Síntesis del dolor del pueblo español. 
 Un documento revelador     
 
 El Alcázar.    21/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Síntesis del dolor del pueblo español

IMDOCUMMTO REVELADOR

El diario El Heraldo de Aragón publicó ayer el siguiente texto:

A Julián Ezquerro, mi amigo y compañero.

Ayer mismo te escribí una carta, Julián. No te preocupes por la contestación, que no tiene

importancia. El asunto es baladi. Al final te decía que tu mujer no dudara en acudir a mí, o a la

mía, si necesitaba algo durante tu ausencia; ofrecimiento que reafirmo ahora, naturalmente.

Supongo que dentro de algunos días me será devuelta esa carta; ¿con qué explicación? Quizá

pongan ausente, o desconocido. Realmente, poco tiempo tuvo el cartero para conocerte. ¿O tal

vez sea ya oficial el membrete de «asesinado»?

Nos conocíamos desde hace muchos años, Julián, aunque lo cierto es que, cuando nos

tratamos más, profesional y personalmente, fue desde hace esos pocos que yo llegué

destinado a la Academia. Estábamos en el mismo equipo de trabajo y compartíamos todas las

vicisitudes del año académico, así como algunas expansiones extraoficiales.

El curso pasado era el último para ti, dado que al final de él debías ascender y, posiblemente,

dejar la Academia y Zaragoza; y ascendiste. ¿Te acuerdas de cuando me lo comunicaste por

radio en las maniobras de julio? Antes había transcurrido un curso casi completo; habíamos

dedicado a aquella promoción desvelos y afanes en una buena cantidad de horas de clases

teóricas y prácticas; habíamos preparado y corregido muchos exámenes; habíamos compartido

los fríos y los calores, y las lluvias y los vientos, y las nieblas y todas esas inclemencias

atmosféricas que son normales en el campo de San Gregorio; habíamos representado

orgullosamente a la Academia en el acto de Homenaje a la Banders en la plaza de España de

Sevilla, y habíamos desfilado, también en Sevilla, al frente de esa Compañía; habíamos llegado

a Candanchú en medio de un diluvio para realizar las prácticas de montaña en verano;

habíamos hecho la marcha de Zuriza a La Mina, remontando la subida al collado de Petraficha,

entre terribles resoplidos por mi parte; habíamos, en fin, terminado otro curso trabajando

duramente por nuestros cadetes, que pocos días después veían empañada la felicidad de

recibir la primera estrella con la tragedia del hotel Corona de Aragón.

El curso terminó. La estrella de comandante estaba recién bordada en la bocamanga de tu

guerrera: unos dieciocho años te había costado alcanzarla. Vino entonces la incógnita de tu

nuevo destino, incógnita que pronto se despejó: tu destino era Bilbao, un destino que no

buscaste, pero que tampoco evitaste. Comentaste que en él había habido algún defecto de

forma, pero no se te ocurrió recurrir, porque sabías que podías perjudicar a un tercero, y ése no

era tu estilo. Tampoco pediste destino a otro sitio para escurrir el bulto de la zona peligrosa, lo

cual pudiste hacer, pero tampoco era ese tu estilo. Te preparaste, pues, para marchar a Bilbao,

condenado a un trabajo de oficina, tú que siempre nos habías aguantado la broma de llamarte

«renegado del Estado Mayor» por preferir el mando de unidades, el campo de instrucción y las

maniobras a las oficinas. Así que te fuiste el lunes de la semana pasada, hace sólo diez días.

Y, hoy, estás muerto, Julián, muerto por España, desde luego; pero ¿para qué sirve tu muerte;

en defensa de qué o de quién has caído; en nombre de qué guerra has dado tu vida?

Hombre, Julián, me ha salido la palabra «guerra»; no lo pretendía, pero ahí está y con ella mi

reflexión de que hay alguien que dice que ha declarado la guerra a España; pero España, que

tú y yo sepamos, no ha declarado la guerra a nadie; sin embargo, la sangre española se

derrama desde hace tiempo y como España no está en guerra, resulta que sólo el otro bando

ataca y mata mientras que el bando español sólo aporta víctimas. Esta es una guerra bastante

asquerosa, Julián. Yo, al igual que opinabas tú, no pienso que exista ninguna guerra decente;

pero en una semidecente tal vez hubieras tenido la oportunidad de un enfrentamiento en el que

cada uno sabe lo que arriesga; tal vez hubieras tenido la opción de aplicar algo de lo mucho

que sabías de táctica; tal vez hubieras podido hacer algo en defensa propia; tal vez te hubiera

quedado el humano consuelo de morir matando; quizás hubieras podido demostrar tu

competencia profesional o tenido ocasión de realizar algún acto heroico que te llevara a

alcanzar una de esas condecoraciones que para unos pocos son quincalla despreciable, pero

que para muchísimos son dignas de estima y respeto. ¡Pobre Julián! Te tendrás que conformar

con la medalla al Mérito Militar, a título postumo, que es la que se concede a todos los

asesinados por la espalda. Hablando de espalda, Julián, se me ocurre que con tu muerte tus

asesinos no han culminado su objetivo; seguirán buscando espaldas que acribillar, pero sin

caer en la cuenta de que son muchos los millones de espaldas españolas que tendrán que

agujerear, espaldas de uniformes y de paisanos, de jóvenes y de viejos, de mujeres y de niños,

porque tú sabes perfectamente que ni así ni de ninguna otra manera van a conseguir sus

propósitos: el genocidio por sistemas más expeditivos es la única vía que les queda.

Si nwrto-estjne-ttsyastmierto, Julián, casi tan malo es lo que va a venir ahora. Me refiero a las

declaraciones de indignación, repulsa y condena que van a pronunciar los estúpidos y los

fariseos —o ambas cosas— encuadrados en las fuerzas vivas del país —vivas, Julián, cuando

tu enorme fuerza vital está extinguida— siguiendo esas fórmulas ya tan gastadas y manidas

por la larga experiencia.

Tampoco va a ser muy digestible la voz oficial que va a recomendar serenidad; esa gente debe

creer que la serenidad se puede fabricar al igual que se fabrican los churros, sin advertir que

ambas fabricaciones pueden ser peligrosas: la de los churros puede conducir a un incendio de

la churrería, y, la serenidad, a la indiferencia, a la apatía, a la insensibilidad, a la ¡dea de

«mientras no me toque a mí...»; que les hablen de serenidad a tu mujer y a tus hijos, a tus

padres y a tu hermana —para quien todavía eres Julianín—, a tus demás parientes y a tus

muchos amigos y compañeros; que les hablen de serenidad a los familiares de los que te han

precedido en este holocausto demencia!. ..ya los que te seguirán.

Ahora, Julián, perdona que haga un inciso para hablar de Dios. Le tengo que pedir algo. Tú ya

estás con EL y seguro que ya sabes todo lo que hay que saber; pero los que aquí quedamos —

que El me perdone— dudamos de los caminos que sigue su Justicia; consideramos injusta tu

muerte y, puesto que nuestros regidores terrenales no nos la explican —ni nos la explicarán—

satisfactoriamente, imploramos al Todopoderoso un signo, una tazón que indique la necesidad

de tu muerte y nos permita a los demás seguir ofreciéndonos en todo momento a morir por El y

por España con la esperanza de ser acogidos con felicidad y no con resignación en su seno y

entre los pliegues de nuestra bandera.

En fin, Julián, ésta ha sido más larga que la que ayer te escribí. Aún me quedan muchas cosas

en el tintero, pero creo que por hoy es bastante. Hasta que Dios quiera. Un fuerte abrazo de tu

amigo y compañero,

ENRIQUE LOPEZ-SORS VERGARA

Comandante de Infantería Profesor de la Academia General Militar.

 

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