Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   V-Epílogo para pasivos y expectantes     
 
 El Alcázar.    08/09/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

V-EPILOGO PARA PASIVOS Y EXPECTANTES

AL terminar algunas de mis reflexiones sobre la situación creada en el País Vasco y las

consecuencias de su Estatuto, deseo hacer ciertas consideraciones sobre España en el

momento mismo en que se dispone a pasar el rubicón constitucional de las llamadas

«nacionalidades».

LA España 1977-80 está dominada por una peculiar inhibición. El recuerdo de la tragedia que

constituyó la guerra, y la activa propaganda pacifista que se ejerce universalmente, han calado

con profundidad en la conciencia española. Los defectos connaturales de nuestra sociedad que

puso de relieve Madariaga en su obra «España», el «ande yo caliente», el «tente mientras

cobro» y «el contigo ni a robar capas», se han agudizado en el momento de crisis nacional que

vivimos, exacerbando el egoísmo particularista de todos y de todo.

ANTE esta situación, la apelación democrática de devolver la soberanía al pueblo que fue el

gran motivo de la política del Gobierno desde que Suárez subió al Poder, se ofrece compleja y

problemática. En primer término porque esa apelación sólo ha servido para establecer un

sistema partitocrático en que las decisiones se toman por no más de media docena de

personas, de espaldas a los partidos, a las instituciones y al pueblo, de modo que la única

diferencia entre el sistema franquista y el actual reside en la legitimación para tomarlas, ya que

la de entonces era adhesiva y fruto de una victoria militar y ésta, de un sufragio más o menos

bien maquillado. En segundo lugar, porque el montaje publicitario a que se ha llegado,

consigue que el pueblo no diga lo que quiere, o, al menos, exprese lo que otros quieren.

En tercer término, porque el sistema electoral lo desfigura todo y sólo ha servido para favorecer

la creación de las fuerzas políticas deseadas por sus autores, confirmando, en gran medida, lo

que dice Gonzalo Fernández de la Mora, de que la democracia «es cuestión de compás y de

sextante». Con todos estos condicionamientos y trucajes, hay que reconocer que aquella

apelación a la voluntad popular no podemos estimarla convincente. Y, en último término,

porque la democracia que se nos ha facturado ha generado el terrorismo, la inseguridad

ciudadana y, en buena parte, la crisis económica.

PERO las cosas son así, y mientras subsistan habrá que partir del supuesto de que la decisión

política de quien deba gobernar es obra del voto mayoritario, aunque después, el cómo deba

hacerlo se halle totalmente descontrolado y pueda resultar, como de hecho ha sucedido,

contradictorio con la voluntad de los mandantes, que son los electores.

EL cuerpo político, de este modo, se integra fundamentalmente de una inmensa mayoría

silenciosa que, sometida al clima de la época a que antes aludí, ni participa en mítines, ni en

manifestaciones, ni quiere entender de política, sino que acude un tanto desorientada cuando

no engañada, a las urnas el día de los comicios, cuando lo hace, ya que la abstención es

importantísima. Al margen de ello, las militancias políticas que a efectos electorales cuentan

poco, hasta ahora no han sido capaces de mover a esa inmensa muchedumbre dominada

fundamentalmente por la Televisión, sustitutiva de la movilización de masas de otros tiempos.

ESTA composición del panorama político conduce necesariamente a situaciones como las que

estamos viviendo hoy en España, y que, quiérase o no, sobre todo si la adversidad económica

sigue haciendo sus estragos, desembocan en un estado de crisis nacional como la del 98, con

la diferencia de que ahora no habrá ni repatriados, ni introspecciones filosófico-literarias,

capaces de galvanizar la conciencia nacional. Lo primero, porque no habrá que repatriar a

nadie —salvo a los « maquetos», si Euskadi se convierte en Estado independiente—, ya que

ahora la catástrofe no está fuera, sino dentro, y sospecho que el filosofar va a ser difícil cuando

perdamos el «primusvivere».

NO obstante, sigo pensando que todavía estamos a tiempo. Estimo con Sánchez Albornoz,

«que no padecemos una incurable tara que nos condene a arrastrar nuestras dolencias de

modo perdurable. Que existe una unidad de historia y de destino entre cuantos habitamos en la

Península. Y que si hicimos en otro tiempo juntos maravillas, nuestro mañana depende de

nuestra voluntad». Hemos atravesado convulsiones y tormentas como quizá ningún otro país

europeo. Nuestra historia es tan torturada como nuestra geografía y orografía. Y, por el

contrario, en escasos lustros fuimos capaces de transformar desdichas, querellas, divisiones y

miserias en los hechos más positivos y hasta descomunales que ha conocido la Humanidad.

Me niego, y creo que conmigo la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, a aceptar la

agonía nacional.

PERO para ello es preciso reivindicar enérgicamente la fe en España como Nación única y

Patria unitaria. Ese es nuestro común denominador, nuestro común destino, nuestra común es

peranza. Otra cosa será inexorablemente la degradación, la miseria y la traición a las

generaciones que nos precedieron, a la obra que en unión realizamos y al destino al que, en

comunidad, nos debemos.

CUANDO nacimos no se nos dio a elegir ni la familia ni la nación. La voluntad personal es

siempre respetable pero dentro de los límites en que debe actuar. Y esos límites pueden ser

tanto el respeto a la libertad de los demás o a las condiciones en que se hace posible el

ejercicio de las mismas, como el cuadro étnico, cultural, político y social al que pertenecemos

por el hecho de nacer. Nadie diga que la derecha intenta monopolizar el patriotismo al

mantener esta fe en España. La izquierda puede y debe hacerlo desde sus peculiares

posiciones, pero si no es capaz de afrontarlo en este preciso y crucial momento, les aseguro

que «su» patriotismo habría perdido toda credibilidad.

LEJOS de los falsos lirismos y de los ecos vacíos del ayer, lo primero que deben tener presente

todos los españoles es que hemos de aplicar el potencial humano que existe en nosotros para

recrear el sentimiento nacional hoy agraviado, menospreciado o falsamente interpretado a

través de particularismos que sólo tienen significado y grandeza en el contexto de la nación que

los hace grandes. De no ser así, advierto por la simple observación de la España que

despunta, la de nuestros jóvenes y nuestros adolescentes, que ellos van a saberlo hacer, y van

a recuperar el pulso de la España unida nacionalmente, continuando este endémico

enfrentamiento generacional de los españoles con la condena terrible, que en este caso sería

justificada, de quienes provocaron la agonía de España en la gran crisisdel 77-80 y a los que la

contemplaron impasibles o en dubitativa impotencia sin honor, ni fe.

Federico SILVA MUÑOZ

 

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