Autor: García Serrano, Rafael. 
   El teléfono electoral     
 
 El Alcázar.    14/02/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL TELEFONO ELECTORAL

EL ALCAZAR

MARTES, 13 DE ENERO.—Martes, trece, lluvia, frío, período electoral ¡vaya día! Lo mejor es

quedarse en cama, con un colchón a cada lado de ¡a cama por si te caes, y leer una bonita

novela de política-ficción, que siempre es más entretenida y limpia que la política real.

En ABC me tropiezo de buenas a primeras con la resurrección de don Jacinto Benavente: «La

democracia es la fuerza de la razón, no la razón de la fuerza.»

Ovación cerrada que interrumpe la representación. Los caballeros arrojan puros habanos al

escenario, las mujeres agitan los blancos pañuelos, del. paraíso —o gallinero, a elegir— caen

gorras de Juan José, hongos de Pablo Iglesias y a la altura de los palcos revolotea, en un

estado de levitación activo e incluso profético, don Tierno Galván, que arroja octavillas sobre el

público explicando que «el socialismo obrero ha ensanchado su base con la incorporación de la

clase media», o sea, para que todo vaya bien, haciendo descender en picado el nivel de la

clase media hacia el del socialismo obrero, y no como hacía el fascista Franco, que de buena

parte del proletariado y de la poca clase media que había en España creó una gran clase

media satisfecha, coherente, motorizada, hasta con ahorrillos en bolsa; otras octavillas

explicaban: «No queremos que se rompa la paz — ¿qué paz, qué paz?, preguntaban algunos

curiosos impertinentes— y por eso no aplicamos ahora el programa del partido, sino un

programa electoral», con lo cual todos tomamos nota de que don Tierno se volverá don Duro

en cuanto se embuche las elecciones. «Un programa electoral» es la palomita que si el PSOE

ganase las elecciones se tornaría en cuervo, la rosa transformada en látigo bien sujeto por el

puño, la paz hecha añicos. Don Jacinto Benavente, puro en mano, sale al escenario.

Don Felipe González, puro en mano, le roba plano y estilo. La España nueva huele a viejo, a

cuarto cerrado, al tiempo aquel republicano inmediatamente anterior a la guerra en que Ismael

Herraiz —según me contaba años después, en 1 945 o así— redactó la Constitución que

necesitaba aquel pueblo que venía de la monarquía multisecular de don iNiceto Alcalá Zamora

y don Manuel Azaña: «Artículo único: todo español tiene derecho a water y ducha.»

Ahí faltaba algo, Isma.

¿Qué faltaba? ¿Qué, qué, qué? Me interrumpió ligeramente malhumorado.

Todo español tiene derecho a comer.

¿Y tú crees que en la India les serviría de algo si los ingleses les pusieran water a los parias?

Me rendí ante la evidencia.

La campaña electoral es una campañita ridicula, escasamente ingeniosa, lo suficientemente

carente de ideas para que algún imbécil se entusiasme con la democracia. La única invención

que ha surgido es la del minimitin, y eso por necesidades de indiferencia nacional. Incluso he

oído o leído que la estación es poco propicia a los espacios abiertos, porque estamos en

invierno. La campaña electoral del 36 — enero y febrero— consiguió reuniones de masas

impresionantes, tanto por la izquierda como por la derecha, aunque objetivamente hay que

reconocer que la marca la estableció el Frente Popular, eso sí, con los mítines de don Manuel

Azaña. En este caso la marca del minimitin ha sido conseguida por la UCD, que «reunió» un

sólo espectador en no sé dónde. Le preguntaron los oradores:

¿Y usted quién es?

Yo soy la base —respondió altivamente el navegante solitario.

A mí me parece que los partidos en general deberían instalar una versión del teléfono de la

esperanza pero dedicado a fines electorales. Así el aficionado combina la cifra que desee y al

otro lado le sueltan el mitin, bien por contestador automático o por candidato ilusionado, que así

puede interesarse por la salud del aficionado, de su familia, de sus parientes y amigos, y

hecerse el simpático.

Y no escribo más porque me parece que estoy dando buenas ideas aun sistema por el que

siento repulsión infinita, aunque no tanta como Suárez, Fraga, Felipe y Santiago, que lo que de

verdad quieren es ser dictadores por cincuenta años, o al menos por cinco o diez, quince...

Rafael GARCÍA SERRANO

 

< Volver