Autor: García Serrano, Rafael. 
   Cortesía en el Congreso     
 
 El Alcázar.    21/09/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

CORTESÍA EN EL CONGRESO

JUEVES, 20 DE SETIEMBRE (79). —Don Landelino es un señor muy fino...

Por favor, no estoy iniciando un cuplé, por mucho que lo parezca.

Me estoy refiriendo concretamente a don Landelino Lavilla, así queda más completo,

presidente del Congreso de los Diputados, así queda redondo, y a su intervención en la sesión

de ayer.

Ayer por la mañana asesinaron en Bilbo (o sea Bilbao en versión de Sabino AranaGoiri) al

coronel de Caballería, don Arturo Pérez Zamora, y al comandante de Infantería, don Julián

Ezquerro Serrano, a la vez que dejaban maltrecho al soldado conductor del coche que los

llevaba, un muchacho de veintiún años, don Gustavo Pérez Domínguez. Los asesinos, como es

de reglamento, se supone que eran etarras y como también es protocolario consiguieron huir.

Hasta aquí no hay nada de particular; todo resulta corriente, habitual, acostumbrado, sin el

menor resquicio a la sorpresa.

Como en el primer telediario no se dio información gráfica del alentado me asomé a ver el

segundo. Tuve, pues, ocasión de escuchar lo que había dicho don Landelino, estirado, solemne

y pericompuesto, desde su tropillo presidencial. Lo que escuché y vi me dejó estupefacto, más

lo que escuché que lo que vi. El señor presidente del Congreso se lamentó, una vez más, del

acto terrorista cotidiano. Tiene costumbre. Pronto lo hará de corrido como el «confitear» de los

monaguillos anteconciliares. Creo que incluso pronunció alguna frase condolida y amable para

el Ejército. Inmediatamente después recordó el reciente fallecimiento del diputado del PSOE

don Baldomcro Lozano, un hombre joven a quien lamuerte, de manera imprevista, ha

arrebatado a su partido y a su familia. Es de rigor y muy justo ensalzar la memoria de un padre

de la Patria que desaparece cuando de él.

Según he podido deducir por la prensa, podían esperarse óptimos frutos. En vista de todo ello,

don Landelfno Lavilla invitó a los diputados y ministros en presencia, a ponerse en pie para

guardar un minuto de silencio «por nuestro compañero muerto».

No he debido enterarme bien —advertí a los míos—. Yo me río mucho del finolis de Landelino,

pero su misma cursilería, torrencial, oceánica, le incapacita para la indiscreción. Es un

redomado discreto, exquisito «malgre lui», claro es que desde que Pavía perdió e) caballo ha

podido cambiar el hombre.

Así es que me puse a telefonear a quien podía informarme y resultó que sí, que había oído

bien, que en una jornada como la de ayer, con sangre en el frente Norte, don Landelino había

lamentado la muerte de dos jefes, la gravedad de un soldado, los tres en acto de servicio y por

el fuego y el plomo enemigos, y con ello había cerrado el capítulo de honras militares. El minuto

de silencio había sido dedicado exclusivamente a don Baldomero Lozano, su compañero,

«nuestro compañero». Ante la muerte también hay tarifa parlamentaria.

Estimo que el diputado muerto merecía ese tributo. Y también el coronel y el comandante, junto

con el diputado, o antes, o después, a elegir. Pero se me ocurrió pensar que con el quehacer

inaplazable que abruma al Congreso no podían perderse uno o dos minutos más en honor de

dos caídos frente a un adversario ruin, aunque menos ruin que todo un Congreso mezquino,

cicatero, zafio, con su presidente a la cabeza, y todo eso me dolía y me irritaba, incluso por el

propio Congreso, estantigua tan poco estimable y digna de veneración dentro de mi criterio

político; incluso por el propio Landelino, ese democristiano de catálogo, cuya condición

cristiana debería ensanchar su corazón, pero lo enfría y lo estrecha como a un cacho de

abadejo. Soy hombre que respétala muerte y sabe valorarla. Soy hombre que con la pluma ha

rendido honores a sus enemigos muertos. Debo confesar que me he pasado la noche odiando

Al levantarme hoy, sin embargo, me he arrepentido de mis sentimientos, porque considero a la

luz de la mañana que al fin y-al cabo pocas ocasiones tendrán los diputados de honrar a

compañeros muertos, si bien se mira los militares son muchos y los diputados pocos, y dado el

exceso de trabajo que recae sobre sus espaldas de atlantes, el peso de sus problemas y su

constante laborar por nuestro bien, es natural que desdeñen perder un minuto, y de silencio,

cpn lo charlatanes y dicharacheros que son sus señorías en los pasillos, algo menos en el

hemiciclo, y la concentración que de sus mentes exige el leer el periódico en los escaños,

escribir a su clientela, echar la siestecita, darse palmadas en la espalda, contarse el último

chiste y estar atentos al jefe de fila para no equivocarse a la hora de votar, que es cosa difícil, y

más con la electrónica. Después de todo a los militares se les paga para que mueran y lo mejor

es despachar pronto el protocolo funeral en todos sus grados, desde tas exequias a los

entierros pasando por los discursos. No es cosa, por otra parte, de pasarse la vida en pie.

Pueden salirles varices o ponérseles los pies planos, o simplemente enviciarse

Don Landelino es, pues, un señor muy fino y muy ocupado. En eso estamos. Yo, que ni soy

fino ni tengo apenas trabajo, he rezado ya por los dos soldados muertos, por la curación del

herido y también por el diputado del PSOE.

Algún día, quizás, alguien pondrá en pie a estos caballeros y a su presidente y no por la muerte

de un diputado. Somos muchos a opinar que Congreso viene de congrio.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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