Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Crónica de una abyección     
 
 El Alcázar.    04/09/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

CRÓNICA DE LA ABYECCIÓN

EL día 8 de octubre de 1978 insertaba El País el siguiente ´ titular: «Abril Martorell: no habrá

estatuto vasco mientras persista la violencia.» Han transcurrido trece meses desde entonces.

Durante ese período corrió la sangre con abundancia e impunidad en las Vascongadas, y fuera

de ellas, ante la pasividad del Gobierno. Hubo mayor violencia que nunca durante ese período,

aún sin contar oficialmente los muertos del «Corona de Aragón» . Y ahí tenemos el Estatuto,

pactado en noches de la Moncloa y aprobado por la ponencia y la comisión correspondientes

de la Cámara de Diputados, en uno de los espectáculos más aberrantes, sucios, hipócritas y

condenables que ha conocido España desde la marcha de Fernando Vil a Bayona, para bordar

vainicas en los calzoncillos de los generales de Napoleón.

Los sucesos insurreccionales de estos días en las Vascongadas configuran la respuesta

inequívoca de la conspiración indepen-dentista a la amenaza de Fernando Abril Martorell.

Los secesionistas consiguieron todo lo que se proponían y mantienen, además, la violencia.

Pero, creo que han logrado mucho más todavía de lo previsto. No me refiero sólo al Estatuto

catalán, verdadera jugada de comerciantes. El catalanismo no ha precisado de su propio

terrorismo, salvo para vengar a la francomasonería en dos patriotas, a quienes asesinaron

dinamitándoles el corazón. El terrorismo de la ETA ganó también el Estatuto para Cataluña.

Y consiguió, finalmente, aquello que con mayor insistencia requerían desde mucho antes del

asesinato de Carrero Blanco las fuerzas internacionales sostenedoras de la confabulación

contra España: el retorno al punto en que la habían puesto los federalistas de la I República.

No me sorprende que las declaraciones de Adolfo Suárez al Diario de ¡biza, fueran hechas a

bordo de un barco con bandera británica, y, por si fuera poco, matriculado en Gibraltar.

La Providencia se vale, a veces, de pequeños datos anecdóticos para subrayar debidamente la

dimensión histórica de ciertos acontecimientos y sacar a superficie determinadas constantes

subterráneas. A la sombra de la bandera extranjera del «Brisette», Adolfo Suárez afirmó que

«es necesario hacer compatible un poder central fuerte con las autonomías plenas detodas y

cada una de las naciones que componen el marco de este Estado tan rico y variado que es

España». El presidente del Gobierno confirmó desde territorio extranjero, lo que a muchos

parecía injurioso y perseguible en boca de Garaicoechea. No mentía el dirigente secesionista

vascongado cuando de pavoneó de haberle arrancado a Suárez todo lo que se propuso.

No nos equivocamos quienes advertimos, con legítima intemperancia, la trampa mortal

escondida en la Constitución.

No existe el Estado, y menos el Estado de derecho. El Estado de derecho murió el mismo

momento en que la manipulación de la Ley de Reforma Política vació de ligitimidad al proceso

político. ¿Cómo aguardar que respetaran la Constitución, ni tan siquiera en su formalidad,

quienes concebían la Constitución como el instrumento engañoso mediante el que proceder a

la voladura de la unidad de España? Es natural que Garaicoechea, en plena efervescencia

insurreccional en Vascongadas, grite desde un balcón: «Tengo que decir con rabia contenida:

ayer murió otro vasco.» Pero la muerte de un agitador vale hoy en España mucho más que la

muerte de doscientos servidores del Estado y del pueblo, desde simples guardias a generales.

Nadie ha gritado dos días antes, y tantos y tantos otros días, desde ningún balcón del Estado:

«Tengo que decir, con rabia contenida: ayer fue asesinado por el terrorismo secesionista, otro

servidor de España.» A estos muertos, a los muertos por España, se les entierra a escondidas,

igual que si fueran incómoda carroña.

Considero necio esperar que una voz se alce en defensa de los que mueren por la Patria,

cuando el propio presidente del Gobierno proclama la inexistencia de la Patria, transmutada en

no se sabe bien qué extraña asociación de naciones. Entiendo insensato aguardar honores

para los que mueren por la Patria, pues el proceso político hace de ellos escoria de una

concepción de España que repugna a las internacionales capitalista y marxista.

El policía nacional que creyó cumplir con su deber frente a los agentes de ta insurrección

separatista, ya está arrestado. Pero andan libres los asesinos de sus compañeros y de tantos

otros hombres que amaban a España. Y andan libres también quienes están detrás del

terrorismo, se valen del terrorismo, hacen la apología de los terroristas, ultrajan a España y

hasta se declaran en guerra con ella. Si un servidor del Estado usa la pistola que le han

entregado para cumplir con las obligaciones que le enseñaron, sufre arresto, con el fin de que

los políticos puedan congraciarse con los insurrectos. Pero no serán procesados Monzón ni

Letamendía, pues a los políticos «no parece aconsejable perlas circunstancias det país» y por

el temor a «crearon necesariamente mártires». A los muertos por España no se les considera

mártires, sino pura bazofia que incomoda al abyecto y falso proceso de democratización.

No así los que se alzan insurreccionalmente contra la unidad de España. Frente a tanta

ignominia y tanta cobardía, pues de ambas muere España, no se me ocurren acusaciones

acordes y, al propio tiempo, publicables. Apenas si me resta preguntar qué extraña y nebulosa

unidad e independencia está llamada a garantizar la Ley de Defensa Nacional, cuya propia

denominación resulta absurda, pues España ha dejado de ser nación, para convertirse en el

hueco marco de un sin fin de naciones. Hago míos, en fin, los emplazamientos del coronel jefe

del Tercio Duque de Alba. Y pregunto a los que huyen por dónde cae la inevitable Covadonga.

Ismael MEDINA

Crónica de España

 

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