Autor: Cano Portal, Luis (ESPIOTE) (SPAROS). 
   La tristeza del "snobismo"     
 
 El Alcázar.    31/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

LA TRISTEZA DEL «SNOBISMO»

NO recuerdo donde lo he leído o a través de qué medio de comunicación lo he oído. Sólo sé

que me asombré al conocer la noticia de que existían en este país, antes llamado España, la

friolera de más de doscientos partidos políticos legalizados. Inmediatamente me dije que así no

me extrañaba absolutamente nada que mi Patria hubiera entrado en barrena, y que la ruina se

hubiera enseñoreado en tan poco tiempo de lo que tan sólo hace tres años, era una floreciente

nación.

Quizá por ello tampoco me extrañaba que en el camino de ese despeñadero emprendido al

subvertirse todas las costumbres, al adulterarse todos los valores morales y éticos se

estuvieran clamando y dando toques de atención a diario sobre la unidad de las Fuerzas

Armadas, se invocara constantemente la disciplina, considerando esa unidad y esa disciplina,

como necesidad imperiosa para la supervivencia de España y mantenedora de sus valores

morales y eternos.

El año ha empezado en este aspecto de manera lamentable. La palabra disciplina está

apareciendo con demasiada frecuencia en los medios de comunicación, y me da la impresión,

de que con los comentarios, opiniones y definiciones que de ella se están dando y leyendo,

estamos llevando la confusión a la opinión del ciudadano normal, que termina preguntándose

qué es lo que en realidad se entiende por disciplina. La confusión es consecuencia natural de

esa moda liberal, pregonada por los que se dicen amantes de la libertad, afirmando que todo lo

que no sea evolucionar resulta inmovilismo, y que este inmovilismo se traduce en tristeza,

cuando lo que en realidad, verdaderamente, lo único que puede producir tristeza es el que en

determinados estamentos se intente sembrar el «snobismo», con aviesa intención de

derrumbar un pilar del orden y un sempiterno seillero de virtudes morales, pero sobre todo lo

más triste, que esto se haga... ¡por profesionales!

El «snobismo» ha llevado a que invocando lo que ellos llaman realidad socio-política, digan que

dentro de la noble profesión de las Armas, hay muchos «que sólo buscan leer lo que desean

ver escrito y que sólo conversan con las personas de su misma línea de pensamiento, lo que

les lleva necesariamente a tener tan sólo una parcial perspectiva del mundo de las ideas».

Dicho de otra forma, algo así... ¡Dios conversando con el diablo! Aparte de que mienten con

descaro inaudito los que así se expresan, lo que ocurre es que a éstos que les produce tristeza

lo que entienden por inmovilismo, han visto que sus compañeros los han marginado

despreciándolos, y esto, les produce la rabia de verse aislados, como lo fueron en todos los

tiempos de la historia aquéllos que traicionaron los ideales en que se formaron. Es a los otros,

a la mayoría abrumadora, que siendo tan democráticos ellos debieran aceptar, a los que les

produce tristeza que a unos pocos desgraciados en todo, se hayan dejado embaucar por

personajes políticos que sólo persiguen infiltrar sus ideas disolventes entre los que, rindiendo

culto a la disciplina y al honor, constituyen la institución más firme y sólida de toda nación,

incluidas las totalitarias marxistas, que una vez triunfante su idea, se apoyan en ellas.

Olvidan estos «snobistas» tan simpatizantes de la «umedad», aunque no tuvieron en su

momento valor de declararse como tales, que con esas ideas provocan la decadencia de las

que son sagradas instituciones, enfermedad moral que trajo siempre consigo en la historia

también la decadencia de las naciones. Ese «inmovilismo intelectual en materia socio-política»

de que se nos acusa a los que defendemos la pureza del culto al deber, es la medicina más

insidiosa que pudiera aplicarse a la institución castrense, porque permaneciendo oculta, no nos

damos cuenta de su mal hasta que éste ha causado ya estrago irreparable.

El ejemplo del compañerismo, de la unión, de la grandeza del alma para los más grandes fines,

al igual que el ejemplo de la virtud, de cualquier virtud, viene de más alto. El militar debe y tiene

que ser leal a sus ideales. Ideales que no llevan en sus gérmenes principios de disolución de

su propia existencia. El militar ha de ser leal a toda costa a lo que juró y prometió poniendo a

Dios por testigo. Por ello, cuando en el seno de su colectividad surgen desviados, porque no

podemos pretender que todos seamos perfectos, a esos desleales que siempre son escasa

minoría, equivocados, hay que apartarlos, ya que sus desdichados afanes evolucionistas

pueden corromper al conjunto y lo prostituyen.

La historia de España es única. No es la de las nacionalidades, no es la de los pueblos, porque

en España sólo hay un pueblo y una nacionalidad, lo que no quita, ¡ni mucho menos!, para que

dentro de esa España única existan regiones que aportaron con el esfuerzo de sus hijos

capítulos enteros a la grandeza de su historia o tienen características especiales, y hasta

singulares, como nos decía el Caudillo Franco en su despedida a los españoles, días antes de

morir y de que Dios lo acogiera en su seno.

Es evidente que las Fuerzas Armadas están al servicio de España. El que dude de ello es

porque no las conoce. Por eso resulta una tontería y una solemne imbecilidad, de las muchas

que se leen y oyen, que el deber sin límites de todo soldado está al servicio de todos los

españoles. ¡Si son de España no pueden estar a otro servicio que al de los españoles! Pero no

pueden estarlo al servicio de los que pretenden la disolución de la Nación, ni de las ideas que

nos vienen de otros países que sólo pretenden colonizarnos material y espiritualmente, cuando

no convertirnos, en satélites de sus ideas políticas.

Resulta incongruente decir que los que aman a toda la Patria se les puede tildar de traidores y

tibios en el amor a ella. Lo son, los que por afanes renovadores, por ese afán de «snobismo»

que decíamos, creen que pueden existir varias patrias. Para las Fuerzas Armadas no existe

más que España, no existen más que españoles hayan nacido en cualquier región de ella, y

guardan lealtad, y se les pide, a todos los que como tales españoles vienen a sus filas.

La comunidad de ideas es la que engendra esos afectos mutuos y que no es otra* cosa que el

compañerismo. Si las ideas se apartan o separan de esa comunidad de sentimientos deja de

ser compañerismo y se cae fatalmente en la división, que es lo más nocivo y perjudicial que

puede ocurrirle a la sociedad y a la institución.

Para mí, esa división, la que se nos intenta infiltrar, ha tenido unas causas ocultas. Se ha

atacado a sabiendas de que haciéndolo, «humedecerían» los cimientos del edificio levantado

por el espíritu militar. Ese espíritu, por algo se llama así, es impalpable, es el del amor al oficio,

único motor que arranca y provoca el entusiasmo, el único que lleva a la abnegación. Amor al,

oficio, que no puede ser la pasión que se sienta por una amante, y sí, el que se profesa a una

madre, ante la que todo se sacrifica. Esta madre para los que vestimos uniforme, es España. Y

vuelvo a repetir, la España única, y no la de unas nacionalidades, que por conveniencias

personales, a veces inconfesables, se nos quieren imponer por los políticos.

No se trata de incomprensiones, no se trata de diferencias, se trata únicamente de lealtad a un

solo ideal. El militar desea, anhela, clama y se rebela contra la incomprensión de los que

desconocen sus sentimientos y su propio espíritu. Desea más que nadie la evolución y detesta

el inmovilismo, pero ¡OJO!, la evolución de todo aquello que se refiera y conduzca al mejor

cumplimiento de su misión, exigiendo herramientas de trabajo acordes a la perfección de las

técnicas, dedicando al estudio de su profesión y conocimientos de esas técnicas, todo su

esfuerzo, porque sabe perfectamente que cada día su carrera es más compleja.

Pero si es verdaderamente profesional, de vocación entusiasta, permanecerá siempre leal a

sus ideales ya que no ignora que los procedimientos e ideas socio-políticos, no le mejoran en

nada y antes bien le pervierten y les esclavizan en la peor de las miserias. Al militar profesional

esas ideas no le descubren nada nuevo, ni siquiera en el campo de la humanística, porque él,

que trata y se desenvuelve entre hombres, sabe mejor que nadie lo que son y lo que quieren

los hombres a sus órdenes. ¿De qué le serviría avanzar en el conocimiento de esos postulados

que tanta mentira encierran, si ellos sólo sirven para matar el espíritu militar, que es elemento

tan esencial para su desarrollo como el plasma es la sangre que con ella se vivifica?

Cuando antes me refería al entusiasmo que lleva a la abnegación para todo aquel que siente el

espíritu militar, debería haber añadido la fe. Con entusiasmo y fe, esto es con lealtad al servicio

de España, no hay sacrificios ni privaciones personales que no puedan soportarse. Con esas

dos virtudes, la profesión de las Armas se hace por entero poesía. Poesía es la ilusión juvenil

que nos llama voluntariamente al servicio de la Patria, poesía es el primer uniforme que nos

endosamos, poesía es el primer galón o la primera estrella que ostentamos, poesía es el

desprecio a la muerte que se nos inculca, poesía es, en fin, el honor que rendimos a la Bandera

de España, cuya sola vista nos hace sentir escalofríos en la médula y latir con mucha más

fuerza el corazón, porque ella simboliza: honor, patria y familia. El honor, para el que es

verdaderamente militar, está por encima de todo.

Religión y Milicia son profesiones de fe sinónimas decía con otras palabras un gran poeta de la

vida, un gran español, un gran patriota, que por España y al servicio de España entregó su

vida, José Antonio Primo de Rivera, corazón y cerebro de un movimiento juvenil, que todavía

no ha muerto. Religión y Milicia son profesiones pobres de bienes materiales, pero millonarias

de espiritualidad. Quitar a las dos la solemnidad de sus actos, la ostentación de su fe, la

entrega de sus vidas, el desprecio a la muerte, el espíritu que las rodea y del que están

imbuidas, y no quedará nada de ellas. Un ilustre escritor militar del pasado siglo decía, que

cuando en la Milicia entra el apego a las prácticas civiles, se produce inexorablemente la

decadencia de las instituciones armadas, y con ella, el bienestar de los pueblos.

Y como Religión y Milicia son los verdaderos bastiones en que se asienta la paz, el orden, la

tranquilidad, el progreso y la convivencia ciudadana, sus enemigos, ésos que ahora nos hablan

de evolución político social, una vez que lograron sembrar la cizaña dentro del espíritu

religioso, pretenden sembrarla ahora también dentro del espíritu militar, habiéndonos y

escribiendo desde tribunas harto sospechosas, de la tristeza del inmovilismo, ocultando a

sabiendas, que lo único que persiguen es la desunión de las Fuerzas Armadas, con lo que yo

llamo tristeza del «snobismo».

Luis CANO PORTAL

 

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