Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   ¿Conformismo o vileza?     
 
 El Alcázar.    08/08/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Crónica de España

¿CONFORMISMO O VILEZA?

EL despotismo partitocrático me tiene acostumbrado a los mayores dislates y a las más

brutales voladuras de la dignidad nacional. No creía que Suárez y sus acólitos fueran capaces

de proporcionarme mayores motivos de asombro, después de lo hecho hasta el momento.

Pero la noticia de controles armados de ETA en los accesos a Soria, ha colmado toda

capacidad de sorpresa. No me parece que pueda ofrecerse a la opinión pública española una

demostración más expresiva de la pérdida del poder del Estado. Controles armados terroristas

en Soria, a la vista de los controles paralelos de la Guardia Civil, es algo que excede de toda

previsión corruptora de la soberanía del Estado.

Se preguntarán algunos cómo es posible que la Guardia Civil consienta la instalación en Soria,

un domingo cualquiera, de controles armados terroristas. No me parece que la Guardia Civil se

sintiera a gusto. Pero la Guardia Civil es un Instituto armado que obedece las órdenes de la

autoridad gubernativa, en materia de orden público. En las provincias Vascongadas se decidió

por los políticos que el deber de las Fuerzas de Orden Público era dejarse matar en nombre de

la democracia. El resultado está a la vista: numerosos guardias civiles se han dejado matar

estoica y disciplinadamente, junto a compañeros de la Policía Armada (ahora Nacional, cuando

la Nación se deshace), con el fin de que las conversaciones disgregadoras de la Moncloa

pudieran celebrarse en clima de cordialidad y de reconciliación. ¿Quién ordenó a la Guardia

Civil que respetara los controles armados de ETA en Soria y no hiciera lo que en tales casos

aconsejan a la Benemérita sus viejos y sólidos estatutos, además de su sentido del honor y su

demostrado patriotismo?

Una novela deficción política hizo furor en Italia hace unos años. Se titulaba Berlinguer e il

professore. Tras el anonimato del autor se escondía una de las más agudas plumas de la

actual Italia. En Berlin-guer e il professore se preveía un reparto de poderes y de territorios en

el interior de Roma, casi lo único que restaba de Italia, después del desmembramiento en que

desembocaba el «compromiso histórico» entre las fuerzas políticas de la partttocracia.

Para acudir a Villa Madama a entrevistarse secretamente con Kissinger, el anciano y avispado

democristiano Amintore Fanfani debía disfrazarse y portar una documentación falsa, con el fin

de burlar los controles armados comunistas sobre los puentes del Tíber. Los italianos se

divirtieron mucho con la novela. Pero también tremaron. Vislumbraban que aquella prosa

satírica y desenfadada describía una situación posible.

La velocidad de marcha española hacia el deshonor máximo ha conseguido que la paralela

aventura italiana de corrupción de la democracia aparece ya como una amable anécdota.

El desgobierno en Italia es descomunal. Pero las autonomías se han quedado en mera y

ruinosa experiencia administrativa, los «carabinieri» actúan resolutivamente contra el terrorismo

y todavía no hay controles armados comunistas sobre el Tíber. Por si fuera poco. Papa Wojtyla

vive allí y su figura, además de su prédica, parece actuar como salvavidas. Aquí, por el

contrario, vamos adelante, con mortal aceleración, hacia las metas que los comunistas italianos

soñaban a largo plazo, en el marco de la estrategia revolucionaria de la Unión Soviética,

coincidente en no pocos aspectos con los intereses del multinaciortalismo capitalista y laico.

Aquí estamos borrachos de indignidad y dispuestos a escribir las más despreciables páginas

de la historia que jamás soñó el pueblo español. Soy consciente de que nuestra historia parece

condenar la democracia como fórmula válida para la convivencia y la dignidad nacionales. Pero

estoy convencido, asimismo, de que los españoles no somos refractarios a la democracia ni

que la democracia sea inviable.

Las democracias municipales españolas eran ejemplares cuando Europa gemía bajo un tétrico

feudalismo. Sucede que la clase política española se ha empecinado en hacernos tragar

formas democráticas que se han demostrado satisfactorias en otras naciones, pero que no

conectan con la conciencia cultural e histórica de nuestro pueblo. Los afrancesados no

carecían de preparación y positivas iniciativas. Pero se equivocaron en lo fundamental.

No comprendieron que el absolutismo racionalista repugnaba a la concepción de la existencia

de los españoles. La actual clase política no puede compararse con los afrancesados. Carece

de inquietudes intelectuales, está ayuna de talante político, propende a la picaresca, apenas si

excede de un entendimiento utilitario del poder y posee una capacidad sorprendente de

mimetización. Lo mismo imita a Francia, ala Unión Soviética que al cerdo. Por eso hablo a

veces de despotismo desislustrado. No tenemos democracia, sino despotismo partitocrático.

Los «estatutos», lo mismo en su planteamiento que en su negociación, constituyen una

demostración desmesurada de despotismo, al servicio del hundimiento de España. Es el motivo

de que me parezca lícita la presunción de Miguel Unzueta, se: ador por Vizcaya y presidente de

la Asamblea de Parlamentarios Vascos. Elllamado «estatuto de Guernica» ha sido trajinado por

la clase política en el convencimiento general de que, en efecto, constituye un primer paso

hacia la independencia.

El acto de claudicación del Gobierno ante las exigencias de ETA que supone la entrega de los

presos de la cárcel de Soria, el freno a la Guardia Civil para que no cumpliera con su deber y

terminase a tiros con los controles terroristas en Soria, la concesión misma de los «estatutos» y

tantas otras aberraciones que afectan a los valores fundamentales de la conciencia nacional,

resumen una conducta política pavorosa. Pero no es esto lo más grave. A mi parecer resulta

mucho más espeluznante la pasividad del pueblo español. ¿Pasividad, conformismo o vileza?

La falta de reacción de nuestro pueblo y de los sectores del pueblo que debían sentir el deber

de la ejemplaridad, es lo que más me entristece y descorazona. ¿Hasta tal punto de indigencia

espiritual hemos llegado?

Ismael MEDINA

 

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