Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   El derecho a la invasión     
 
 El Alcázar.    02/02/1979.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

2-febrero-1979

EL PARLAMENTO

EL DERECHO A LA INVASIÓN

NO es que Marcelino Oreja diga a todo que si. Sólo una visión superficial y vana podría acusar a

Marcelino Oreja de indecente chaqueteo en política exterior, de agarrarse a su cargo como el despeñado

se aferra a un matojo, y de otras simplezas. Porque es cierto que hasta ayer mismo Marcelino Oreja se

enfrentaba a los socialistas defendiendo una política tradicional de no intervención en los asuntos de otros

países y es, asimismo, cierto que ha pasado a defender una política socialista de intervención en los

asuntos de otros países. Cierto. Cualquier espectador de televisión pudo ver cómo Marcelino Oreja

asentía mientras el presidente Suárez afirmaba ante el Consejo de Europa que existe la obligación de

intervenir cuando en esos «otros países» se están vulnerando los Derechos Humanos. No cabe la menor

duda de que Marcelino Oreja asentía, con evidentes muestras de complacencia, ante aquello mismo que

ayer condenaba.

PERO son las cosas las que han cambiado, las cosas, y han cambiado de tal modo que sería imposible

seguir anclado en medio de la mar océana. Es lógico que defienda la doctrina de la no intervención un

país que hace cuestión de dignidad que en sus asuntos internos no se mete nadie, pero, ¿no es menos

lógico que cambie de doctrina cuando ha olvidado la dignidad?

En otras palabras; ya que esto es el puerto de Arrebatacapas, ya que aquí mete mano todo el mundo, ya

que la verdadera decisión de los asuntos de España no está en manos de los españoles, sino de

internacionales y multinacionales, ya que estamos arruinando nuestra economía para no causar

preocupaciones a Europa, ya que estamos cerrando nuestras empresas y creando una legión de parados

para que los americanos puedan comprar a buen precio, ya que estamos mimando al terrorismo no vaya a

enfadarse Rusia, ya que esto es de cualquiera, menos nuestro, al menos, señores, intervengamos lo poco

que se pueda en los asuntos internos de los demás; siempre que se trate, claro, de pequeños países que

estén asediados por los poderosos. Razonable, ¿no? Cuando menos, reconózcanlo, realista.

OTRA cosa es que, ante el televisor, muchos españoles sintieran vergüenza, sintieran asco y hasta

sintieran ira. ¿Cómo puede oírse con paciencia que se nos exija la intervención en la política americana al

servicio de los mismos que nos echaron de allí, que nos persiguieron allí, que nos difamaron allí, de los

mismos que no quieren que América levante la cabeza ni la levante España, los mismos que, so pretexto

de defender los Derechos Humanos, están inyectando terrorismo en América y en España, los mismos,

nuestros enemigos de siempre, ayer como hoy, imponiéndonos la traición a los pueblos de nuestra sangre

y nuestra lengua?

POR un momento pensé que el presidente Suárez iba a responder cantando la soberanía de los trescientos

millones, pensé que pensaría en España y en América, por un momento. No fue así. Suárez se puso

nervioso como el mayoral al que el amo pide cuentas de la sumisión de los braceros de la finca y dijo que

estábamos haciendo lo posible, echó por delante al Rey, presentándolo como un embajador de la

democracia europea, y dio a entender que sus viajes y los viajes reales por aquellas tierras obedecían a un

reparto de papeles en la misión intervencionista. Juzguen ustedes la gravedad del tema.

Aunque para juzgar es preciso haber estado allí. América es alérgica a todo intervencionismo justamente

porque el intervencionismo la tiene sujeta y postrada. Esa confesión que Suárez hizo en el Consejo de

Europa nos cierra las puertas, esa declaración de intenciones nos desarma ante unos países que quedan

facultados pato pedirnos cuentas y hacernos declarar los propósitos antes de que pisemos tierra

americana. En resumen, que a cambio de una sonrisa europea hemos puesto en peligro toda nuestra fuerza

moral como civilizadores y como hermanos

EL intervencionismo a cuenta de los Derechos Humanos es una locura dialéctica, una insensatez

soberana. Pensemos que, con el discurso de Suárez, todos los países del mundo han obtenido el

reconocimiento de su derecho a intervenir en España. A cuenta de los Derechos Humanos, el

imperialismo comunista está legitimado para pagar terrorismo en el País Vasco, pretextando que hay allí

unos hombres que odian a su patria y que se consideran oprimidos por ella, cosa ésta que quedará probada

con la simple lectura del «Diario de sesiones» de cualquiera de las cámaras, donde España es agredida

cotidianamente; a cuenta de los Derechos Humanos, el imperialismo capitalista está legitimado para

intervenir ante el hecho de todo un pueblo sometido por el terror de las metralletas, privado de la libertad

y sin derecho a la vida.

PORQUE, señor presidente Suárez, ¿quién ha dicho que en España se respetan los Derechos Humanos?

Aquí se encuentran vulnerados todos, todos. Sólo los criminales, sólo los terroristas, los tienen

asegurados. El resto de los españoles estamos sometidos a la amenaza, al chantaje, a la incertidumbre de

si seremos baleados mañana; el único consuelo que nos queda es que nuestros asesinos y los asesinos de

la libertad de España tendrán derecho a un abogado, no sufrirán ante el temor a la soga del verdugo y

ningún policía llevado de su indignación se atreverá a levantarles la mano en la comisaría del distrito.

Poco consuelo es. Sabido esto, sabido que las más altas jerarquías de nuestra Nación defienden el

intervencionismo, sabido que prácticamente lo están ejercitando, por confesión propia, en los países

americanos, todos han adquirido el derecho a invadirnos cuando les dé la gana. No será el primer caso.

Véanse los motivos de Napoleón para conquistar España por las armas y se puede comprobar que son

exactamente los mismos.

PERO no tiene la culpa Marcelino Oreja, ni Suárez, ni... La culpa la tenemos nosotros, por cobardes.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

 

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