Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
   "La inocentada"     
 
 El Alcázar.    02/01/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA INOCENTADA

Los sufridos telespectadores, que se proponían sacrificar la inocente velada del día 28 en el

altar de la cursilería dramático-danzarino-greca de la inocente pero precursora Isadora Duncan,

se encontraron con la inocentada que contra ellos había preparado RTUCD y que se perpetró a

lo largo de una hora sin alivio. Al parecer se trataba de anunciar la que nos espera económica y

socialmente para 1979 por lo cual los sufridos telespectadores recibieron la primera sorpresa y,

consecuentemente, la primera impresión de que aquel «debate en directo», que así llamaron

en la caja idiota a lo que, más atinadamente, en Pulgarcito hubiesen llamado «Diálogos para

besugos», era una incursión en la nada— cuando ninguno de los tres debateros, debatistas o

debatientes, hacía la más mínima alusión a un hecho previsto y anunciado, como es la subida

del precio internacional de algunas primordiales fuentes de energía, que provocarán otras

subidas y trastornos.

Los sentados a una caprichosa mesa, y vigilados cronométricamente por Manuel Almendros,

que también intentó infructuosamente que ejercieran-una mínima congruencia, fueron los

ciudadanos Abril Martorell, Redondo y Camacho. Abril Martorell, con la falta de control facial

que caracteriza a su, por otra parte, peculiar expresión verbal, defendió las teóricas virtudes del

Decreto-Ley, que invita a desarrollar —es un decir, por supuesto— la economía española

dentro de unos márgenes no impositivos pero sí indicativos y previsorios. Redondo no era

partidario de tales márgenes, singularmente en lo referido a los topes salariales y al tema del

paro, cuyo posible incremento no veía combatido en el Decreto. Marcelino Camacho, vestido

de circo con hombreras, además de sonreír a invisibles «fans» puso el paño al pulpito en

relación con el tema de los alquileres de los pisos sindicalistas, que se notaba que es una

fijación que le atormenta. Más o menos, los tres echaban por delante a la Constitución.

Más o menos, los tres monologaban a su aire y soltaban su rollo. Salió a relucir la inevitable

dictadura fascista y hubo sus motetes democráticos. En cualquier caso, lo que queda

mayormente claro es que podemos irnos preparando. Esta conclusión, de antemano instaurada

en el ánimo de los sufridos telespectadores elevó a la enésima potencia el carácter de

inocentada del supuesto debate, carácter ya marcado, muy orteguianamente, por las

circunstancias de tiempo y lugar. Para que no faltase nada —excepto la congruencia, qué fue la

gran ausente de la tostada hubo hasta significativos gestos involuntarios, especialmente por

parte del ciudadano Abril, que en una de sus caóticas enumeraciones manualmente reforzadas,

hizo la higa o peseta. No se supo si a los líderes sindicalistas o al país en general, pero la hizo.

El verdadero tema se soslayó, posiblemente por catastrofista para la estabilización

democrática, aunque asomase en forma demagógica de distinto signo (y hay que decir en

justicia que el ciudadano Redondo fue quien menos incurrió en demagogias, acaso por

centrarse en unas bases gremiales muy delimitadas y mínimas). El tema es la catastrófica

situación económica, que no va a enderezar el Decreto-Ley del Gobierno ni a mejorar la acción

de las minoritarias centrales sindicales, que posiblemente la empeoren, como ya se está

viendo, y que sufren, por añadidura, en estos momentos, la terrible oleada de las

desafecciones y las bajas torrenciales en la afiliación. Aunque se hacían referencias a tal

catastrófica situación —a veces bajo forma de alegato acusatorio de boquilla—, oyendo

después a los supuestos debatientes parecía que la crisis, que ahí está, era un mero fenómeno

transitorio y no un mal profundo y de cada día más difícil solución. Curiosamente, la supuesta

democracia recién instaurada parece que ha abierto una sima entre la España real —que es la

España que quiere trabajar y no la dejan—y la España oficial, que ya no abarca solamente la

esfera administrativa, sino que incluye a los partidos políticos en candelero y a las centrales

sindicales más protegidas y ala vista.

En el entratélicamente llamado «debate», hizo también su primera aparición pública la

contradicción que, en el terreno económico, encierra ese buñuelo recién sancionado con el

nombre de Constitución, que en cualquier otra parte se hubiese destacado en el análisis del

texto legal durante la fase previa a su refrendo popular. Porque además de las significativas

ausencias y de las posibles inconsecuencias constitucionales con"datos históricos que

configuran el ser nacional, la Constitución que postula una economía libre de mercado y una

economía planificada esta-talmente, todo a la vez, hace imposible una existencia nacional

congruente. Y hace que un supuesto debate sobre un asunto vital, se convierta en una

inocentada en forma de triple monólogo, incoherente en conjunto y en cada uno de los

participantes.

Los sufridos telespectadores, al cabo verdaderos representantes del pueblo soberano a fuerza

de ser sufrido pueblo soberano, sufrieron la inocentada perpetrada contra ellos y quedaron a la

expectativa de un negro porvenir. Nos quedamos, pues, como estábamos. Y para eso no

necesitábamos que nos dejasen sin Isadora-Duncan-Redgrave, o que consumiésemos

televisivamente un suplemento de energía, que, a lo mejor, hubiese evitado la subida de tarifas

del «Metro», que eso sí que es otra inocentada, pero grave.

Marcelo ARROITA-JAUREGUI

 

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