Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   I-El gran disparate     
 
 El Alcázar.    04/09/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL GRAN DISPARATE VASCO

POCO después de mi dimisión ministerial, recibí la Medalla de Oro de San Sebastián, que ha

sido uno de los grandes honores de mi vida. Atrás quedaba el saneamiento del Urumea, el

nuevo abastecimiento de aguas, la autopista Bilbao-Behovia, y la gran variante de la capital

guipuzcoana que, como dije en su día, era el nuevo eje que la convertía de la ciudad de la

Restauración en una ciudad moderna. En e) acto celebrado en el Ayuntamiento, frente a la

Concha y los jardines de Alderdi-Eder, dije que las Vascongadas no eran una parte más o

menos importante de España, sino que eran España misma allí presente, porque yo no

imaginaba un concepto sustancial e integral de España sin ellas. Como consecuencia de estas

palabras recibí un anónimo, no precisamente veneciano, sino más bien clerical, en el que se

me fulminaba, anunciándome que por esas palabras yo había terminado con el pueblo vasco.

Hasta ahí llegan la cerrazón, la intolerancia y et fanatismo de algunos.

Y en esa concepción integral de España y las Vascongadas me confirman, entre otros, dos

testimonios irrecusables, el de don Claudio Sánchez Albornoz y el del gran vasco que fue don

Miguel de Unamuno. El primero ha escrito: «Poseen los vascos una contextura temperamental

propia, como poseen otras distintas cada una de tes agrupaciones regionales hispanas; pero su

estructura funcional no los distingue radicalmente de los demás grupos humanos de España.

Las características, ditirámbicas o peyorativas, que se les atribuyen coinciden en su esencia

con las que constituyen la esencia de lo hispánico. Es sugestivo el paralelo entre la manera de

estar en la vida que suele definirse como típica de los españoles y la contextura vital de los

éuscaros; ese paralelo descubre el estrecho parentesco que les une. Tal coincidencia se

explica sin esfuerzo, pues ha sido en Castilla donde se ha forjado el arquetipo de lo hispánico y

lo castellano es en buena parte prolongación histórica de lo vasco.»

UNAMUNO, por su parte, decía tener la «creencia de que hay entre nosotros los vascos, y los

castellanos, una hermandad mucho mayor de la que se figuran unos y otros. Y nada quiero

decir ahora de las candorosas fantasmagorías de aquellos de mis paisanos que se meten a

fraguar nuestra historia con tanto entusiasmo y sentimentalidad como falta de sentido crítico,

que nunca, por desgracia, ha abundado en mi país donde el perjuicio es soberano, intolerante y

terco». Pero estos testimonios para muchos de los líderes vascos y sus seguidores es música

celestial, porque resultan inaceptables frente a los suyos y sus oráculos.

SIN embargo, parece innegable que sobre esta realidad histórica se superpone la del último

siglo largo que ha generado el problema que hoy tan agudamente estamos viviendo y que,

ciertamente, no lo hemos inventado nosotros, la actual generación. A la muerte del rey

Fernando Vil, tras la desdichada historia de un poder apostólico, y sobre un país en la miseria,

provocada por la invasión napoleónica y la catástrofe colonial, se encienden las guerras

carlistas. La actitud anticentralista, tradicionalista y católica militante de aquellas provincias,

provoca nada menos que tres guerras civiles. Al final de ellas, triunfa el liberalismo centralista

suavizado por las regias manos de Doña María Cristina y la inteligente acción de don Antonio

Cánovas.

EL problema tuvo un giro nuevo con la presencia de Sabino Arana, en fos primeros años de

nuestro siglo, para convertir el desencanto de las derrotas sufridas o el abrazo de Vergara en

resentimiento de aquellas tierras contra la nación de la que forman parte, y en la creación de un

hecho diferencial vasco, basado en unas peculiaridades de segundo orden y olvido de los

elementos primordiales comunes que fueron lo sustancial de su historia en los últimos cuatro

siglos. Se juntaron, pues, el resentimiento y la gran manipulación histórica para generar un

movimiento separatista que brota al impulso de circunstancias paralelas a las actuales con el

advenimiento de la Segunda República: la reducción de la fuerza centrípeta del Estado español

y la abdicación de muchas de sus potestades. La guerra yugula el problema tras la derrota de

los «gudaris» en el cinturón de hierro de Bilbao, y durante cuarenta años se le congela sin

buscarle una solución. Porque al producirse la expropiación fascista del Alzamiento Nacional,

como alguien la calificó, el Tradicionalismo vencedor en su cuarta guerra fue condenado en

gran parte al ostracismo, produciendo el rebrote del nacionalismo, vencido y lleno de vilipendio

tras la matanza del buque prisión en el puerto de Bilbao. Ahí está el origen próximo de la

situación. Después, cuando el régimen se institucionalizó y cambió, ya era tarde.

Durante mucho tiempo —y en su momento tuve ocasión de decir dónde procedía lo que era

manifiesto— se postergó un problema cuya gravedad algunos conocíamos o presentíamos.

No se podía circunscribir el problema vasco a unas pocas coordenadas. Y así, por obra de la

laxitud, relajación y falta de soluciones del Régimen volvió a brotar, como lo ha hecho, con la

implantación de la democracia, que se muestra incapaz a lo largo de cuatro años, no sólo de

darle cauce, sino de paliarlo en espera de tiempos mejores. Hoy podemos estar seguros de

que, en estos cuatro años, el tratamiento ha sido no sólo ineficaz, sino contraproducente, y que

nos hallamos en una situación cada vez más difícil. Para avalar esta afirmación bastaría

recordar los centenares de vidas españolas segadas en las provincias vascongadas, la

distorsión total de su economía, la lucha armada en las calles, las barricadas, la suplantación

del idioma español, so pretexto de una cooficialidad, ¡as jactanciosas declaraciones de los

líderes separatistas y el Estatuto de Guernica como un «trágala» impuesto al Gobierno de

España, al que me referiré en un próximo artículo.

ASI se consuma el gran disparate vasco. En un tiempo en el que se producen las grandes

unificaciones políticas y económicas, nosotros presenciamos, por obra de una desdichada

política, la desintegración de la primera gran unidad histórica de la Edad Contemporánea, que

fue España, acompañada de espectáculos bufos como el de Santiago de Compostela, cuando

se habla de intercambiar embajadores de Galicia y de Euzkadi.

SIN embargo, creo que contra los vientos de la historia es muy difícil navegar y que el proceso

de desintegración se cortará, pero es muy posible que ello suceda cuando la postración

nacional sólo pueda ofrecer a los españoles ef dilema de la España roja o de la España rota,

porque todos los que no queremos ni una ni otra no hemos sido capaces de reaccionar para

construir la España de todos, un Estado que corresponda a la España de los pueblos, y no a

los pueblos del Estado, donde España, la Patria común, ha sido vilmente destrozada y

suprimida. Una nación en orden y en paz y una sociedad que recupere el bienestar económico

del que le ha privado el delirio colectivo de los últimos tiempos.

Federico SILVA MUÑOZ

 

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