Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Hacia la Guerra de las Nacionalidades     
 
 El Alcázar.    23/08/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

23-agosto-197*>

HACIA LA GUERRA DE LAS NACIONALIDADES

CARLOS Garaicoechea se ha desnudado espiritualmente ante Pilar Urbano. La entrevista tiene un aire«

delicioso de promiscuidad confesional. Pero no es la proximidad religiosa ante Carlos—«el libro que más

me ha influido es el Evangelio»— y Pilar «se ha santia-guado Carlos Garaicoechea al anunciarle yo una

preguntita con aristas» lo que me interesa de esta amistosa mano echada al «kinkikari» en un momento

crítico de credibilidad. No discuto a Garaicoechea sus cualidades de nadador. De buenos nadadores está

repleta la llamada «generación del Rey» de la que Adolfo Suarez puede ser presentado como prototipo

inigualable. Era natural que Carlos y Adolfo se entendieran tan bien sobre el mostrador de la Moncloa.

Incluso en materia de sillones. Pilar Urbano nos descubre el secreto del feliz resultado de los trapícheos

estatutarios de la Moncloa: Carlos Garaicoechea es el Adolfo Suárez del centrismo oportunista hacia el

que han derivado los biznietos del paranoico Sabino Arana, inventor del nacionalismo vizcaíno.

Además de estar influido por el Evangelio, de santiguarse ante la pregunta atrevidilla, de no hacer ascos a

Marx, de ser un navarro converso al vasquismo decimonónico y romanticoide y de tener una empanada

mental de difícil solución, el bueno de Carlos Garaicoechea está deslumhrado por las leyes viejas:

«Cuando me voy —suspira Pilar Urbano—, como obsequio de una amistad que empieza, me da un

hermoso ejemplar de "Los Fueros"..., dedicado allí mismo, con mi pluma, ¡en euskera!» Comprendo que

a Pilar le asombre tanto que Carlos le dedique el libro nada menos que jen euskera I y que salpique la

entrevista con vocablos del esperanto euskeriko, los cuales distribuidos así, como simiente tirada al voleo,

suenan a exorcismos. ¿Y acaso no es este artificioso euskera de laboratorio, ininteligible para los

auténticos vascohablantes, un calculado exorcismo político, instrumentado como soporte de un falso

nacionalismo, bajo el que cabalga, roja de sangre y de servidumbre, la revolución marxiste?

El ejemplar que poseo de «El Fuero de Cuenca» está dedicado en muy correcto y hermoso español, pues

gracias a Dios, Federico Muelas dejó entre mi gente excelente surco de buen decir y escribir. Ni por

ensoñación hubiese pergueñado la dedicatoria mi buen codiocesano —Cuenca sigue siendo diócesis antes

que provincia—, en el lenguaje robusto y vitalmente avinado de los serranos ibéricos, que suelen decir,

como el tío Regtievos, rítulo por rótulo y carambelo por caramelo. Iguálito que et emplasto e´uskerico

fabricado en laboratorio marxiste con fines políticos. ¿Qué dirían los señoritangos de UCD y los zánganos

que pululan alrededor del ferial de la Moncloa, si los conquenses saliéramos a la plaza política, escopeta

lobera en ristre, para reclamar la nacionalidad o diocesanidad a que nos da derecho, en plenitud histórica.

«El Fuero de Cuenca»? Comenzarían por encresparse los socialistas acusándonos de romper la fraternidad

de la autonomía manchega o de Castilla la Nueva. Seguirían los comunistas, atribuyéndonos la malévola

intención ultraderechista o preconciliar de destruir la naciente y potreada democracia suarista.

Y terminarían los de UCD por ver en n osos tros supervivencias de la «nefanda dictadura franquista» en

la que la mayoría de ellos prosperó o hicieron su fortuna política. Sin embargo, tanta o mayor solera que

los fueros invocados por Carlos Garaicoechea, tiene « El Fuero de Cuenca». La única diferencia consiste

en que los conquenses poseemos un agudo sentido del ridículo y ni por asomo se nos ocurre entronizar,

igual que si fuera un San Leño ibérico, a uno de los hermosos y antiquísimos chopos que arrullan los

sueños y los duelos en las hoces del Huécar y del Júcar. Ni exigimos al Rey que vaya debajo de uno de

ellos a jurar un fuero que es una hermosa e imborrable reliquia jurídica del Derecho español, subvertida

por el derecho napoleónico durante el período borbónico. Mis diocesanos han sabido en todo tiempo

cómo tratar a los Reyes, sin necesidad de tales ceremonias folklóricas. Todo ha dependido del

comportamiento de los Reyes en relación con sus deberes para con España y con el pueblo.

Esta historia de la fidelidad a los fueros que exhiben los nacionalistas vascos y su rama terrorista, no pasa

de constituir puro teatro político. Con un lenguaje tecnocrático, Carlos Garaicoechea viene a decirle a

Pilar Urbano lo mismo que el catalanista Robert Gutiérrez —¡jobar que tradición!—, en la reunión de los

«partidos independentis-tas de Europa», celebrada en Bastía, con asistencia de representantes del PNV —

¡no faltaría más!— y de Convergencia Democrática de Cataluña. Ha establecido el tal Gutiérrez: «... La

autonomía es un primer paso en el camino del total autogobierno, en el marco del derecho inalienable a la

autodeterminación que asiste a todos los pueblos del mundo, independientemente de su extensión,

población, raza o credenciales.»

No distan mucho de las tesis inequívocas del Robert Gutiérrez las sostenidas por Carlos Garaicoechea.

Su ideal consiste en meter a Navarra en una federación vascónica, la cual se integraría a su vez en una

confederación bajo la Corona. El «kinkikari» se desliza así hacia una tesis carente de novedad. Cuando

gobernaba todavía don Carlos Arias, circuló por el moribundo Consejo Nacional un proyecto de reforma

de las Leyes Fundamentales que concebía la Monarquía como una especie de Confederación de todos los

reinos, principados, condados y señoríos, casi tal cual a como figuran en las capitulaciones de Tordesillas.

Creo que Fraga podría ilustrar mejor que yo sobre aquella iniciativa, mucho más historicista, y confirmar

el fervoroso retorno a los orígenes que la actual patochada moncloaca de las «nacionalidades». Al leer

aquello, el entonces jerarca del Movimiento, carnerada Adolfo Suárez, se subió por las paredes y clamó

contra lo que consideraba una traición a la sagrada e intangible unidad de España y a la coherencia de las

Leyes Fundamentales. No cabe duda, sin embargo, que las misteriosas pócimas estorilenses poseen una

extraña fuerza para cambiar humores, creencias, fidelidades y hasta juramentos.

No se puede romper impunemente el proceso natural y la inercia de cuatro siglos de Historia nacional

unitaria. La reacción excitada de Rojas Marcos frente a las autonomías insolidarias y provincianas de

vasquistas y catalanistas, nace de una tendencia biológica hacia lo inevitable: la guerra de las

nacionalidades. La guerra por el ser o no ser de España no es un fantasma indefinible sino una amenaza

inminente.

Ismael MEDINA

 

< Volver