Autor: García Serrano, Rafael. 
   El flautista de Cebreros     
 
 El Alcázar.    13/09/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

EL ALCÁZAR

OPINIÓN

13 - septiembre -1979

EL FLAUTISTA DE CEBREROS

CEBRERO. (Del lat. cervarius) m. ant. Sitio áspero y quebrado preferido por las cabras monteses. Ü. m.

en Pl.

(«Diccionario de la Lengua Española», Real Academia Española Decimonona edición, 1970)

MIÉRCOLES, 11 DE SEPTIEMBRE (79).—La gente va y pica. Le dicen « Habla, pueblo, habla» y

además se lo dicen con música y ahí está ya la primera-mentira, porque los que daban la cara con la copla

no fueron los que la cantaban, de modo que «Vino tinto» ni siquiera fue vino aguado; es que no era ni

vino en la tierra de al pan, pan y al vino, vino. Cosas del prestidigitador Reguera. (¿Qué habrá sido de él,

pobre?) De todos modos la gente pica porque los peces y los electores están para eso, y fuimos todos y

vota mos creyendo que aquél era fuego limpio. (Personalmente jamás lo creí, pero a mí siempre me ha

gustado el juego, así que participé porque no resultaba caro. No me pescarán más los tahúres.)

Ahora la gente está de vuelta —ya emporcado el país, el vocabulario, el jersey y el alma— y con gusto

acudiría a otras elecciones simplemente para empeorar la situación, porque el sistema siempre estropea

más sus motores conforme más los usa y cada vez ratean con mayor escándalo. Estamos muy mal con

Suárez, pero, honestamente, ¿alguien puede creer que estaríamos mejor con González, con Fraga, con

Carrillo, con Mellado, o con Tarradellas, su posadera diestra en Moncloa y su siniestra en la Generalidad?

La ventaja de Suárez es que ya lo conocemos y hace bastante tiempo que nos reímos de él. Avanza

silenciosamente y bien protegido por la más escondida senda que encuentra y jalona su camino político

con la muerte de sus soldados —que son tan buenos soldados que mueren sin creer en él, maldiciendo de

él, carcajeándose de él, pero siempre disciplinados—, con la entrega pactada de parcelas de influencia, de

poder, de territorio a cambio de votos. El renombrado Pacto de San Sebastián, producto de colillas y

gargajos en un casinillo donostiarra, fue un prodigio de nitidez y limpieza comparado con los pasteles del

horno de Adolfo y sus consensos, pacti-llos, pactazos, compromisos, miserias, componendas y

compadrazgos. Siembra ambiciones para sembar intereses y acuchilla España con gusto de matarife.

Corta, taja, trincha, trocea. Reparte manos y espalda, solomillo y criadillas, lenguas y talentos, piernas y

costillas.

Me dé solomillo —exige alguien.

Todos quieren lo mismo —le sonríe Suárez.

Un buen lomo, por favor.

Son veinte votos de vellón parlamentario.

Quisiera una aleta para rellenar.

Como ésta, amigo.

Déme criadillas.

De eso no queda —suspira Suárez satisfecho.

Corta a España como a un chorizo o a una butifarra en pequeñas rodajas aperitivas porque creo

fundamentalmente en eso de «divide y vencerás», que leyó en un periódico en uno de sus grises días

universitarios. No ha leído más que revistas y prensa, ignora el poema y la canción y sus gustos van por el

«Pelona sin pelo» y «Feria de Abril en Jerez». Es el Fradejas de la política. Lo de «divide y vencerás»

suele ser un sistema bueno para grandes estrategas, para grandes estadistas o para grandes emperadores,

pero a escala nacional no renta demasiado, y si no que se repase la historia del reinado de Alfonso XIII.

Este Cánovas de chicha y nabo, este Sagasta de adobe, este Maura (don Antonio, por favor) de

guardarropía, este Romanones entrenado por Santana, responderá un día de la muerte de España. No hay

promesa que Suárez no haya hecho y no haya incumplido. Con la sangre derramada por su debilidad

habría materia suficiente para juzgarlo como genocida ¿pero quién es capaz de hablar de genocidios en

España despuésde que Santiago Carrillo fue presentado en sociedad de la mano de Suárez y aceptado por

ella en el burdel político e intelectual del teniente coronel jurídico Guerrero Burgos, la madame Teddy de

la democracia, «niños, al salón», con el aval dialéctico de Fraga, el de los XXV Años de Paz, el mejor

retorcedor de su propio corazón que se conoce después de don José María Gil Robles en su juventud

triunfante? ¿Quién recuerda Paracuellos de Carrillo, si el jeque marxista alterna con antiguos tenientes

que sirvieron al mismo tiempo que el coronel Noreña, canon militar del honor y la fidelidad, y fueron

discípulos de Franco en la AGM?

Suárez ha engañado a sus electores, a su clientela, a sus amigos, pero, eso sí, todos dicen que con

simpatía, al menos mientras albergan la esperanza de alcanzar alguna mamandurria. Nos lleva a la

catástrofe como el flautista de Hamelín, derrochando melodías y como él situándose a la cabeza de un

pueblo de ratas y de las ratas de un pueblo. Es el perfecto modelo de mediocre en un pueblo de hombres

grises, apabullados, capones y cobardes. Porque acaso convenga hacer un reproche a Franco: el de que

dio, por harto conocimiento personal del dolor de la guerra y sus miserias, así como por el amor

irrazonable que sentía por su pueblo, demasiada paz a una Patria que se cuartea y corrompe en cuanto se

siente segura. Descubrimos ahora que también el valor es cuestión de entrenamiento y a lo largo de estos

cuatro tristes, oscuros, dramáticos años, hemos comprobado que no hay ni un solo español en forma y

antes de que pueda recobrarla, siquiera sea una minoría, seremos colonia de unos y de otros.

«Inmobiliaria España. Parcelas con chalet en todos los estilos. Venta a extranjeros. Cómodos plazos.»

El panorama español es mortal y pestífero. Estamos peor que a la muerte de Carlos II el Hechizado.

Esto me recuerda aquello que le dije a un camarada mío cuando se instituyó, hace mil años, el funeral

escurialense por los Reyes de todas las dinastías españolas:

A mí lo que me da rampa en las exequias de nuestros monarcas es cuando se llega a Witiza o al

Hechizado...

En ello estamos, preferentemente.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

< Volver