Autor: Suárez González, Fernando. 
   Reflexiones de un ministro de Franco     
 
 Diario 16.    20/11/1979.  Página: 9-10. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

Reflexiones de un ministro de Franco

Fernando Suárez González (*)

DIARIO 16, en cuyas páginas hemos podido leer tantos innecesarios ultrajes a la memoria de Francisco

Franco, me pide hoy un artículo destinado a la conmemoración del cuarto aniversario de su muerte. No he

de escurrir el bulto alegando que veo con desagrado la línea del periódico en este aspecto, no vayan a

pensar que encubro así alguna suerte de reserva ante el tema o ante la ocasión.

Mi opinión acerca del Generalísimo es muy fácil de resumir. Yo creo que el 20 de noviembre de 1975

entró en la Historia una figura excepcional, como diría dos días después su heredero en la Jefatura del

Estado, que iba a ver en su recuerdo una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones

que asumía. «Es le pueblos grandes y nobles —dijo en aquella solemne ocasión S.M. el Rey— el saber

recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como

soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio.»

El Franco que yo conocí no era, naturalmente, el general que acababa de obtener la victoria, ni el

jefe mítico a cuya presencia temblaban las piernas de sus escuadristas. Era un anciano comprensivo, que

escuchaba pacientemente las opiniones ajenas y que, bien seguro de su poder, dejaba amplio margen a las

soluciones concretas de gobierno. Ahora es muy sencillo atribuirle todos los errores, todas las actitudes

retrógradas, todas las mixtificaciones y todos los frenos de que se hizo uso a lo largo de su régimen. Pero

yo tengo pruebas inequívocas de que entre nosotros ha habido —y hay todavía— personajes más

franquistas que Franco, con los cuales el diálogo era —y es— incomparablemente más difícil que con

Franco mismo.

Es cierto que nunca sometió a debate su investidura, que organizó referendums monopolizando la

televisión, que construyó su partido desde el poder en lugar de acceder al poder desde el partido y que

nadie un ese partido hizo carrera contra su voluntad. Pero yo ya no sé si esos fueron defectos de Franco o

costumbres inseparables de los gobernantes españoles. Al fin y al cabo, yo estuve algunas temporadas en

las Cortes y no sólo no me hicieron cambiar de opinión con un sólo gesto, sino.que siquiera me sugirieron

nunca lo que había de volar.

Es absolutamente cierto que las libertades formales no estaban entre sus obsesiones y que concebía la

política como una actividad de mejora moral y material de los españoles, despreciando el inevilable

desgaste de la lucha por el poder. Lo resume bien aquella frase suya, según la cual «cuando un país está

venciendo etapas difíciles de su desarrollo económico, social y cultural, sería un suicidio gastar a sus

mejores hombres en la dialéctica y desaprovecharles para la planificación y la ejecución eficaz». Esa

condición de reformista autoritario fue, seguramente, decisiva para el colosal avance que España logró

bajo su gobierno. Le preocupaban las libertades reales y en eso no se puede decir que fuera anacrónico.

Por eso tomó en sus manos un país con un 26 por 100 de analfabetos y redujo esa cifra al 2, o con una

reñía de 420 dólares de 1975 y la elevó a los 2.620.

Partidos y representación

Había sido testigo de la situación a que las luchas partidistas habían llevado a España y en su patrimonio

ideológico entraron las doctrinas que intentaron" superar esos cauces de representación y arbitrar otros

nuevos. Por oso era incompatible con los partidos, pero no con la representación.

Y por eso le irritaba que se considerase a la democracia alternativa radical a su Régimen, quizá porque

soñaba para España una democracia real, gobernable, con equilibrio entre autoridad y orden y pensaba

que para lograrla era preciso poner al país en forma. El propio proceso de "elevación material generó la

necesidad de reformas políticas. De ahí que, cuando tomé posesión de la vicepresidencia tercera del

Gobierno y dije ante el Generalísimo que aquellos años de paz y de progreso habían alumbrado una

sociedad nueva, más culta y evolucionada, que no tenía ya las necesidades de carácter primario y que

sentía la necesidad de una mayor participación, él me felicitara, incluso con efusión. No fue él, desde

luego, quien ofreció resistencia a un modelo de huelga más avanzado, a unas elecciones sindicales

transparentes y veraces, o a una mayor integración de algunos sectores que entonces estaban extramuros

del Régimen y que podían haber tenido amplia participación, de no haberlo, impedido.

 

< Volver