Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Ingobernabilidad a la italiana     
 
 El Alcázar.    02/03/1979.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Crónica de España

INGOBERNABILIDAD A LA ITALIANA

COMIENZO a escribir esta crónica cuando todavía faltan algunos minutos para el cierre de los

colegios electorales. Acabo de dejar mi voto en las urnas. Las papeletas parecían alcanzar un

nivel decente. Alguien comentó a mi lado: « El miedo ha limado a última hora las aristas de la

abstención.» No resulta que haya sido así en algunas zonas. Oebo confesar, de todas

maneras, que la gente parecía ir a votar sin alegría. Alguien objetará que la moderación no

tiene sonrisa ni mueca. Pero yo creo que la moderación no es como la gelatina. La moderación

es una actitud de afirmación de la propia voluntad. Al hombre moderado le sucede to que al

Estado fuerte: no necesita exteriorizar su energía. Confundir la moderación con el acomodo

amedrantado me parece un grave falseamiento. Insisto en que el tono dominante en los

electores ha sido el miedo. A ello contribuyeron especialmente tres factores: la sospechosa

analogía conservadora de casi todos los partidos (¡el PCE se preocupó en su propaganda

hasta de «la factura del colegio de los niños»!); el dramatismo ucedista, que en la alocución

final de Suárez alcanzó trémolos calderonianos, y la situación del mundo, con guerras y

revoluciones encendidas por todas parles.

¿Y qué puede salir del voto del miedo? Recuerdo que muchos años atrás, en una vieja ermita,

abrieron la urna de cristal donde se guardaba un peculiar «niño santo» y entre los ropajes

apareció muerta una rata. Hace pocos días casi me escupió un marxista: «¡Las urnas serán el

sarcófago del catolicismo!» No creo que lo aprendiera del camarada Iniesta. Pero fue

precisamente entonces cuando recordé la hisotria de la urna del «niño santo». Y ahora,

mientras la tarde declina con uno de esos fantásticos atardeceres tópicos de Madrid, que

llaman volazqueños, me doy a pensar si acaso las urnas no van a convertirse también aquí en

sarcófago de la democracia. Es sabido que Soljenitsyn ha descubierto un perro muerto debajo

de la roja piel del comunismo. ¿Por qué novamos a encontrar nosotrosdebajo de la montaña de

sobres blancos y sepias una enorme rata muerta?

El pesimismo me invade. No puedo remediarlo. Ganen unos u otros, aventaje UCD al PSOE, o

viceversa, las previsiones para España en ningún caso abren espacio para el optimismo.

La experiencia de corresponsal en Italia, bajo el signo del centroizquierda, me inclina

necesariamente al desaliento. Lo advertí cuando se produjo la ruptura, la cual suponía una

falsificación de la voluntad popular, expresada a través del referéndum sobre la Ley de

Reforma Política. Se pudo proseguir una línea de reformismo desde la fidelidad a las

tradiciones democráticas españolas, muy distintas de las derivadas del absolutismo europeo.

Pero se prefirió dar al traste con lo propio, para copiar de nuevo lo ajeno. Y de lo ajeno se

escogió el más deleznable de los modelos, sin tomar en consideración que sólo un pueblo con

una sobredosis de escepticismo como el italiano es capaz de prorrogar durante veinte años la

agonía de un sistema impracticable.

No me parece que de las urnas emerja esta noche la posibilidad de un Parlamento y un

Gobierno estables. Aunque a última hora parezca haberse deteriorado en su mismísimo centro

promotor el pacto para el centroizquierda, estoy persuadido que la fórmula alternativa de un

centroderecha funambulesco sería aún más precaria y desnaturalizadora. Afrontamos un

período de crisis, enfrentamientos, disputas, reagrupamientos, riñas, amores circunstanciales y

elecciones anticipadas. Entramos en la vía italiana hacia el socialismo. Pero con la

particularidad de que nosotros acostumbramos a bebemos el veneno de un sorbo, mientras los

italianos lo paladean con desesperante lentitud; casi con delectación m a soquista. Ya durante

los años treinta ensayamos la fórmula, aunque en términos más rupestres. No debe

engañarnos ahora la reluciente cobertura tecnocrática del invento. Debajo de la apariencia de

galán de Suárez, se esconde la picaresca política española en su más desgarrada versión

decimonónica.

Suárez es sólo una versión acicalada de Andreotti, en la misma medida que Felipe es una

especie de Saragat disfrazado de querubín . Pero la restante compañía política está integrada

por gentes de menor disimulo. A la mediocridad añaden dos elementos temibles: la soberbia y

el dogmatismo. Volveremos sin remedio a donde se ha pretendido hacer el empalme: a los

años treinta, cuando se produjo la fulgurante autodestrucción de la II República, la cual no fue

otra cosa, según se sabe, que una lógica continuación de la Monarquía Constitucional, a la que

apenas si se cambió la bandera, el himno y la corona.

España penetra decididamente en el camino de la ingobernabilidad, característica de la

corrupción de la democracia parlamentaria. Presumo en el mes de marzo un laborioso navajeo

partitocrátíco para la formación de Gobierno, con un Estado débil, una economía en bancarrota,

una moral en crisis y el desorden público como hábito de conducta ciudadana, puede

imaginarse lo que supondrá para España la búsqueda permanente de acomodos mayoritarios

para la formación de Gobiernos de coalición. Los derrotados en las actuales elecciones no

deben entristecerse demasiado. No tardarán mucho en tener una nueva ocasión para tentarla

suerte.

Ismael MEDINA

 

< Volver