Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Al regate de la autoridad     
 
 El Alcázar.    19/09/1979.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Crónica de España

AL REGATE DE LA AUTORIDAD

IMPORTA, sobre todo, del informe del fiscal general del Estado su angustiosa demanda de

autoridad. Desde el río de sangre y de impudicia alumbrado por las estadísticas judiciales, el

fiscal general del Estado reclama que la legislación penal contemple la realidad y coadyuve a

perseguir la delincuencia, a preservar la sociedad, a reforzar el Derecho y, en definitiva, a

restablecer la autoridad. Pero no debemos engañarnos. En el momento mismo que et primer

vagido político de la ceremonia salió de la boca del ministro de Justicia, quedaba claro que el

crítico informe del fiscal general del Estado no era el resultado de una reconsideración

institucional, sino un grito aislado de alarma. Sin duda el fiscal general del Estado ha llegado al

límite y ha preferido conmover desde la aplastante acusación de las cifras y amparado en el

digno silencio de la Justicia, víctima primera del desmadre político.

Sólo el senado judicial agradeció el reconocimiento amargo que el fiscal general del Estado

hacía de la degradación pública. Los senados políticos van por las trochas ideológicas de la

llamada «justicia democrática».

Una parte del problema la compendió Gonzalo Fernández de la Mora al escribir, en su

excelente ensayo político «La partitocracia», que «los líderes no se contentan con durar; tratan

de ser cada día más poderosos. Los dirigentes de los partidos superan en autocratismo a los

propios titulares del poder político». Fernández de la Mora se apoya en una cita oportuna de

Michels: «Las masas están mucho más sometidas a sus líderes que a sus gobiernos, y

soportan en aquéllos los abusos de poder que no tolerarían en los últimos.» Pero el problema

se agrava extraordinariamente si, como sucede en España, más lejos todavía que Italia en el

proceso degenerativo de la democracia, llega un momento en que la confusión y el enredo

hacen prácticamente imposible la distinción entre los líderes dé los partidos, o dictadura

caciquil con el Gobierno, transformado en tosca, ruda y tramposa plataforma de podar

oligárquico, o despotismo partítocrátíco.

La cuestión se complica aún más y se hace insoportable para el pueblo cuando et aparato

constitucional y, en definitiva, la estructura del Estado, son contrahechos en beneficio del

manijero del transformismo partitocrático. Lo anticipó Jesús Fueyo en La vuelta délosbudas,

cuya lectura se hace más alucinante con el discurrir de la descomposición moral y política de la

humanidad hacia la inminente catástrofe cósmica. En El universo democrático puede leerse,

con trémolos de admonición: «Por los días que corren ninguna personalidad es efectiva, sino

se viste de personaje. La personalidad ha dejado de ser un fenómeno espiritual; ahora es, por

esencia, suceso social. El renombre, un efecto mecánico de titulares, pantallas, anuncios,

carteles y discos, una onda luminosa que se proyecta lo mismo sobre la erótica de las

princesas que proclama la religión de los boxeadores; tal es el nuevo genio-de la

personalidad.» ¿Comprenden ahora cuál es la explicación de lo que algunos empleados de la

«personalización democrática» de Suárez han denominado «el tirón del presi»?

A ese criterio responde la «teoría del abrazo» y la desquiciada política exterior, la cual no se

concreta a partir de los intereses políticos de España, ni tan siquiera del eufémico «Estado

español», sino en razón de las necesidades publicitarias de «reforzamiento de la personalidad»

del presidente •del Gobierno (?), tas cuales requieren la creación del «suceso; social».

El abrazo y el beso de Suárez a la «princesa roja» de Nicaragua, Violeta Chamorro, contiene

todos los recursos de la «plástica del personaje» o del «cruce híbrido de lo figurativo y lo

significativo», incluso la incitación al subjetivismo erótico.

Uno de los principales vicios que subnormalizan la Constitución procede, precisamente, de las

dosfundamentales insuficiencias del actual «universo democrático», o consolidación

degenerativa del despotismo partitocrático: la falta de espíritu y la gran escasez de

pensamiento. Es la consecuencia inevitable de la aberración au-tocrática, llevada al extremo

del «personajismo» oligárquico. La compinchería como sistema ha desfondado de posibilismo

institucional al mecanismo transformista gitaneado por Suárez. Era irremediable, por tanto, que

la esperanza de democracia con autoridad, o desde la autoridad, degenerase en arbitrariedad

autocrática. El poder del Estado es concebido por sus asaltantes como mera permanencia en el

disfrute, mientras la democracia se deshilacha en permisividad para los más osados, los más

audaces, los más fuertes y los más desalmados. En el cáustico informe del fiscal general del

Estado creo ver implícita esa lección.

El autocratismo partitocrático necesitaba eliminar cualquier riesgo de contradicción. De ahí

proviene la calculada maniobra de sustraer a la Jefatura del Estado cualquier resquicio de

autoridad efectiva. La Constitución sirvió gara despojar al Jefe del Estado de sus

indispensables atributos de autoridad. La absurda e insostenible definición de «Monarquía

parlamentaria» escondía el propósito de interferir el despotismo partitocrático entre el pueblo y

el Rey, dejando inermes a ambos.

Ismael MEDINA

 

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