrieron el análisis de los congregados. Estaba claro que, como subrayaba Martínez Campos, a la una de

la tarde de ayer, todo el que estaba en la Plaza de Oriente no concebía la unidad desde la democracia,

«porque ha sido esta democracia liberal, este régimen nefasto de partidos, el que nos ha traído los

estatutos y está fomentando el separatismo».

Más política fue ta exposición de Luis Jáudenes, cuya enumeración pormenorizada de los males que

aquejan a España, desde el aborto hasta la droga, fue asumida por los que escuchaban con varias

interrupciones significativas. El resumen y la conclusión del discurso se encerraron en una sola palabra,

que abrió un nuevo horizonte para trasmutar el actual mapa político: Unidad. Y la ¡dea la dio Jáudenes

con un aval importante: «Yo me atrevo a afirmar que si Francisco Franco y José Antonio Primo de

Rivera, hombres que entregaron y sacrificaron sus vidas al servicio de España y por España, estuviesen en

esta tribuna, sólo nos darían una consigna: unidad y entendimiento.» Desde el voto útil hasta la

revolución, política y social fueron considerados en la apretada intervención de Jesús Evaristo Casariego,

dé la Comunión Tradicionalista, cuyo voto fue parodia de una frase evangélica: «España, levántate y

anda.» Y cuando menos, los allí reunidos corearon la consigna e´hicieron patente la posibilidad de la

aseveración.

Para Blas Pinar, cuya alocución se enmarcó en las líneas de la convocatoria, ésta tuvo, según señaló

implícitamente, una significación de llamamiento a la continuidad en el mantenimiento de las posiciones

políticas de . los presentes, al tiempo que un balance de las fuerzas nacionales. La idea de unidad de los

asistentes quedó también rubricada, cuando ya los gritos rituales se mezclaron con voces aisladas que

coreaban el nombre del líder de «Fuerza Nueva» y que fueron rápidamente acalladas por otras, mucho

más numerosas y fuertes, de «Franco, Franco». Más precisa fue la idea expuesta por Raimundo Fernández

Cuesta, en el sentido de señalar la necesidad absoluta de la afirmación de unidad por la dificultad del

tiempo que atravesamos. Tantas veces fue interrumpido su discurso como ocasiones tuvo de machacar la

llamada y de aclarar que aquél no era un lugar de romería, resaltando, en último término, el sentido

político de la convocatoria, amén de la necesidad de la actuación en bloque, que dé «un golpe de timón

que cambie el rumbo de la navegación política y salve a España», aspecto ampliamente rubricado con

aplausos.

José Antonio Girón, cuyas primeras palabras fueron acogidas con gritos de «¡Girón, Girón, Girón!»,

realizó una vibrante llamada a la unidad. En este «agora de la Patria, patio de armas de la independencia

nacional y bajo la evocación de dos gloriosas figuras de nuestra Historia: Francisco Franco y José

Antonio», el presidente de la Confederación Nacional de Combatientes resumió en diez objetivos los

frentes en los que la unidad de los españoles debe ser beligerante, calificando al 20 de Noviembre cómo

«punto de partida para defender a España de la turba que la asfixia, los liquidadores de su grandeza, ante

los que han destruido su soberanía».

La unión délos españoles

José Antonio Girón arrancó de la muchedumbre los aplausos y vítores más formidables de toda la mañana

al dar los gritos de ¡Viva la Unidad Nacional!, ¡Viva España!, ¡Arriba España!

Tras su intervención fueron entonados el «Himno de la Legión», el «Oriamendi» y el «Cara al Sol».

Inmediatamente a continuación, de nuevo el propio Girón dio las tres consignas de ritual, cerrando el acto

el Himno Nacional, que fue cantado por gran parte de los asistentes.

El señor Peralta España despidió a todos con un «¡hasta el año que viene!» al tiempo que recordaba la

conveniencia de no organizar manifestaciones en el camino de vuelta a sus domicilios.

No obstante, y cuando todos los presentes, sin excepciones, se dispersaban en busca unos de los autocares

que habrían de devolverlos a sus provincias respectivas, otros a sus casas, fue grande la sorpresa al

comprobar que la calle Arenal y Mayor se encontraban cortadas al paso de peatones y vehículos unos

doscientos metros antes de su desembocadura en la Puerta del Sol. Los cordones policiales estaban

integrados por no menos de quince agentes que, cumpliendo órdenes del gobernador civil, se oponían

firmemente al tránsito de personas, incluidas las que habían dejado su vehículo en la misma Puerta del

Sol. Los periodistas, debidamente acreditados, tampoco pudieron romper este cerco, impuesto sin

previo aviso por la autoridad gubernativa y reforzado, además, por vallas metálicas que cubrían la

calzada, de acera a acera. Según los policías nacionales ni Metro ni autobuses «paraban en Sol».

Estas barreras se instalaron también en todos y cada uno del resto de accesos (Carretas, Montera, Carrera

de San Jerónimo, Alcalá, Preciadosy Carmen) y en las distintas bocacalles de Arenal y Mayor (Hileras,

Plaza de San Miguel, etcétera). Los asistentes a la concentración, algunos de los cuales intentaron forzar

el cordón policial, aunque sin provocar en ningún caso el más mínimo incidente (a la hora de cerrar esta

edición no se tenían noticias de detenciones) recabaron información de la medida, y los mandos de las

fuerzas policiales siempre daban la misma respuesta: «Cumplimos órdenes de no dejar pasara nadie.»

No obstante, el insólito obstáculo no fue impedimento para que miles de españoles dieran rienda suelta a

su buen humor e improvisación, inventando a cada tramo, a lo largo de la calle Alcalá «no ocupada»,

Sevilla, Cedaceros, Cuatro Calles, Plaza de Santa Ana, Plaza de las Cortes, coplas con más o menos

adjetivos sangrantes dedicados a personalidades políticas.

Junto a ellos, los gritos de ¡Arriba España!, «Franco, Franco, Franco», cantos del «Cara al Sol» y la

«Canción del Legionario». Todo el centro de Madrid, desde la Red de San Luis a la Puerta de Alcalá,

desde Atocha a Colón, fue una gran fiesta patriótica, el escenario elegido para la afirmación nacional,

repetida por largas caravanas de coches que, portando enseñas rojigualdas y haciendo sonar sus cláxones,

recorrieron Genova, Serrano, Goya, la Castellana, Avenida del Generalísimo, Paseo del Prado...

Un helicóptero del Gobierno Civil estuvo sobrevolando la zona durante casi cuatro horas.

Traspasar las menos fronteras posibles

Podría afirmarse, sin temor a equívocos, que la concentración conmemorativa de la Plaza de Oriente

comenzó a las doce de la noche del sábado. Porque ya a esa hora eran frecuentes los cláxones de los

numerosos automóviles que, enarbolando banderas, cruzaban Madrid de parte a parte. Desde Alberto

Aguilera a la Plaza de Castilla, la capital era un continuo trajín, un preparativo de la jornada que se

avecinaba. Un significativo prólogo´ para la mañana siguiente y un toque de atención a los responsables

del Ministerio del Interior sobre la magnitud de la fecha que se rayaba al alba. Tal vez por eso, a primera

hora de la mañana la zona del Paraninfo de la Ciudad Universitaria era objeto de todas las cautelas, y no

había allí, en los aledaños de La Moncloa, una calle sin controlar, un paso significativo sin cortar.

La carretera del Pardo era objeto de vigilancia y hasta los pinos tenían coraza. Eran, ante todo, intentos de

que los gritos y las actitudes traspasaran las menos fronteras posibles. Y si Rosales era, ya hacia las once

de la mañana del día 18, un hervidero de coches aparcados, y un auténtico río de gentes en peregrinación

hacia la Plaza de Oriente, se sabía de antemano que las entradas y salidas iban a quedar taponadas por la

multitud media hora más tarde. El camino conformaba, bajo un sol espléndido, una marcha alegre, repleta

de cánticos, salpicada de puestos de venta de todo tipo de insignias, chapas, pegatinas, banderas

rojigualdas, pañuelos y bufandas y hasta gorras con los colores nacionales. De aquí y de allá, conforme el

transeúnte iba llegando a la zona de la concentración, se hacían más frecuentes y audibles los voceros de

periódicos, que anunciaban EL ALCÁZAR, puesto a la venta en furgonetas abiertas. Y ese ambiente

continuó más allá del cierre de los discursos, cuando los altavoces pidieron la calma para los que en ese

momento se disolvían. Las caravanas de coches llenaron entonces Madrid, batiendo las banderas

nacionales, tocando las bocinas y desparramándose por todas las calles, en una explosión jubilosa que no

cesó totalmente durante el día.

Reportaje gráfico

GOMBAU, BARRERA, ABAD Y FLORENSA

 

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