Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Una democracia humana     
 
 El Alcázar.    01/09/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

UNA DEMOCRACIA HUMANA

EXPLICAR todo lo que le ocurre al hombre de nuestros días como la consecuencia de una contienda

entre Oriente y Occidente, entre socialismo y capitalismo, es peor que una falsedad; es una verdad a

medias. Muy posiblemente, para socialistas y capitalistas todo se reduzca a eso y lo demás les tenga sin

cuidado, pero tanto a la realidad presente como a la Historia, esa teoría (es resulta estrecha. De puro

estrecha, injusta. (Habría que olvidar tanto! Habría que olvidar casi todo lo que ha sido y lo que es para

aceptar una explicación semejante.

HE aquí algunas cosas que habría que olvidar. La primera, que hace siglos vienen luchando sobre la piel

de Europa, y luego sobre la piel de América/dos civilizaciones contrapuestas desde la raíz. Para los

pueblos nórdicos, el ideal es ajustar el hombre a las leyes de la naturaleza; para los pueblos

mediterráneos, el ideal es ajustar la naturaleza, la sociedad a la medida del hombre. Ese debate sigue en

pie, aunque no lo parezca por la debilidad de uno de los contendientes.

La suprema ley política de los pueblos del Norte es que gobiernen la sociedad los más fuertes; la ley

suprema de los pueblos mediterráneos es que queden protegidos los más débiles. En el Norte, la sociedad

es un campo acotado para la libre competición y el contraste de las fuerzas, mientras el poder es imperio;

en el Sur, la sociedad es una plaza para la convivencia, mientras el poder es servicio al orden y a la

justicia.

LA llamada democracia occidental, y que más propiamente debiera llamarse, tanto en Europa como en

América, democracia nórdica, no se entiende si no se la ve como producto último de una civilización que

tuvo por primer hecho natural el de la fuerza y se esforzó en erigirla como fuente de derecho.

La guerra es un hecho legítimo y no necesita mayor explicación el sometimiento de un pueblo débil por

un pueblo fuerte. Partiendo de ahí, se comprende que el torneo, entendido como juicio de Dios, fuese un

importante avance sociológico; el derramamiento de la sangre de los líderes ahorraba mucha sangre y

muchas lágrimas. Y no digamos el gran paro que supuso el feudalismo, origen del pacto social, donde el

señor se comprometía a defender en la guerra a sus vasallos a cambio de explotarlos en la paz de las

siembras y las cosechas. Es la civilización que, cuando se ve amenazada por el Renacimiento

mediterráneo y por el Humanismo, proclama en la Reforma la reducción de la moral a lo íntimo de las

conciencias, mediante el libre examen; y deja al hombre sin ataduras, sin escrúpulos, para pecar

fuertemente en su acción social. ¡Nadie representa a esa civilización mejor que Lutero!

La democracia occidental, que desde luego no es occidental y habría que ver si es democracia, constituye

un gran progreso; el poder para los más numerosos. Como los burgueses son más numerosos que los

aristócratas, los aristócratas son pasados masivamente por la guillotina. Y a renglón seguido, como los

proletarios son más numerosos que los burgueses, los burgueses deben ser exterminados sin piedad.

La democracia descubre su verdadero rostro en el imperialismo del siglo XIX. Y no menos, en el

antimperialismo de los imperialistas del siglo XX, que pa-decemos en nuestros atributados días. Digan lo

que quieran, nadie representa mejor a esa civilización, después de Lutero, que Adolfo Hitler: «Si sois

sinceros, reconoced que lo que más se parece a la ley de la Naturaleza no es la lucha por el poder entre

partidos o entre clases sociales, sino entre razas.» Tan demócrata era Hitler al asesinar judíos como los

revolucionarios franceses al guillotinar nobles y los revolucionarios rusos al fusilar burgueses. El actual

reparto del mundo en zonas de influencia, el sometimiento de los pueblos débiles a los poderosos, de

Nüremberg, el derecho de veto en la ONU para los vencedores en la guerra, son productos típicos de la

filosofía de una civilización, a la que los romanos llamaron bárbara.

ENTRETANTO, la nuestra, la civilización del hombre, no se entiende sino como el gran esfuerzo de

humanización de la sociedad y la vida. A través de su aventura histórica, el Mediterráneo se lo disputan

los intentos por concretar una ley superior que deje al hombre a salvo de la violencia de la Naturaleza.

De ahí, el invento grandioso de la ciudad. Todo, en la Grecia clásica, estaba construido sobre el módulo

del cuerpo humano; hasta los mismos dioses tenían su dimensión, sus pasiones. Allí la democracia quiso

ser la política á escala de la persona y evitar que el pueblo dejara de sentirse humano al masificarse.

En Egipto se viaja al más allá con todo lo necesario para subsistir porque el cielo tiene que parecerse

mucho a la vida en el mundo, las grandes pirámides, como los embalsamientos tratan de aislar al difunto

de la acción aniquiladora de la Naturaleza. Hasta en los ritos bestiales de los pueblos más primitivos, la

ofrenda de sangre humana es un intento de humanizar a los dioses. El deber de la hospitali-dad es la ley

común al Mediterráneo entero, y faltar a ella merece el peor castigo, como nos relatan las dos grandes

epopeyas homéricas y toda la mitología délos helenos, los árabes o los judíos, Roma hace su imperio

sobre el Derecho, que trata de igualar en el orden y la justicia a todos los habitantes del mundo conocido.

Sólo en nuestra civilización pudo darse el hecho portentoso de que Dios se hiciera hombre. A partir del

Cristianismo, conformación de la convivencia en el amor, surge la polémica histórica con las culturas de

la Naturaleza y de la fuerza. Desde entonces sufrimos la invasión de los bárbaros. No cabe la menor duda

de que la religión del amor nos debilitaba físicamente ante los seguidores de la violencia.

COSAS como las antedichas ocurren al margen de la lucha entre capitalismo y socialismo. Hay más,

mucho más que eso. Por ejemplo, en Europa y en América hay una civilización oprimida, a la que no se

consiente vivir y desarrollarse de acuerdo con su propia conciencia, con su propia mente. Dicen que nos

liberan, pero saben que nos someten, al imponernos su democracia. No soportamos por mucho tiempo la

concepción de la sociedad como un campo acotado para la guerra, que es el más inhumano de los hechos

del hombre. En el fondo eso es lo que nos pasa a los españoles, estos días.

Joaquín AGUIRREBELLVER

 

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