Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Política anticatólica     
 
 El Alcázar.    31/01/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

POLÍTICA ANTICATÓLICA

Crónica de España

UNA nota difundida por AFA (Asociación Familiar) reclama de los partidos políticos que

clarifiquen de manera inequívoca su posición respecto de las cuestiones fundamentales que

afectan a la familia, entre ellos, la libertad de enseñanza. Esta exigencia de AFA se produce a

renglón seguido de un confuso congreso familiarista promovido bajo los auspicios del Ministerio

de Cultura. La petición de AFA es coherente con la claridad requerida por la democracia y con

la posición ya inequívoca de la Iglesia en todas esas materias.

Actitudes como las de AFA están adquiriendo un gran vigor a medida que se cumple el

programado Juan Pablo II en México. Pese a la política ocultista del Gobierno y de los partidos

que integran el Frente Popular Ampliado, y muy a pesar también de los torpes intentos de

manipulación de algunos curas-periodistas suficientemente conocidos, no caben ya dudas

sobre la enérgica reivindicación de la más pura ortodoxia que caracteriza el pontificado de Juan

Pablo II. Pero esta certeza conduce a otra, no menos iluminadora: la mayor cercanía ideológica

de la política de Suárez a los supuestos de un Estado socialista que a los principios católicos

ratificados por el Papa. La filosofía que impregna la Constitución no es cristiana, sino que nace

de una aceptación del materialismo dialéctico. No es ambigua, sino que bajo una apariencia

formal de indiferencia alberga una neta toma de partido hacia el posibilismo de las opciones

marxistas.

Todo aquello que el Papa condena viene admitido en la Constitución como una válida opción

de derecho. A Cristo le importa esencialmente el hombre. El hombre como sujeto de salvación.

El hombre como portador de una plena dimensión de libertad. El hombre como persona que

asume un código exigente de derechos y obligaciones para con Dios, consigo mismo y con el

prójimo. Juan Pablo II ha vuelto a levantar gozosamente la bandera del hombre como centro

insustituible del sistema, ante la mirada irascible de las minorías neoclericales y marxistizadas.

El Vicario de Cristo ha restablecido la dignidad espiritual del hombre y la dimensión de su

compromiso religioso, frente a las ideologías y las meras estructuras de poder que convierten al

hombre en esclavo del sistema. Juan Pablo II, el Papa llegado a la Silla de Pedro desde la

opresión comunista, ha sustraído al hombre de la manipulación aherrojadota de la dialéctica

materialista, sea liberal o marxista. El catolicismo está por encima de las ideologías y de las

concreciones políticas. Pero, además de ello, el catolicismo no es identificable, no es

verdades esenciales.

Acabo de terminar la lectura de «La senda constitucional», el libro recién aparecido de Gabriel

Elorriaga. A través de sus líneas y de su peculiar ironía gallega no es difícil redescubrir el hilo

del proceso constituyente. La elaboración constitucional no fue en realidad un forcejeo y una

transacción final. Fue una dimisión permanente ante la presión de los partidos marxistas.

Concretó a través de sus diversas etapas una entrega en toda la línea. Ningún valor

fundamental religioso o nacional fue defendido con la debida energía. La reactualización del

espectáculo invita a admitir que en vez de a la elaboración de un proyecto constitucional se

asistía a la mera formalización de un pacto precedente. Julio Rodríguez, en un artículo

espléndido, escrito casi al filo de la muerte, nos explica con sobrecogedora lucidez la

personalidad acomodaticia de Adolfo Suárez. Aparece Suárez como un hombre carente de

convicciones, preocupado exclusivamente de escalar los peldaños del poder y de la fortuna.

Sólo un personaje político como el descrito por Julio Rodríguez desde el umbral de la muerte,

podría protagonizar una entrega del catolicismo y de la españolidad a la insanable voracidad

revanchista de las instancias materialistas. Remedando el viejo título de una novela que en su

tiempo hizo fortuna, podría decirse que la sombra de Giscard es asuarada.

Insisto en que no existe en la Constitución la ambigüedad que se le atribuye. Para defenderse

de sus efectos demoledores, un Gobierno consciente apenas podría hacer dos cosas:

dedicarse con apremio a una reforma sustancial o paralizar su desarrollo. Pero no es un

Gobierno consciente el que se agazapa tras las elecciones. Si el actual Gobierno de Suárez ha

llevado a cabo una política inequívocamente radical, si Suárez asemeja una reencarnación de

Calomarde en esta nueva etapa de afrancesamiento de los centros de decisión política, lo que

se persigue con la convocatoria anticipada y opresiva de elecciones es un resultado muy parejo

al de los Frentes Populares de los años treinta, creación aviesa del radicalismo francmasónico

a través de su implantación en el Gobierno francés.

Frente a la insistencia del Papa en la proyección espiritual del hombre, la Constitución

seculariza esa dimensión. Frente a la libertad creadora del hombre, la Constitución propone el

uniformismo socializador. Frente a los principios de la equidad y la justicia, la Constitución

consagra la voracidad expropiadora con carácter indiscriminado. Frente a la concepción de la

familia como célula fundamental de la convivencia, la Constitución abre las puertas a todos los

mecanismos creados para destruirla: la inmoralidad, la pornografía, el permisivismo, la más

feroz presión anticonceptiva, el divorcio, el aborto... Todo, en fin, lo que ha condenado

explícitamente el Papa en México. Algunos de esos aberrantes asaltos a la dignidad humana y

a su libertad ya son norma imperativa. Los restantes vendrán, igual que en Italia, a renglón

seguido de la consolidación del llamado centroizquierda como expresión institucional del

engullimiento de España por los internacionalismos materialistas.

AFA pide que los partidos se definan. Yo creo que la cosa está clara. Pero me uno a la

demanda. Las proclamaciones cristianas de algún que otro programa electoral constituye una

insolente añagaza. Sólo pueden reclamar para sí el respeto a la doctrina católica aquellas

opciones políticas que, con igual energía y claridad, la empleada por el Papa, precisen su

fidelidad a los principios exigentes que el Papa proclama y su repudio a las desviaciones que el

Papa condena.

Ismael MEDINA

 

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