Autor: Aparicio, Juan. 
   Viva la alegría, muera la descortesía     
 
 El Alcázar.    24/08/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Mis claves

VIVA LA ALEGRÍA. MUERA LA DESCORTESÍA

La torvedad y la miseria de Andalucía hozadas con ensañamiento y regodeo por un medio

ordenado de mayores y con padrazo franquista, y convertido el rebotado en foliculario de una

Prensa con sobrepelliz y bonete católicos, es una señal del masoquismo de algunos andaluces

descastados y de Sus adtáteres, que los jalean. El tal panfletario contra la absoluta verdad

andaluza no nos vale como la única golondrina que no hace verano, o como la reflexión de que

una vez es ninguna vez; pues aunque haya recorrido en su saña denunciadora pueblos de

latifundios y costas de pescadores amarrados y niños pastorcillos en trance de emigración, se

necesitan infinitos observatorios, o minaretes y alminares, o azoteas en la plural y magnánima.

Andalucía hasta pronunciar y fallar un veredicto completo.

El conde de Romanones, en el preámbulo del novecientos, también recorrió debajo de un

Despeñaperros, sin bandidos a caballo y con yacimientos de estatuillas postdiluvianas, el

espantajo paupérrimo de una Andalucía comparada con el Mez-zogiorno de Italia, visitado a

pie, contemporáneamente, por un politicón italiano; pero sin que aquellos males y maleficios

meridionales lograran remedio, ya que era una gangrena inextinguible, inexorable y heredada

del régimen borbónico en su dinastía del Reino de las Dos Sicilias, que envileció a la cuna de

Santo Tomás de Aquino y a los resoles de la Hélade en la proteica y ya degradada Magna

Grecia.

La fortuna natural y adquirida por una Andalucía civilizadísima, tras el amasijo de las culturas

invasoras con la autóctona, de Cúretes o Tartesios, de los nietos de Hércules y de los hijos de

los atlantes y titanes, es una fortuna desprendida de su rumbosa cortesía, de su sociabilidad y

buen trato urbano y campesino, bajo el repiqueteo constante de su jubilar o cenceña alegría; ya

que después de millares de años e investigaciones, ignoramos si esta suma de poblados y

ciudades, atiborrados de folklore flamenco, que exhibe y contrasta en sus ferias y fiestas

veraniegas, resulta un paradigma tristón y reconcentrado, de donde sacaba sus aforismos el

Séneca de Pemán, o una catarata de apasionada y contagiosa aleluya.

A los más andaluces no importa demasiado el fuero, ni tampoco el huevo, como no fuera el

suyo propio o los mecenazgos y dádivas a fondo perdido de una pródiga y miope

Administración Pública, cuando el Estado orgánico y unitario se dilapidó y consumió en favor de

unos secesionistas o canijos estatutos; para cuya aprobación, mediante el artículo 151 de la

Constitución parlamentaria, aún andan muy remisos y reticentes los municipios de la auténtica

Andalucía, representada por las penibéti-cas Granada, Málaga y Almería, o sea, el espectro del

postrer Reino Moro, nazarita, con densa población de cristianos viejos y de futuros mudejares,

y por la atlántica Huelva, tal vez un pedazo de la desaparecida Atlántida y de sus misterios,

donde se rechazó por la Junta sevillana el proyecto del Ayuntamiento de Isla Cristina para una

costosa urbanización, isleña y costera, a través de los marcos y promotores alemanes. Vivir en

la higuerita, obliga a colgarse de una higuera.

Frente al recelo penibético, puesto que está basado en el culto y vigencia de la libertad de su

territorio, se doblegaron los municipios de las héticas Córdoba, Sevilla y Cádiz, y el socialero

Jaén, ante la adhesión al mecanismo plebiscitario hacia una urgente y descabellada

autonomía, que no les concederá más jarana estival, más independencia protegida por la

autoridad histórica, que las que disfrutan y saborean actualmente. 6.264 millones de pesetas,

por iniciativa del Senado, feudo de andaluces de cualquier laya, corresponderán como

compensación mayúscula y sonsacada para compensar los desequilibrios regionales dentro del

apartado dos del número 1 del artículo 1 9 de la Ley de Presupuestos Generales del yacente

Estado para 1979.

Cuando uno mismo ha mirado y remirado el paisaje y el paisanaje integrados de varias

comarcas andaluzas, uno se topa con Manolo Escobar cantando y embelesando delante del

entusiasmo de la gente y del castillo y palacio de la Calahorra en el marquesado del Zenete; o

verifica cómo se remueve y enloquece la memoria colectiva por el primer cantautor andaluz,

Carlos Cano, o cómo las canciones explotan en la paz de Alhama, o cómo el Festival de Cante

Jondo extasía a los vecinos de Puebla de Cazaila, y cómo, por el contrario, el Festival de la

minera y cartagenera La Unión no encontró el sostén de los verdaderos «cantaores» y grupos

flamencos, aunque lo pregonara la requete académica doña Carmen Conde.

Pero el resumen y la cifra de Andalucía no está compuesta por los ayes y los zapateados, que

comportaban a Roma las mozuelas gaditanas, cuyo enigma lascivo y rítmico se extravía en las

noches cálidas o gélidas de los antepasados con solera archimilenaria; sino que, además, en la

Universidad Literaria de Verano de Baeza, se dictará en el mes de septiembre un curso verbal

sobre «El Renacimiento español»; porque es menester este renovado renacimiento del espíritu

y de la casta de estos indómitos y flexibles, retóricos y acomodaticios pobladores, cual se

induce del tema de la conferencia acerca de la lírica española de la escuela de Garcilaso de la

Vega, de don Antonio Gallego Morell, el mismísimo hijo primogénito de quien trajo a Cambó

para que los emancipara con sus millones.

Se quejan ciertos andaluces e inciertos extranjeros, quienes desde la Antigüedad se acogieron

a la hospitalidad del terreno, de que hay una mengua en la conducta presente, menos alegre y

menos cortés de ios indígenas y de los andaluzados, achuchados por el deterioro del dinero y

del ambiente social y cosmopolita. Hay un indicio de coma anímico, como producto de la

campaña de los masoquistas con hisopo. Hay, pues, que revelar y extraer la alegría de las

entrañas de esta gente extrovertida o esfíngida, y hay que condenar a la muerte civil, al

destierro de sus lares profanados, por la pésima educación y urbanidad, a los frecuentes y

anticívicos descorteses.

Juan APARICIO

 

< Volver