Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Democracia fascista     
 
 El Alcázar.    13/09/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Crónica de España

DEMOCRACIA FASCISTA

LA condena a muerte de la CAMPSA, decidida por los sicarios del multinacionalismo, me tiene

estos días muy ocupado en estudiar los antecedentes del problema. La CAMPSA debe tomarse

como la prueba concluyente del signo nacional o antinacional del actual régimen político. Voy

más allá. La actitud respecto de la CAMPSA de muy notorios políticos y tecnócratas españoles,

especialmente a partir del cambio de Gobierno de 1969, ofrece indicaciones deslumbradoras

sobre el trasfondo del proceso político durante los últimos diez años.

Además del excelente número de la revista Hacienda Pública Española, dedicado al tema de la

energía, que inserta un estudio lucidísimo del profesor Velarde Fuertes (Dictamen sobre el

posible futuro económico de la CAMPSA, Pág. 275 a 303 emitido en 1971, a petición del

Ministerio de Hacienda, he vuelto al gozo de la confirmación de un gran patriota y un envidiable

hombre de Estado en la figura de José Calvo Sotelo. En mi juventud alimenté toda una serie de

reservas instintivas hacia Calvo Sotelo, lo mismo que hacia otros políticos de la pobre derecha

española. Hubieron de pasar los años para centrar la dimensión de unas y otras figuras.

Respecto a Calvo Sotelo les habrá sucedido lo que a mí a numerosos falangistas con vocación

universitaria. Su memoria Mis servicios al Estado la leí tardíamente. Ha existido sobre este libro

una extraña confabulación de silencio y es de agradecer la edición del Instituto de Estudios de

Administración Local, en 1974, de la que apenas si se hace referencia, como si una de las

consignas inapelables de la gilidemocracia o pornodemocracia del señor Suárez y sus

restantes compinches centristas, socialistas y comunistas, fuera la de asfixiar las muestras más

netas de patriotismo y honestidad del nacionalismo español. Por ahí va, sin duda, el barrido

inquisitorial de calles, plazas, monumentos, archivos y restantes expresionesde un tiempo en

que España vivía para España y hacía frente, desde su amor a la libertad y a la soberanía, a

los intentos colonialistas del multinacionalismo capitalista y del internacionalismo marxista.

En mis frecuentes coloquios con grupos de españoles angustiados, suelo hacer referencia al

equivalente histórico entre la dictadura de Primo de Rivera y el fascismo. Y advierto enseguida

que el fracaso de la inevitable experiencia histórica del fascismo, se truncó en España

prematuramente, pese a la perfección técnica del golpe de Estado de 1923, por dos razones

fundamentales: la enorme dimensión liberal del general, en la más pura e hispánica dimensión

de este hermoso vocablo, luego prostituido al apropiárselo el racionalismo; y la traición de los

socialistas a su destino nacional, en favor de su envilecedora servidumbre al internacionalismo.

La intuición de este fenómeno, extraída de algunos relatos que de aquel período oí a mi padre

y de posteriores lecturas, se enriqueció con datos veraces tras el conocimiento de Mis servicios

al Estado. La traición de los socialistas a España, queda reforzada en la lectura de la colección

de El socialista, la cual demuestra hasta qué punto el PSOE es vetusto y permanece anclado

en la tosquedad demagógica, en los vicios y en los tópicos de 1910. Del espíritu liberal del

general Primo de Rivera, a cuya magnanimidad deben los socialistas la mayoría de las Casas

del Pueblo que ahora reivindican, ilustra ampliamente José Calvo Sotelo.

En la actual relectura me ha atraído un subrayado anterior. Se refiere al período de 1926,

cuando Primo de Rivera buscaba afanosamente una normalidad constitucional y confiaba a

Calvo Sotelo: «No tenemos obligación de copiar a otros pueblos. Construyamos un régimen

peculiar, castizo, adaptado a nuestras necesidades, limpio de sombrajes exóticos...» El general

veía con claridad el problema. Pero no correspondía a él inventar la ideología y la estructura de

una democracia a la española y para españoles.

Fue por aquel entonces cuando Eduardo Aunós regresó de un viaje a Italia y trajo consigo un

consejo de Benito Mussolini, cortado por el patrón del más tópico cinismo italiano. Alentaba

Mussolini a la rápida constitución de un Parlamento. «Es el traje que hay que lucir en la soiree

internacional», advertía e´ Duce. Y apostilla Calvo Sotelo: «Con cualquier sistema y por

cualquier procedimiento; lo esencial, a su juicio, no era el estilo, sino que naciese y viviese.»

Después de la Segunda Guerra Mundial y de la creación de la religión laica de la Declaración

de los Derechos Humanos ha tomado carta de naturaleza en el mundo el consejo de Mussolini.

No importa el sistema ni el estilo. Menos todavía el contenido. Noesla democracia lo que debe

instalarse a toda costa, sino la apariencia de democracia. Este es el gigantesco engaño

construido por los motores de la marcha hacia el «gobierno mundial», del que la ONU es un

anticipo, con su rudimentario Ejército de «cascos azules». No son demócratas los regímenes

que defienden la libertad y la convivencia, de acuerdo con sus tradiciones y sus culturas

nacionales. Sólo son demócratas los sistemas que se avienen a servir la confabulación

materialista de poder a escala mundial. Para ellos se estampilla una credencial de democracia

y no importa ya que bajo ella se cobije una brutal tiranía, sea marxista o capitalista.

Creo que está lo bastante retratado el sistema político español, bajo el que se destruyen las

conquistas de todo un pueblo, se prostituye la conciencia nacional, se corrompe la moral

tradicional y se entrega a treinta y seis millones de españoles al colonialismo de las

internacionales. Vivimos bajo la dictadura de un fascismo partitocrático, del que se benefician

promiscuamente UCD, PSOE y PCE, cuyos líderes hacen de mayorales, del líberalcapitalismo

y del capitalismo de Estado.

Ismael MEDINA

 

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