Autor: Ramírez, Eulogio. 
   Escándalo cirarda     
 
 El Alcázar.    21/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ESCÁNDALO CIRARDA

ES de sentido común y de prudencia pastoral elemental: cuando la actuación de un obispo

divide imprudentemente a una comunidad diocesana, de tal suerte que una parte de ella impide

materialmente a este obispo el uso de la palabra en el templo y ha de salir custodiado de él por

la autoridad civil para evitar que sea linchado o agredido, este obispo debe dimitir o, en su

defecto, debe ser exonerado de su cargo episcopal. Este es el caso de monseñor Cirarda,

arzobispo de Pamplona, que ya tiene antecedentes similares como ordinario de la diócesis de

Bilbao y, lógicamente, debiera dejar de ser ordinario de Pamplona, diócesis en la cual es

repudiado por una parte de los fieles calóricos.

Sin embargo, como el Concilio Vaticano II no proveyó el caso de que un obispo sea rechazado

por las razones legítimas y respetables de sus fieles, y como el Código de Derecho Canónico

está en desuso, no se sabe bien qué podría hacerse en el escandaloso caso de monseñor

Círarda, que no respeta debidamente el pluralismo de la Iglesia Navarra y que toma partido por

et bando progresista y, al parecer, euskadista, y no quiere tomar cartas en el asunto de si,

efectivamente, se dan abusos litúrgicos, sacramentales y doctrinales en algunos templos de

aquella diócesis, como afirman muchos de sus fieles públicamente.

Sin embargo, parece que como el Vaticano II, reafirmando la doctrina católica tradicional,

establece que «el romano Pontífice... tiene la supremacía de la potestad ordinaria sobre todas

las iglesias» (CD,1), es el Papa Juan Pablo II a quien compete resolver adecuadamente et

problema pastoral de Pamplona, y a él es a quien deben apelar los fieles católicos navarros

que se sientan lesionados en sus derechos o que estimen que en esa diócesis se dan abusos

disciplinares y falsificación de la doctrina católica o, al menos, indebido respeto a las

peculiaridades tradicionales que no ha abolido la Iglesia y que deba respetar la autoridad de la

Iglesia, por razones obvias. No se puede imponer con autoritarismo —sobre todo en estos

tiempos de respeto pregonado a los derechos humanos— lo que no es doctrina de fe, sino, a

veces, todo lo contrario, como es el caso dé la doctrina expuesta en la hoja diocesana La

Verdad, en materia de socialismo y comunismo, por el actual párroco de Pamplona, José

M.´ Oses, cuyo comportamiento ha sido el causante del escándalo de monseñor Cirarda.

Dice el Vaticano II que el obispo que nombre párrocos ha de tener en cuenta «su doctrina... y

demás dotes y cualidades que se requieren para cumplir debidamente con el cuidado de las

almas» (CD, 31). Como dice el mismo Concilio (CD, 19) que los obispos deben actuar

«aconsejando la obediencia a las leyes justas y el respeto a las autoridades legítimamente

constituidas», no parece que el obispo Cirarda haya cumplido con estos deberes suyos ni

cuando fue obispo en Bilbao ni cuando es arzobispo en Pamplona. Según la Sagrada Escritura,

el obispo debe ser «irreprensible» y no debe permitir «que se enseñen doctrinas extrañas»

(ITim. 3,2; 1,3-4), «porque hay muchos indisciplinados, charlatanes, embaucadores... a los

cuales es preciso tapar la boca, que revuelven del todo las casas enseñando lo que no deben»

(Tit. 1,10). «Si alguno os predica otro Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema»

(Gal. 1.9). El Deuteronomio condena a muerte al «profeta o soñador..., por haber aconsejado la

rebelión contra Yavé», una religión distinta de la predicada para siempre (Deut. 13,1-5).

El mismo don José María Cirarda ha escrito en Ecclesia que no se puede desdeñar lo

condenado por Pío IX en el «Syllabus», porque se trata del Magisterio ordinario del que ha

vivido unánimemente la Iglesia a lo largo de un siglo, y del que queremos seguir viviendo

muchos en España y, particularmente, en Navarra. Por eso, para evitar el escándalo, monseñor

Cirarda nos debe una explicación pública a todos acerca de su comportamiento, de su

partidismo, de sus inhibiciones y de sus aprobaciones y reprobaciones. El no es infalible ni

impecable. El no es quién para discernir lo que en su cabeza proviene del Espíritu Santo y lo

que proviene de su propio espíritu, falible y pecable. El tiene autoridad en la Iglesia no para

abusar de la iglesia, sino para servirla. Y, de todos modos, a monseñor Cirarda se le debe

enjuiciar en la Iglesia, porque nadie en la Iglesia debe quedar al margen de la Ley y de la

moral, sin que se sepa autorizada y públicamente, cuando es pública su falta.

Eulogio RAMÍREZ

 

< Volver