Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
   Signos de democracia     
 
 El Alcázar.    13/09/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Signos de democracia

ALGUNOS lectores abandonaron su peculiar estado de hipótesis para comunicarme su

extrañeza ante la módica defensa de las «pintadas» que constituía un reciente artículo mío,

aparecido en estas columnas de EL ALCÁZAR Sus argumentos eran mayormente civiles y

cultos, por así decir, y se apoyaban en razones de aseo y estética ciudadanas, a los que, por

otra parte, yo no había dado de lado en mis renglones Lo que ha ocurrido es que se les ha

escapado —posiblemente por culpa mía— el razonamiento democrático, que en este caso es

fundamental. Recuerden que, ya qué no el nacimiento —porque queda muy lejos en el

tiempo—, ni la perpetuación mínima y habitualmente esotérica —la pintada ha solido vivir y

jamás se extinguió gracias a la vocación literaria que parece despertar la eliminación de

sobrantes orgánicos en determinados lugares públicos que la diligencia comercial y

administrativa tiene dispuestos al efecto—, al menos la reciente expansión y triunfal presencia

pública de las pintadas, se justificó, intelectualmente, en la falta de tribunas propicias debidas a

la escasez de otros procedimientos para que el ciudadano expresara pública y

contundentemente sus ideas políticas y sociales.

Teóricamente, tal estadio ha sido superado en España, o en lo que va quedando de ella, donde

el ciudadano disfruta de una lícita libertad de expresión, sin más limitaciones que las legales, la

mayor o menor fuerza física de sus oponentes, y las derivadas de la carestía, y lógico

acaparamiento por los económicamente fuertes, de los medios de comunicación.

En la práctica, tal estadio ha limitado todavía más las posibilidades democráticas de expresión

directa de la opinión que señalaron y, como ya se ha dicho, justificaron las pintadas. Por esa

razón, las pintadas actuales no son unidimensionales y no abarcan un solo matiz del espectro

político, sino que se han extendido e incluyen testimonios hasta ahora inéditos en las paredes

Ello implica, ciertamente, la debilidad vital de la democrática situación actual, porque está claro

que a los ciudadanos no les resultan totalmente convincentes ni adecuados los cauces

previstos para la expresión de sus opiniones, ni consiguen disponer de ellos —y espero que

mis lectores me dispensarán de poner ejemplos evidentes de tal situación, que podrían abarcar

desde los encierros paradójicos de representantes políticos democráticamente elegidos, cada

vez que otros representantes democráticamente elegidos no coinciden con sus opiniones, y a

pesar del respaldo mayorítario previo hasta la disciplina interna de los partidos políticos y

sindicatos libres— con lo que los ciudadanos, que han visto exaltada la democracia, eligen el

más directo y eficaz medio efe expresión que tienen a su alcance, y que es la pintada.

Si las pintadas dijeran lo mismo que dicen los periódicos, no habría pintadas. Y esta verdad de

Perogrullo vafe tanto para las ominosas dictaduras como para las democracias teóricas e

incluso más, porque el ciudadano demócrata de verdad, al :comprobar los fallos de la

democracia, se sube por las paredes, y aprovechando el viaje, deja constancia pintada de su

descontento, al que sacrifica sus posibles convicciones higiénicas y estéticas.

Ante los fallos de la democracia de su praxis —al menos de la democracia tal y como nos ha

sido copiosamente explicada y alabada—, las pintadas suelen recoger unos estados de ánimo

y unas convicciones populares cuya constancia es imprescindible para una democracia Las

pintadas son un signo —ciertamente tosco y primitivo— de democracia, y por eso deben ser

estudiadas tanto por los políticos democráticos, que pueden extraer de ellas convenientes

lecciones e imprescindibles conocimientos, como por e! simple observador ciudadano, que a

través de ellas conseguirá una imagen real de la situación colectiva mucho más clara que a

través de la lectura de editoriales o de la escucha inmisericorde de discursos.

De la misma manera, hay que conceder categoría de signo de madurez democrática a los

habituales disturbios domingueros en los campos de fútbol, generalmente provocados,

causados, por la discrepancia entre los criterios del arbitro y los criterios de los espectadores.

Ciertamente, los criterios arbitrales llevan el respaldo de la autoridad y definitivamente se

imponen en el marcador en caso de discrepancia. Pero esa autoridad del arbitro, ¿qué respaldo

democrático tiene? Ninguno, Los espectadores no le han elegido, sino que les ha sido

impuesto, autoritariamente, desde uno de esos nefandos «arriba» que constituyen una muestra

dictatorial de imposición de una autoridad El día que los árbitros de fútbol sean elegidos por los

espectadores, a través de un procedimiento que garantice también su imprescindible

neutralidad y su preparación manifiesta, los disturbios en las gradas tendrán un simple carácter

de desorden partidista. Mientras tanto, hay que considerarlos también signos de una

democracia frustrada, tras haber sido exaltada.

Volviendo al principio, es cierto que las pintadas pueden ser signo de incivilidad tanto estética

como higiénica, igual que a veces son signo de incultura a través de sus contundentes ataques

a la ortografía y a la sintaxis —y aunque también se puede hablar de una gramática

democratizada, en la que la prosodia, la sintaxis, la analogía y la ortografía sean determinadas

popularmente—, pero ciertamente son signo de democracia, o al menos signo de falta de

democracia, según tantas veces se ha dicho con referencia a regímenes políticos que no

presumían de democráticos y habrá que seguir diciendo con algunos que presumen de serlo.

Y, además, son muchas veces llamadas a la solidaridad frente a desgracias que no

conocíamos, que se nos habían ocultado, o a la insolidaridad más radical, propugnando el

exterminio de contrarios. Per o es que. como es sabido desde que el aserto lo inmortal izó Billy

Wilder, «nadie es perfecto». Y si no lo es la misma democracia, menos lo podrán ser las

pintadas.

Marcelo ARROITA-JAUREQU

 

< Volver