Autor: García Serrano, Rafael. 
   El vacío     
 
 El Alcázar.    26/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL VACIO

MARTES, 25 DE SEPTIEMBRE (79).

Reconozco que me conmovió la repetida intervención del señor Rodríguez Sahagún en la

ventanita televisora. Puede que yo me haga un lío, pero lo que dijo en San Sebastián lo había

ya soltado —no sé si en forma de nota a los periodistas que acudieron a despedirle— en

Madrid, bien en Barajas, en su despacho o por medio de su gabinete de Prensa. Lo importante

es lo que quiso decir, no el número de veces que lo dijera, ni los medios empleados para ello.

La política es el arte de la repetición, por lo menos hasta que los propios políticos se aprendan

lo que dicen. Bien. Lo grave es que el señor Rodríguez Sahagún no dijo nada, y que en medio

de la perorata que yo le oí, el reportero de TVE le preguntó: • —«¿Y qué diría usted a los

españoles sobre el terrorismo?»

O algo así —ni tomé nota, ni disfruto de gran memoria, ni tengo grabadora, ni, si la tuviera,

sería capaz de manejarla, porque mi torpeza manual llega al extremo de no saber encender la

radio—, tan espeluznante, tan surrealista, tan volatinero, que me hizo-pensar que hasta el

momento las palabras del señor ministro de Defensa habían sido un prólogo para ingleses,

para franceses, para italianos, para batusis, o cosa por el estilo.

A mí me dio por pensar que la dialéctica del señor Rodríguez Sahagún acaso sea buena para

vender un tapiz persa o un cuadro de Viola, pero que no sirve ni para sosegar a los españoles

de cara al terrorismo, ni mucho menos para conducirlos a hacerle frente. Su melancólica

proposición política se reducía a una filosofía de jornada de mercado en Segovia: «Mal de

muchos consuelo de UCD.» En el fondo trazó un programa de resignación cristiana, de ponga

usted la otra mejilla y vaya bajándose los pantalones por si fuera necesario satisfacer las

exigencias de los componentes de determinado grupo de «marginados». También solicitó «fe y

seguridad», milagro que nadie está en condiciones de ofrecer al señor Sahagún y su jefe, dado

que casi coincidiendo con los atentados, o entre las exequias fúnebres de Bilbao y las de San

Sebastián, el Gobierno de que el señor Sahagún forma parte puso en libertad, por módico

precio, a una porción de colaboradores del terrorismo que se alojaban en la cárcel maketa de

Soria, y que el señor Suárez es directamente responsable, con todo el Parlamento a sus pies,

de la demencial amnistía que colocó en la calle, incluso con premios en metálico, a un buen

montón de asesinos. El pueblo llano piensa si estos gestos y quienes los hicieron no deben ser

calificados de cómplices del terrorismo.

Mientras en San Sebastián acababan de oírse gritos hostiles a España, y el grito pagano de los

circos — «¡ETA, mátalos!»— al paso del ataúd del general González Valles y de los que lo

acompañaban, en torno al Cuartel General del Ejército, orilla de la Cibeles madrileña, y con

visible repugnancia por parte de los agentes de la Policía Nacional, se cargaba contra una

manifestación antiterrorista en la que abundaban las mujeres de militares. Energía a lo Allende,

buen maestro, y tortitas de nata para Castells, Letamendía y Monzón, amén del chupa-chups

del Estatuto para el nene Garaicoechea. Corrían rumores de la borrascosa sesión dominical en

la Moncloa y se repetía la frase atribuida a un personaje muy silencioso en los últimos tiempos

que, antes que nadie abriera la boca, clamaba: «A ninguno de éstos les hagas caso.

¡El Ejército está contigo!»

¿Será posible? No me lo creo.

Como si el Ejército fuese una cohorte pretoriana al servicio de un presidente de Gobierno, y no

de España, incluso desde el punto de vista de la Constitución más torpe y necia del mundo,

que es la del consenso.

En suma, que el señor Rodríguez Sahagún se dispone a largas jornadas funerales con su

mejor ánimo, honorablemente demostrado en un país presa del miedo, y que por resabios del

oficio, queriéndonos vender «La batalla de Bailen», nos colocó «Los desastres de la guerra» y

de paso «Los fusilamientos de la Moncloa», sólo que por la espalda, en pleno día y apuntando

a la nuca.

Tiene buena voluntad el buen señor, pero no es un político, sino un marchante. Me pregunto:

«¿Alguien sería capaz de más?»

Me temo que no. Ese es el techo de una época enana.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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